La historia de amor y tragedia detrás del segundo monumento más alto del país
Desde la ruta, aparece de golpe. Una estructura desmesurada que apunta hacia el cielo, gris, opaca, ajena al paisaje serrano. No hay carteles, ni miradores, ni contexto. Solo una torre de ho...
Desde la ruta, aparece de golpe.
Una estructura desmesurada que apunta hacia el cielo, gris, opaca, ajena al paisaje serrano. No hay carteles, ni miradores, ni contexto. Solo una torre de hormigón que se levanta en medio de la nada, como si hubiera quedado ahí por error o como resto de otra época. Abandonada, cerrada, corroída por el tiempo.
En la antigua traza de ruta provincial 5, el camino empieza a ondularse entre campos bajos, comercios y escuelas abandonadas, y las sierras insinuándose a lo lejos. En medio de un predio abierto, con el pasto recién cortado, este inesperado elemento que irrumpe en el paisaje obliga a una pregunta esencial: ¿qué es eso que corta el horizonte de forma caprichosa? ¿Es un monumento? Más de cerca, uno podría intuir que tiene la forma abstracta de un ala de avión, pero no parece hecha para volar: más bien parece clavada en la tierra. Una suerte de interrupción.
Quien no conozca la historia podría incluso confundirla con una fábrica inconclusa o con una vieja chimenea industrial. Pero ese volumen extraño es un mausoleo. Uno privado, íntimo, llevado a una escala monumental. Uno de los monumentos más singulares —y perturbadores— de la Argentina bautizado como El Ala: el segundo más alto del país, detrás de la Cruz de Santa Ana, de 84 metros, ubicado Misiones. Y también la huella material de una pasión llevada hasta el extremo.
Nada en su forma sugiere consuelo. Y ya todo huele a una obstinación.
Amor, audacia y tragedia en los años 30La historia de El Ala comienza con un encuentro propio de una novela de época, en una Europa entregada todavía al lujo y a la ilusión de estabilidad que precedió a las grandes catástrofes del siglo XX. Raúl Barón Biza, heredero millonario, escritor provocador y figura incómoda de la alta sociedad argentina, conoció en 1928 a Rosa Martha Rossi Hoffmann, una actriz europea que había adoptado el nombre artístico de Myriam Stefford. Ella, nacida en Suiza en 1905, había trabajado en el cine alemán y austríaco, sin llegar al estrellato, pero con suficiente magnetismo para moverse con soltura en los círculos culturales del continente. Él, nacido en 1899, llevaba una vida de dandy cosmopolita, dilapidando fortunas familiares en Europa, alternando hoteles de lujo, fiestas interminables y una temprana vocación por la provocación política y literaria.
Se conocieron en Venecia, en un clima de fiestas, viajes y temporadas de lujo. Dos años más tarde se casaron en la Basílica de San Marcos, en una ceremonia fastuosa que fue seguida con atención por la prensa argentina, siempre ávida de relatos que mezclaran aristocracia, exotismo y escándalo. Myriam fue presentada como “la baronesa”: alta, rubia, elegante, convertida de inmediato en figura destacada de la alta sociedad porteña, una mujer moderna que parecía condensar glamour europeo y ambición personal.
La pareja se instaló en la Argentina, alternando entre Buenos Aires y la estancia Los Cerrillos, propiedad de Barón Biza en las sierras de Córdoba. El país que los recibía atravesaba un momento político convulsionado: el golpe de 1930 había inaugurado una década marcada por el autoritarismo, la persecución política y el desencanto democrático. Barón Biza, heredero de la oligarquía pero alineado con el radicalismo yrigoyenista, no tardó en convertirse en un personaje incómodo también en su propio país, alistándose en la resistencia y en la defensa de la figura de Yrigoyen, participando incluso de intentonas frustradas, conspirando y financiando a los correligionarios.
Myriam, por su parte, no estaba dispuesta a ocupar un rol decorativo. Inquieta, ambiciosa y poco inclinada a la quietud, encontró en la aviación un territorio nuevo: peligroso, moderno, reservado casi exclusivamente a los hombres. Volar era entonces una hazaña, una mezcla de riesgo técnico y épica pública. Con el apoyo económico y logístico de su esposo, obtuvo su brevet de piloto y anunció una empresa inédita: unir por aire 14 provincias argentinas junto al piloto alemán Ludwig Fuchs, en un raid de exhibición que combinaba récord, espectáculo y afirmación personal.
