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La candidata holográfica

Una vez, en abril de 2015, la televisión rusa le preguntó amablemente a Cristina Kirchner, de visita en Moscú, quién era su favorito para las presidenciales de ese año. Ella rechazó los térm...

La candidata holográfica

Una vez, en abril de 2015, la televisión rusa le preguntó amablemente a Cristina Kirchner, de visita en Moscú, quién era su favorito para las presidenciales de ese año. Ella rechazó los térm...

Una vez, en abril de 2015, la televisión rusa le preguntó amablemente a Cristina Kirchner, de visita en Moscú, quién era su favorito para las presidenciales de ese año. Ella rechazó los términos de la pregunta. Tener favoritos, explicó, es cosa de monarquías. Tres meses después ordenó que la fórmula del oficialismo fuera Scioli-Zannini.

En muchas otras ocasiones volvió a despotricar contra la monarquía. En su libro Sinceramente, por ejemplo, exigió “terminar con la rémora monárquica” de jueces, abogados y académicos elegidos por sus pares. Pero se ve que el asunto dejó de molestarle porque ahora entronizó a su hijo Máximo como candidato holográfico transitorio del kirchnerismo, cuanto menos mascarón de proa de la campaña “Cristina libre”, que ella comanda desde hace varios meses.

Esencia de la monarquía, el principio dinástico es, como se sabe, lo que la diferencia de los sistemas republicanos o democráticos.

Máximo, quien era cobrador inmobiliario antes de dedicarse, cuando ya pisaba los treinta, a la política, arrancó con la ventaja de traer nombre de emperador romano (recuérdese además que la única monarca argentina de la historia de la Humanidad se llama Máxima). El primogénito de dos presidentes, cuna sin igual, desempeñó como puesto junior la jefatura de La Cámpora, organización cuya fundación se le atribuye, para lo cual contó con una pequeña ayuda inicial de su padre. Junto con el apellido abrepuertas recibió recursos económicos, locales, logística, fuerte presencia en actos oficiales, misiones políticas y apoyo permanente del aparato propagandístico del gobierno. Lo demás lo tuvo que conseguir solo. Después la madre lo ungió titular del PJ bonaerense, cargo que debió ceder hace ocho meses a Axel Kicillof ante la amenaza de que se llamara a elecciones internas. Va por su tercer mandato como diputado (igual que la mamá, ha representado alternativamente a dos provincias) y en dos ítems de la Cámara baja descuella: el de patrimonio personal (heredado) y el registro de ausencias.

En Perú gobierna desde hace una semana Keiko Fujimori, hija del presidente Alberto Fujimori, quien permaneció 16 años preso y salió con un indulto que truncó una condena a 25 años. Poco después murió. Ella casi no nombra a su padre, cuya línea de gobierno sin embargo parece querer continuar. Y en Brasil podría ganar las elecciones de octubre Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien lleva un año preso. Le quedan 26 años de condena.

A diferencia de Colombia, donde a cuatro presidentes les salieron hijos presidentes, o de Uruguay, donde, igual que en Estados Unidos, se registraron dos casos, los hijos presidenciales, como lo probó Ricardo Alfonsín, no han tenido mucha suerte con la política argentina. El único hijo que llegó a presidente acá fue, en el centenario, Roque Sáenz Peña.

Los de los Sáenz Peña fueron mandatos inconclusos por las dos razones que entonces podían fulminar a quienes gobernaban el país: la pérdida de poder político (Luis, en 1895) o la muerte (Roque, en 1914; dos años antes tuvo el acierto de impulsar la ley del sufragio universal, secreto y obligatorio).

