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La bufanda de Malvinas que tejió mi abuela

Yo tenía quince años y entraba, a todo vapor, en la adolescencia. El uniforme del colegio me quedaba chico: ponerme el saco era un esfuerzo y tuvieron que soltarme el dobladillo del pantalón par...

La bufanda de Malvinas que tejió mi abuela

Yo tenía quince años y entraba, a todo vapor, en la adolescencia. El uniforme del colegio me quedaba chico: ponerme el saco era un esfuerzo y tuvieron que soltarme el dobladillo del pantalón par...

Yo tenía quince años y entraba, a todo vapor, en la adolescencia. El uniforme del colegio me quedaba chico: ponerme el saco era un esfuerzo y tuvieron que soltarme el dobladillo del pantalón para ajustarlo a mi crecimiento. La imborrable línea de gastado quedaba a la vista, a la altura de mis tobillos. Daba cuenta de que había pegado un estirón y de que mi familia pertenecía a una clase media que podía afrontar un colegio privado, pero no nadaba en dinero como para comprarme más de un pantalón por año.

Era un viernes 2 de abril de 1982. Llegué con mi paso cansino a la parada del 75, donde ya estaba Julio, un compañero de tercer año del Colegio La Salle. Sus ojos brillaban como poseídos cuando me dijo que habíamos recuperado las Malvinas.

-¿No escuchaste la radio? -soltó.

-¿Cómo que recuperamos las Malvinas?

-¡Sí, sí! Un grupo de comandos desembarcó y en unas horas tomaron las islas.

A los diez segundos yo también estaba contagiado por la euforia. “Malvinas” era una palabra sagrada, como “Patria” o “Argentina”. Mi corazón viajó instantáneamente desde la parada del 75 a Puerto Argentino.

La llegada al colegio fue un impacto: camisetas de la selección, banderas, gorros. Un profesor formal apareció con una campera verde militar. Todos nos sentíamos orgullosos. Al fin y al cabo, la causa era justa. Y no hay nada más noble que luchar -y eventualmente morir- por una causa justa. Ese día, por televisión, escuché el nombre de Pedro Giachino, el primer argentino muerto en combate.

No voy a referirme a Galtieri, ni a Thatcher, ni a los motivos ocultos de la guerra. Esa era gente siniestra que disponía, sin culpa, de las vidas ajenas. Yo apenas era un pibe al que recién le soltaban el dobladillo del pantalón. Por eso prefiero contarles de la gente. De mi abuela Porota, que es mucho más importante, porque ella llenó su mundo de amor y de vida.

Con los días, la euforia se aplacó y la información se volvió más precisa y temible. Desde Inglaterra enviaban una flota poderosa, submarinos nucleares y soldados gurkas. Para compensar, nuestra prensa destacaba la valentía de los pilotos y la cercanía del continente. Pero había un dato duro que nadie podía ignorar: el frío se haría cada vez más intenso con la proximidad del invierno.

La gente empezó a hacer su parte. Comenzaron las colectas. Recuerdo a una señora de 90 años donando su medalla de bautismo: “Ojalá sirva para esos chicos, total a mí ya me falta poco”. Los más jóvenes armábamos cajas con víveres, chocolates y guantes. Todo se sentía improvisado y, probablemente, inútil.

Una tarde, al volver del colegio, encontré a mi abuela Porota. Ella era quien me había soltado el dobladillo del pantalón. Estaba ensimismada, tejiendo.

-¿Qué hacés, abu?

-Una bufanda -contestó sobre sus anteojos-. Es para los chicos de Malvinas. Escuché que no tienen abrigo. Pobres chicos...

Se le llenaron los ojos de esas lágrimas que se quedan atascadas.

-Me gustaría ser más joven para tejer una bufanda gigante y abrigarlos a todos -susurró-. Es verde. Para que los ingleses no la vean desde lejos.

Pensé qué lindo era que, además de gente siniestra, hubiera personas como mi abuela, que tejían bufandas para abrigarnos.

Al día siguiente la llevé doblada en una bolsa de plástico. Antes de clase, pasé por la capilla del colegio. El padre Alberto me vio y se acercó.

-Padre, ¿podrá bendecir esta bufanda? La tejió mi abuela para los soldados.

-Claro -respondió-. ¿Querés pedir algo en particular?

En ese 1982 todo era distinto. Me salió del alma:

-Quiero pedir que el soldado que la use no pase frío. Y que siempre se sienta abrigado. En realidad, quiero pedir que no se muera. Que esta bufanda sea como un escudo. Y que si muere... que no se sienta solo.

El padre cerró los ojos. Yo también. Los dos teníamos esas lágrimas de la abuela Porota, las que se atascan en la garganta cuando no sabés qué te pasa. Esas que te dan ganas de que alguien te envuelva con una bufanda gigante y te proteja de todo lo que está mal.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-bufanda-de-malvinas-que-tejio-mi-abuela-nid04042026/

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