La travesía fue seguida día a día por los diarios. Cada aterrizaje era noticia. Cada despegue, una apuesta. Myriam bajaba del avión cubierta de polvo, sonreía, saludaba y volvía a volar. El país la miraba, fascinado por esa mujer que parecía desafiar la gravedad, pero especialmente las expectativas de su tiempo.
MarayesEl 26 de agosto de 1931, el avión cayó en Marayes, San Juan. Volaba bajo. Se habló de un “pozo de aire”. Una investigación posterior apuntó a una falla mecánica: un perno faltante. Nada impidió que circularan otras versiones: sabotaje, celos, crimen pasional. Ninguna fue probada, pero todas alimentaron el mito y la sospecha, una constante en las historias donde se cruzan poder, dinero y tragedia.
Myriam Stefford tenía 25 años. Murió junto a su instructor, Fuchs. La noticia sacudió al país. Lo que hasta horas antes era un relato de audacia se convirtió en una crónica de muerte.
Raúl Barón Biza quedó devastado. Intentó suicidarse ese mismo día. No lo logró.
El duelo convertido en arquitecturaPrimero mandó levantar un monolito en el lugar del accidente. Diez metros de altura, austero, con inscripciones en italiano y una frase tomada de Petrarca: Un bel morire tutta la vita onora. Pero no le alcanzó. No alcanzaba una marca en el territorio. No alcanzaba un gesto contenido.
Barón Biza decidió trasladar los restos de Myriam a Córdoba y construir algo que no pudiera ser ignorado. No tenía en mente una tumba. Quería un monumento. Algo capaz de resistir el tiempo, el olvido y la profanación. Algo que transformara el duelo en materia.
Encargó el proyecto al ingeniero Fausto Newton y lo emplazó en su estancia. La obra comenzó en 1935. Trabajaron más de 100 obreros. Se cavaron cimientos de 15 metros. Se vertieron más de 170 toneladas de hormigón armado. En 1936 se inauguró, con un evento que incluyó asados populares y exhibiciones aéreas, en una mezcla característica de solemnidad, espectáculo y exceso.
La forma elegida fue un ala de avión, abstracta y vertical. No una figura femenina. No una alegoría clásica. Un ala sola, apuntando al cielo.
La máquina simbólicaEl Ala buscaba ser una máquina simbólica. Un monumento con vida propia.
En su interior, una escalera caracol de más de 400 escalones conducía a miradores y ventanas. En la cúspide se proyectó un faro destinado a orientar aviones, visible a decenas de kilómetros. Incluso se pensó que funcionara como torre de amarre para zeppelines. Nada de eso llegó a utilizarse, pero la ambición del proyecto revela hasta qué punto Barón Biza imaginaba el monumento como algo vivo, activo, integrado al cielo.
En el subsuelo, a seis metros de profundidad, se construyó la cripta. Allí se depositó el féretro de Myriam Stefford, bajo una losa de granito negro y rejas de acero.
Las inscripciones son reveladoras. Una advierte: “Maldito sea el que profane esta tumba.”
Otra interpela al visitante: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia quiso llegar hasta las águilas.”
Según lo investigado por Christian Ferrer en el excelente libro El Inmoralista, junto al cuerpo habrían sido enterradas las joyas de Myriam, entre ellas un diamante de 45 quilates conocido como Cruz del Sur. Se habló de cofres sellados entre toneladas de cemento y de explosivos colocados para impedir robos. Nada fue confirmado del todo. Todo quedó en el terreno de la conjetura y la leyenda, un territorio que el propio Barón Biza parecía cultivar.
La puerta de ingreso, de hierro macizo, suma otra capa simbólica: versiones persistentes aseguran que habría sido fabricada con acero recuperado del acorazado de la alemania nazi Graf Spee, hundido en el Río de la Plata. No hay pruebas documentales. Pero el dato persiste, como persisten los relatos que no necesitan ser verificados para operar en el imaginario colectivo.
