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La Argentina, bajo gestión artificial

La compra de caños para la construcción del gasoducto que transporte gas de Vaca Muerta a San Antonio Oeste dio lugar a debates respecto a la necesidad –o no- de que nuestro país tenga una pol...

La Argentina, bajo gestión artificial

La compra de caños para la construcción del gasoducto que transporte gas de Vaca Muerta a San Antonio Oeste dio lugar a debates respecto a la necesidad –o no- de que nuestro país tenga una pol...

La compra de caños para la construcción del gasoducto que transporte gas de Vaca Muerta a San Antonio Oeste dio lugar a debates respecto a la necesidad –o no- de que nuestro país tenga una política industrial más decidida. Se dan como ejemplo naciones que se desarrollaron apoyando actividades para ser competitivas a nivel mundial como Corea del Sur, Singapur o Japón. Pero la Argentina es un caso especial, donde todo lo que la política toca, lo contamina.

Hemos tenido política industrial, forestal, minera, naviera, marítima, fluvial, aeronáutica, ferroviaria, petrolera, pesquera, azucarera, vitivinícola, informática y nuclear. Regímenes para la siderurgia, la petroquímica, la celulosa, el papel, las ferroaleaciones, los automóviles, los tractores, el aluminio y el álcali, entre otros. Además de promociones regionales, bancos de desarrollo, avales del Estado y el compre nacional. Todos desvirtuados y malversados. Ni qué hablar de las prerrogativas sindicales, la personería gremial única y los convenios colectivos ultraactivos, para “armonizar” las demandas del capital y del trabajo. A pesar de tantos incentivos, tanta justicia social y tantas políticas de desarrollo, el país quedó estancado desde el Rodrigazo de 1975.

Hay muchas teorías impecables que fracasan en manos de quienes carecen de virtudes morales o que ignoran las instituciones, aunque entonen el himno con su mano en el corazón. La crisis de 2023 y las precedentes, tuvieron por causa un gasto estatal saqueado por grupos de interés y financiado con emisión. La lenta reactivación actual es el precio a pagar por esos abusos populistas. Sin moneda creíble, el ansiado rebote dependerá del aumento en la demanda de pesos y nunca de fogonear el consumo, imprimiéndolos.

¿Y por qué no es creíble la moneda nacional? Precisamente, por el riesgo de que nuevas políticas –esta vez, “más inteligentes”- puedan arrastrar, con su presión sobre las finanzas del Estado, hacia otros estallidos inflacionarios. Es tan poca la credibilidad de nuestra clase dirigente, que parece imposible reconstruir confianza sin algún blindaje externo o chaleco de fuerza que ate de manos y pies a quienes desafían la regla del déficit cero.

Medio en broma, medio en serio, se ha dicho que la Argentina funcionaría mejor con policías noruegos, jueces suizos y hasta chinos pequineses en los cargos públicos, como las naciones bajo mandato después de la Primera Guerra Mundial. Quienes imaginan esos remedios para curar nuestros males, saben que los argentinos en el exterior son buenos ciudadanos, cumplen las normas y se destacan en las ciencias, las artes, los deportes, las profesiones y los exitosos unicornios. Fallan como nación organizada por haber demolido su capital social, reemplazándolo por el oportunismo y la corrupción.

La década de convertibilidad fue un ensayo en aquella dirección, pero al conservar el Banco Central la facultad de emitir, la política metió la cola y el uno a uno voló por los aires. La dolarización siempre está en carpeta, pero no se concreta. El Mercosur hubiese podido servir como marco institucional para evitar esos desajustes, pero ha sido un gallinero mayor para zorros expertos en “portuñol”. El acuerdo con la Unión Europea –ahora en suspenso– y las áreas de libre comercio pueden ser sucedáneos externos de una voluntad débil, que cede ante las tentaciones de gastar sin fondos. Como exoesqueletos de un cuerpo colectivo que carece de fuerza para resistirlas sin ayuda ajena.

Pero la tecnología cuántica, que avanza más rápido de lo pensado, quizás provoque un cambio completo en nuestra gobernanza, forzando una disciplina férrea y minuciosa, sin resquicios para que la política pequeña haga de las suyas. Se estima que la inteligencia artificial (IA) podría desplazar 92 millones de empleos a nivel global de aquí a 2030, aunque ello ya está ocurriendo en algunos sectores. Empresas como Microsoft, Nike, Amazon, Mercado Libre y Dow han redefinido roles y dispuesto miles de despidos. En el reciente Foro Económico de Davos, Elon Musk predijo que “la IA pronto será más inteligente que todos los humanos juntos” y que “en el futuro, fabricaremos tantos robots de IA que satisfarán todas las necesidades humanas”.

Los organigramas nacionales, provinciales y municipales son museos vivientes de cargos inventados para ”articular, coordinar, asistir, incluir, promover, fortalecer, integrar, abordar, gestionar, proteger y potenciar” (difícil hallar más sinónimos en el diccionario) actividades enigmáticas, protegidas por una estabilidad insostenible, un sindicalismo vetusto y los intereses creados alrededor de sus cajas y escalafones. Esas estructuras inmensas, multiplicadas durante el kirchnerismo, quedarán superadas por algoritmos con capacidad de “articular, coordinar y asistir” (y etcétera) en un instante, sin pagar sueldos a 4 millones de empleados para hacerlo.

La IA podría ceñir los gastos del Estado a lo estrictamente necesario para cumplir sus fines, sin dejar ni una moneda para tareas improductivas o sesgadas por incentivos perversos. Un futuro de oficinas vacías, sin autos oficiales, legisladores sin asesores, directores sin viáticos y abrepuertas sin sus puertas. Una utopía de contratos sin sobreprecios, impuestos no superpuestos y controles cruzados en tiempo real. En definitiva, una nueva era de confianza en la moneda y en la salud de las cuentas públicas, fraguada al calor de chips y electrones, aunque la política no se haya corregido.

Ese tsunami está llegando a todo el mundo y desconocerlo para continuar medrando con cargos redundantes o contrataciones espurias, es imperdonable. Como el cambio será disruptivo, debe preverse ya mismo, impulsando medidas para reducir el costo argentino, facilitar la competitividad y generar recursos destinados a la readaptación de quienes deban reinsertarse en ese contexto.

La resistida IA será necesaria pues un país con 17% de su población activa boyando en empleos públicos, más 10 millones de pasivos para atender, no podrá sostenerse sin reformas profundas que aumenten su productividad. A falta de convicciones para llevarlas a cabo, la gestión artificial se impondrá sobre los manoseos de la política, pues “la única verdad, es la realidad”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/la-argentina-bajo-gestion-artificial-nid08022026/

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