La criaron para que se pareciera a los oyentes: hoy pelea para que ningún niño sordo deje de aprender lengua de señas
Uno de los recuerdos más tempranos de Julia es la repetición de una frase: “Qué bien que hablás”. Un comentario constante, disfrazado de halago, que no reconocía los años de trabajo y esf...
Uno de los recuerdos más tempranos de Julia es la repetición de una frase: “Qué bien que hablás”. Un comentario constante, disfrazado de halago, que no reconocía los años de trabajo y esfuerzo que eso le había costado. “Además, escondía una idea implícita: que el valor de una persona sorda está sujeto a parecerse lo más posible a un oyente”, dice hoy.
Julia no aprendió Lengua de Señas Argentina (LSA) hasta los 15 años. Pasó su infancia y adolescencia corriendo entre la salida del colegio y visitas a la fonoaudióloga. “El tiempo que otros usaban para jugar, yo lo usaba para aprender a hablar y oralizar como los demás. Mis recuerdos están llenos de gabinetes y trabajo de rehabilitación”, cuenta.
Julia Valmarrosa tiene 38 años, es diseñadora multimedia y vive en Parque Avellaneda. Hoy es la directora de Canales, una asociación civil en la que está involucrada desde los 19 años para impulsar la educación en LSA para niños sordos. Tiene dos hijos, Isabella y Giovanni, de ocho y seis años, que también son sordos. A diferencia de ella, ambos crecieron incorporando la LSA desde el momento en que empezaron a comunicarse.
“Me mostraban como un modelo de éxito”Desde que Julia nació, la recomendación que los médicos les hicieron a sus padres fue hacer rehabilitación y aprender a hablar. Les dijeron que ni siquiera en su entorno familiar se hable en LSA. Por eso estudió en una escuela para sordos que seguía este enfoque médico, que no usa LSA y por lo tanto apunta a que los niños sordos aprendan a oír y hablar como las personas que no tienen problemas para escuchar.
En el colegio, la mostraban como un modelo de éxito. Le decían que “hablaba bien”, pero cuando no lo hacía, había decepción. “No tenía la información accesible y estaba sobreexigida. Gran parte de mi esfuerzo estuvo puesto en adaptarme a un entorno que no estaba pensado para mí”, cuenta Julia.
Cuando llegó a sexto grado, se dio cuenta de que no se sentía satisfecha en ese colegio, que no progresaba. Leía libros, miraba películas con subtítulos y aprendía como podía. Ahí decidió cambiarse de escuela: “En ese entonces, no había escuelas bilingües, que enseñan LSA y español como segunda lengua. La alternativa era una escuela común. El cambio fue un baldazo de agua fría. Descubrí que me había perdido un montón de contenidos, que no entendía ni la mitad de las cosas que estaban enseñando en mi escuela nueva. La pasé muy mal”, cuenta.
Se sintió muy aislada en su adolescencia. “Ya no estaba en ningún lado: ni en el mundo sordo ni en el oyente. Estaba como en un limbo”, cuenta. Por sugerencia de su psicóloga, se acercó a la comunidad sorda para buscar contención. Así fue como conoció a Canales y la LSA.
Falta de inclusión y oportunidadesA medida que crecía, Julia empezó a cuestionar la falta de accesibilidad que veía en su entorno: “Me preguntaba por qué todo dependía solamente de mi esfuerzo, por qué tenía que demostrar siempre que era capaz de acceder a las mismas oportunidades que otros”, cuenta.
En el colegio la dejaban de lado y algunos la insultaban por ser sorda. “Ese era el ‘defecto’ que me encontraban. Dependía de mí no tomármelo así”, dice.
Cuando ingresó al mundo laboral, también se encontró con muchas barreras. Trabajó durante 14 años en la misma empresa, donde, según asegura, a pesar de tener oportunidades para aprender y formarse laboralmente, nunca creó un entorno accesible para ella.
“Hubo momentos en los que tuve que pagar intérpretes de mi propio bolsillo para participar plenamente de capacitaciones y reuniones. Son cosas que las personas oyentes ni tienen que plantearse”, dice. Solicitó intérpretes en varias ocasiones y cuando presentó una queja en recursos humanos le dijeron que cuando la entrevistaron nunca había mencionado que necesitaba intérpretes. “Si lo mencionaba, ¿me habrían contratado?”, se pregunta Julia.