El monumento también tiene su paradoja religiosa. Barón Biza, anticlerical, prohibió colocar cruces. Sin embargo, dos ranuras —una vertical y otra horizontal— permiten que, a cierta hora del día, la luz proyecte la sombra de una cruz perfecta sobre la losa.
Del monumento al abandonoDurante algunos años, El Ala fue visitado. Se organizaban excursiones. Se vendían postales. La aviadora muerta empezó a recibir agradecimientos y pedidos. Para algunos, se convirtió en una figura intercesora, una santa laica del aire.
Después vinieron las profanaciones. Robos. Vandalismo. La cripta fue violentada y su interior quedó envuelto en versiones contradictorias. Algunas crónicas hablan incluso de la aparición de más de un féretro en su interior. Nunca hubo una explicación oficial. El misterio se sumó al abandono.
Con el tiempo, el lugar se cerró. La puerta fue soldada. El faro se apagó. El ala quedó sola, visible desde la ruta, ajena a los circuitos turísticos y a cualquier política sostenida de preservación.
El final de Barón BizaLa vida de Raúl Barón Biza no se aquietó con el monumento. Por el contrario: con los años, su figura se volvió cada vez más incómoda, polémica, difícil de asimilar incluso para el mundo del que provenía. Escritor por vocación y polemista por temperamento, publicó novelas como El derecho de matar, Punto final y Todo estaba sucio, libros que circularon poco, fueron leídos menos y pasaron sin pena ni gloria en términos literarios, pero que alcanzaron notoriedad por otros motivos. Acusadas de obscenas, denunciadas como pornográficas y perseguidas judicialmente, esas obras consolidaron una reputación marcada más por el escándalo que por el reconocimiento crítico.
Barón Biza parecía cómodo en ese lugar: heredero millonario convertido en autor maldito, excomulgado por la Iglesia, señalado por la prensa y siempre dispuesto a provocar. Su nombre circuló durante años asociado al exceso, a la transgresión y a una voluntad persistente de incomodar, tanto en el plano político como en el cultural.
Años después del mausoleo, se casó con Clotilde Sabattini, hija del gobernador Amadeo Sabattini, el mismo que había dado la primera palada de tierra en la obra de El Ala. La unión selló una alianza tan inesperada como tensa: el heredero rebelde y la hija de uno de los dirigentes radicales más respetados del país. El vínculo fue conflictivo desde el inicio, marcado por el control, los celos y una convivencia cada vez más degradada.
En 1964, durante una reunión destinada a cerrar el divorcio, Barón Biza arrojó ácido sulfúrico al rostro de Clotilde. El ataque fue brutal y definitivo. Al día siguiente, se suicidó de un disparo. Tenía 64 años. El gesto final pareció condensar una vida entera atravesada por el exceso, la violencia simbólica y una relación permanente con el límite.
Más de 30 años después de la muerte de su primera esposa, Barón Biza dedicó su última novela, Todo estaba sucio, a la “memoria de todas aquellas que al morir jóvenes nos dejan el recuerdo de su belleza eterna”. El escritor maldito pidió no tener tumba. Fue cremado en la Chacarita y sus cenizas fueron esparcidas al pie del mausoleo de Myriam. Como si, aun en la desaparición, su destino quedara atado a aquella pasión primera que había dado origen a El Ala.
Lo que quedaHoy El Ala sigue en pie. Cerrada, saqueada, fuera de todo circuito oficial. Aun así, hay algo que permanece intacto. A cierta hora del día, cuando el sol alcanza el ángulo justo, dos rayos de luz atraviesan el hormigón y descienden hasta la cripta. Durante unos segundos, la losa negra del ataúd queda iluminada. El mecanismo simbólico sigue funcionando incluso sin testigos.
¿Es El Ala un monumento al amor en abstracto y una postal romántica? ¿Es el resultado de una pasión llevada hasta sus últimas consecuencias, de una biografía sin frenos y de una idea peligrosa, donde el dolor puede transformarse en arquitectura? Tal vez sea todo eso junto. O quizá sean rastros de un mundo que se resistía a lo efímero de la vida. Que buscaba dejar un testimonio y preguntarse el porqué de esa huella. Y así, desde la ruta, todavía hoy, El Ala obliga a mirar.