Pero la parte curiosa de la historia de este apellido repetido en el Salón de los Bustos ocurrió en 1892, cuando el prestigioso joven Roque, antiroquista, se perfiló como aventajado para suceder a Carlos Pellegrini e iba camino a eclipsar -se creía- los potentes liderazgos de Bartolomé Mitre y de Julio Roca. Entonces a Roca, que por algo le decían El Zorro, se le ocurrió una forma de hacerlo desistir: propuso como candidato al padre de Roque, el juez Luis Sáenz Peña, de 70 años. Hecho que dejó tan incómodo a Roque que le hizo abandonar automáticamente la competencia con la última persona con la que hubiera querido confrontar en una campaña (hubo incluso un famoso intercambio filial de cartas públicas). Él llegaría a la presidencia recién 14 años después, cuando su padre ya había muerto. Igual que sucedió en la música con los Strauss, está claro que el hijo de Sáenz Peña superó al padre.

Pero volviendo al papel actual de Máximo Kirchner, sería raro que su madre no hubiera aprendido ya que el poder es intransferible y que los liderazgos son siempre personalísimos. Sobre todo después de lo que le costó atravesar a lo largo de cuatro años el experimento inaugurado con la fórmula contra natura de su autoría, lo difícil que le fue gobernar desde la trinchera del Senado sin acabar de controlar ni a su criatura (su exjefe de Gabinete) ni a la realidad argentina, período del que no debe guardar buenos recuerdos. Nunca lo menciona.

Muchas veces se dijo que la fórmula Fernández-Fernández pudo haberse inspirado en el modelo de transferencia “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, un fracaso estrepitoso (de 49 días de duración) que a juzgar por el nombre que el heredero Máximo escogió para su emprendimiento -el dentista conservador hecho prócer revolucionario- y sobre todo por la reivindicación épica del setentismo, la familia Kirchner reinterpretó como si se hubiera tratado del momento más glorioso del siglo XX.

Una posible explicación de tal sinsentido es que el peronismo no evoca la historia, lo que hace es crear atmósferas basadas en el pasado, apropiadas para cada necesidad del presente. Atmósferas que no admiten preguntas, porque en ellas los datos duros se desvanecen. Mandan las emociones, las estampas seleccionadas, los recuerdos difusos, neblinosos como una película de Pino Solanas. No hay rigor histórico ni ningún otro rigor, tampoco jurídico.

Y eso es lo que está sucediendo con la cruzada “Cristina libre”, una resonancia acrítica de la proscripción del peronismo de 1955-73 con su estela victimista. Una insinuación de paralelismos plagada de medias verdades, omisiones y, de arranque, falacias rotundas, ya que se finge desconocer el papel que tenían las Fuerzas Armadas en los tiempos del partido militar.

Los hechos: el peronismo estuvo proscripto 17 años. Sí, durante ese período fue perseguido. Casi no pudo presentarse a elecciones. Tanto Frondizi como Illia, acicateados constantemente por el Ejército y la Marina, permitieron en algún momento que hubiera candidatos peronistas. Frondizi, a quien lo obligaron a anular las elecciones ya celebradas, fue derrocado enseguida, por más que aceptó anularlas. Illia cayó poco después de ejecutar la flexibilización en las provincias. Bajo la llamada Revolución Argentina (1966-73) todos los partidos políticos estuvieron prohibidos, no sólo el peronismo.

Habilitado por el presidente Alejandro Lanusse luego de un largo duelo transoceánico, un viernes lluvioso, el 17 de noviembre de 1972, bajo un clima muy tenso Perón volvió al país. Concluyó el largo exilio a bordo de un DC-8 alquilado a Alitalia. Lo acompañaban con el fin de protegerlo 146 dirigentes peronistas, sindicalistas, actores, leyendas del deporte, escritores, militares y curas. Un par de días antes lo habían ido a buscar a Roma.

Lanusse les impuso a las Fuerzas Armadas un giro histórico determinante. Entendió que el camino de la prohibición del peronismo iniciado por la Revolución Libertadora en 1955 había fracasado. Pero a la vez quiso condicionar las elecciones que convocó para terminar con una dictadura que se había quedado sin letra. La dinámica de su duelo con Perón acabó generando en 1973 cuatro presidentes: a él lo sucedieron Cámpora, Lastiri y, el 12 de octubre, Perón.

