La doctrina Riquelme desprecia una verdad: el mercado no es un partido de fútbol
La Bombonera no lo hubiese tolerado. Tampoco hubiese permitido que Boca jugara como jugó el miércoles en La Plata. La localía obliga a por lo menos correr más que el rival. La dinámica, la fam...
La Bombonera no lo hubiese tolerado. Tampoco hubiese permitido que Boca jugara como jugó el miércoles en La Plata. La localía obliga a por lo menos correr más que el rival. La dinámica, la famosa intensidad, básicamente lo relacionado a la actitud, no es más que una parte de un buen equipo, su punto de partida para luego demostrar aptitud. Pero sigue siendo el hecho que irrita, lo inaceptable. Estudiantes lo incomodó y lo atacó como le sucedía frecuentemente, también como visitante, en ciclos anteriores. Como si Boca necesitara un estímulo, una advertencia. O como si tuviese todavía el plantel incompleto.
La larga lista de lesionados no es una excusa sino una razón. La inseguridad defensiva del último partido fue llamativa, pero constituye más una excepción que una norma. El problema repetitivo radica adelante, allí donde casi todos pasan sus días de entrenamiento en kinesiología. Al que se ausentó frecuentemente el año pasado (Edinson Cavani) se le sumó, temprano en la pretemporada y sin pronóstico de regreso, Milton Giménez. De tener dos nueves y medio, quedó disponible el medio, el que se adapta a la posición (Miguel Merentiel), desgarrado en un amistoso. La bravura mezclada con mala intención de los jugadores de Riestra provocó que Alan Velasco otra vez quedara al margen un par de meses. Y apenas ese partido oficial rompió un músculo de Lucas Janson, que no pudo aprovechar lo que parecía el único escenario posible para que fuera titular: básicamente, una plaga de lesiones.
Convendría volver a retroceder en el tiempo. Si bien algunos diagnósticos se conocieron en estos días, queda claro que otros vienen de larga data. Incluso se supo recientemente que Giménez arrastra su pubalgia desde meses atrás. A eso se suma que la conclusión general tras el 2025 había sido que Boca necesitaba incorporar por lo menos un par de delanteros. La sequía del propio Giménez y la imposibilidad de proyectar cuántos partidos podría jugar Cavani obligaban a la búsqueda en el mercado. La búsqueda fue tardía, lenta, inexplicable. Una marca registrada.
Ningún club, ya sea dirigido por un exjugador o por quien sea, acierta con la elección de todos sus refuerzos. Algunos reducen el margen de error con grupos de trabajo especialmente preparados para, cuando llega el receso, contar con más alternativas para incorporar. Pero aun así no existe el infalible. El fútbol, en definitiva, no guarda plena lógica. Esto hace que la gran crítica no apunte a la calidad de los refuerzos de Boca durante la gestión de Juan Román Riquelme. Así como llegaron futbolistas que casi no jugaron o lo hicieron por debajo de las expectativas (Nicolás Orsini, Bruno Valdez, Ezequiel Bullaude o Agustín Martegani, entre otros), otros llegaron verdaderamente para jerarquizar el plantel y dieron rédito (Sergio Romero, Merentiel, Leandro Paredes). Lo que más sorprende es el procedimiento para incorporar.
Riquelme dilata. Maneja los tiempos como si todavía dejara la pelota debajo de su suela para luego decidir el destino del pase. Pero el mercado no es un partido. Intervienen los intereses y las ofertas de otros. El que hace una pausa larga puede perder la oportunidad. Por responsabilidad propia o estrategia ajena se le cayó la posibilidad de contratar al colombiano Marino Hinestroza. Cuando trató de reemplazarlo por su compatriota Kevin Serna, Fluminense decidió no venderlo: ya estaba por comenzar el Brasileirao. Tampoco pudo incorporar a último momento a Alexis Cuello pese a que se mencionaba la posibilidad desde diciembre. En declaraciones al medio oficial del club, el 14 de enero Riquelme había pedido “no volvernos tan locos” con los refuerzos. Diez días después, Boca pareció enloquecido de nombres.
Más acá en el tiempo, el viernes 23, dejó ver una característica con la que gestiona. Cuando el periodista Flavio Azzaro le preguntó si considera que este plantel está en condiciones de ganar la Copa Libertadores, respondió que sí, que “siempre sueño con llegar a la final” y recordó que, al ser una competencia anual y no semestral como antes, “los brasileños arrancan normal y a mitad de camino traen jugadores”. Es relativo: el actual campeón Flamengo no esperó y acaba de comprar a Lucas Paquetá en una cifra récord para la historia del continente. Pero más allá de eso, esa manera de pensar no le permite imaginar escenarios negativos, los que el fútbol suele deparar. Tal vez Boca tenga una fase de grupos accesible en la Libertadores, tal vez en los octavos el sorteo le depare un rival accesible y que los brasileños fuertes se eliminen entre ellos, tal vez llegue Paulo Dybala, tal vez se recupere definitivamente Cavani. Tal vez no.
Lo que sí está claro es que los posibles refuerzos son elegidos por el presidente, con menor injerencia del técnico que en la enorme mayoría de los clubes. Esta semana firmó Santiago Ascacíbar, una de las incorporaciones más rutilantes del mercado por tratarse del capitán del campeón. Boca también se tomó su tiempo: si bien pudo haberse decidido a partir de la recuperación larga que necesitará Rodrigo Battaglia, Ascacíbar no se le parece demasiado en juego y estaba puesto en la vidriera de Estudiantes desde diciembre.
Ligada a esta operación se dio la salida de Brian Aguirre, uno de los dos wines que le quedaban al plantel. Puesto a elegir, Claudio Ubeda probablemente hubiese elegido sumar a Ascacíbar que mantener a Aguirre, pero había trabajado toda la pretemporada con el esquema 4-3-3, que emplea un extremo como el que se fue. O como los que podrían haber llegado y no lo hicieron, Hinestroza y Serna. También podría haber requerido un volante creativo. Pero para Riquelme no era necesario. Es su Boca. En las buenas y en las malas. En los jugadores de nombre que llegan y, también, en una gestión tan personalista que a veces no se entiende.