Terminó tomando un retiro voluntario y abandonó la empresa. “Sentía que ya no había progreso ni futuro ahí para mí”, cuenta.
Qué implica el acceso temprano a la LSA“La LSA significa todo para mí. Es acceso al mundo, conocimiento, identidad, amor”, dice Julia. Hoy sus hijos asisten a una escuela bilingüe, un modelo de educación que busca garantizar que los niños sordos accedan plenamente a la LSA desde sus primeros años de vida.
La LSA es la primera lengua a través de la que los estudiantes acceden a los contenidos escolares, construyen conocimiento y desarrollan el pensamiento complejo. La propia LSA es objeto de estudio: su gramática, características lingüísticas, formas de narrar y recursos expresivos. El español se enseña como segunda lengua, principalmente en forma escrita.
Julia señala que estos modelos plantean un cambio total de paradigma: la pregunta ya no es cómo hacer que los niños sordos se parezcan lo más posible a los oyentes, sino cómo hacer para que puedan comunicarse desde la infancia para que puedan desarrollar todo su potencial.
Desde Canales, Julia impulsa varias iniciativas vinculadas a esta perspectiva. La más destacada es Videolibros, una plataforma virtual y gratuita de cuentos y libros leídos en LSA y con voz en off en español, para que padres oyentes e hijos sordos puedan leer juntos.
También elaboran material educativo: manuales de alfabetización para enseñar a leer y a escribir (que incluyen material para alumnos y profesores); libros y videos educativos sobre temas como cuidado del medioambiente, de la salud, derechos e historia argentina; y talleres de cuentos para que niños sordos entren en contacto con personas sordas mayores y puedan proyectarse a futuro. Julia comenta que están teniendo dificultades económicas para sostener sus proyectos.
“Yo recién ahora estoy descubriendo aspectos de mi propia lengua que ellos tienen la oportunidad de explorar desde la infancia. Aprendo un montón con ellos. Muchas veces pienso que mientras gran parte de mi energía la invertí en intentar acceder a la información, ellos pueden dedicarla a aprender, crear, investigar, hacer preguntas. Eso es lo que debe ocurrir cuando cualquier niño o niña tiene acceso pleno a una lengua desde el comienzo de su vida”, cuenta Julia.
“Faltan espacios en los que se hable en LSA”Después de que nació Isabella, Julia se sumó como secretaria a la Confederación Argentina de Sordos, la entidad que nuclea a todas las asociaciones sordas del país, entre 2018 y 2023. Desde ahí, trabajaron para lograr el reconocimiento de la Lengua de Señas Argentina a través de la Ley 27.710 en 2023.
“Durante años tuvimos que explicar qué era la LSA, que tiene una gramática propia y no es solo un ‘conjunto de gestos’: hoy existe un marco legal que nos respalda. Hay mayor visibilidad sobre el tema y veo muchas personas sordas empoderándose y buscando instancias de formación cada vez mayores porque saben que necesitan profesionalizarse desde la LSA. Hoy hay pocos espacios que lo ofrecen, pero es un comienzo”, explica.
Sin embargo, Julia señala que falta mucho trabajo todavía: “Si la ley no se traduce en presupuesto, en acciones concretas para garantizar el acceso, la participación y la igualdad de oportunidades para personas sordas en todos los ámbitos de la vida, corre el riesgo de quedarse en ser solamente un reconocimiento. Eso es en lo que hay que seguir trabajando”.
Uno de los desafíos más grandes para ella es garantizar el acceso temprano a la LSA y la educación bilingüe. “Hay que entender que la LSA no es una herramienta, es una lengua, es un derecho que cada niño sordo adquiere desde que nace. Creo que las cosas están cambiando un poquito, pero todavía veo padres que no quieren usar la LSA porque es lo que les indican sus médicos”, dice Julia.
Más informaciónSi querés conocer más sobre el trabajo de la Asociación Civil Canales, podés visitar su perfil de InstagramSi querés acceder a los Videolibros, podés entrar a la plataforma gratuita a través de este link