Su ministro del Interior, el radical Arturo Mor Roig, luego asesinado por Montoneros, fue quien ejecutó el levantamiento de la proscripción al peronismo. Sin embargo, Perón no pudo ser candidato a presidente el 11 de marzo de 1973 debido a una caprichosa y nada constitucional cláusula transitoria del nuevo Código Electoral que aparecía bajo el subtítulo “Inhabilitaciones especiales”. Decía que no podrían ser candidatos quienes no estuvieran en el país entre el 25 de agosto de 1972 y el día de las elecciones. Perón decidió no acatar esa regla. Sin otro propósito que desafiar el reto eligió volver el 17 de noviembre.

Permaneció en el país -en la casa de la calle Gaspar Campos que Isabel Perón había comprado poco antes- durante 28 días. Al final de la estadía dejó trascender que se iba del país por un mes, pero se quedó en Europa medio año sin explicar por qué. Antes de subir al avión que lo llevaría a Paraguay -primera escala- a visitar a su amigo el dictador Alfredo Stressner, soltó el nombre de Cámpora, su delegado. El escogido para reemplazarlo en las urnas.

Durante el diálogo multipartidario de La Hora del Pueblo que organizó en esas cuatro semanas en el restorán Nino de Vicente López, Perón intentó sin éxito algún consenso para exigirle a la dictadura que derogara la cláusula transitoria. Ni siquiera consiguió el apoyo de Ricardo Balbín, pese a la inesperada amistad que ambos lideres incubaron por aquellos días y a su famoso primer abrazo. La mayoría de los partidos no peronistas entendió que Perón no pudo ser candidato porque decidió no volver dentro de la fecha estipulada por Lanusse, no por estar proscripto. Es decir, que no fue candidato porque no quiso. El peronismo lo vio diferente.

“A los peronistas siempre nos persiguen”, dijo hace pocos días Alberto Fernández para explicar por qué Cristina Kirchner está presa. Otros dirigentes del peronismo repiten por estas horas en los medios frases similares una y otra vez. Ninguno entra en detalles. El principal asunto que saltean consiste en no diferenciar entre dictadura y democracia. ¿El tutelaje militar de los sesenta? ¿Qué tutelaje?

La otra gran falacia se refiere a asimilar una inhabilitación judicial con una proscripción. Se equipara una sanción legal ajustada al Código Penal bajo el estado de derecho con una persecución ideológica, que en democracia sería además de aberrante de imposible instrumentación. ¿Cómo hicieron para complotarse los 19 funcionarios judiciales (14 jueces y 5 fiscales) que intervinieron formalmente en el proceso que culminó en la condena definitiva de Cristina Kirchner en la causa Vialidad? ¿En qué sótano se confabulaban?

Doce de los diecinueve funcionarios judiciales fueron nombrados por gobiernos peronistas, especialmente por Néstor Kirchner y la propia Cristina Kirchner. ¿Quiere decir que los jueces que ella puso después la proscribieron por razones ideológicas? ¿Cómo los seleccionó? ¿Cabe hablar de conspiración? ¿Alguien puede tomar en serio semejante afirmación?

La denuncia fue presentada ante las Naciones Unidas mediante un popurrí de argumentos de distinta jerarquía, como quien le juega a varios números a la vez. No faltan la tobillera ni la terraza.

Ya explicaron varios juristas que la ONU no funciona como un tribunal superior por encima de la Corte Suprema sino que en el mejor de los casos podrá algún día formularle alguna recomendación sobre algo al gobierno argentino. Es casi imposible que se revierta en el corto plazo la inhabilitación para ocupar cargos públicos. Mucho más difícil es que la ONU la deje libre, como piden los diputados peronistas con cartelitos en las bancas que sugieren restricciones para expresarse.

¿Y entonces?

La movida consiste en arraigar dentro del país (en parte como rebote de la instalación internacional) la idea de que la expresidenta está proscripta, persecución que ella probablemente desafiará mediante una candidatura imaginaria capaz de preservar su liderazgo dentro del peronismo. Una candidatura holográfica, no verdadera.

La que su hijo Máximo, por ahora, insinúa corporizar en carácter de suplente.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-candidata-holografica-nid05082026/

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