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La alarmante declinación educativa argentina

Hay crisis que se presentan de forma abrupta y son fáciles de identificar. Pero hay otras que avanzan en silencio, erosionando lentamente los cimientos de una nación. La crisis educativa es una d...

La alarmante declinación educativa argentina

Hay crisis que se presentan de forma abrupta y son fáciles de identificar. Pero hay otras que avanzan en silencio, erosionando lentamente los cimientos de una nación. La crisis educativa es una d...

Hay crisis que se presentan de forma abrupta y son fáciles de identificar. Pero hay otras que avanzan en silencio, erosionando lentamente los cimientos de una nación. La crisis educativa es una de ellas. No estalla ni logra posicionarse en el ideario de la sociedad como una crisis permanente, pero se profundiza día a día.

Este carácter sigiloso dificulta precisar su origen. En nuestro país, ya a fines de la década de 1990, Guillermo Jaim Etcheverry advertía sobre “la tragedia” del progresivo deterioro del sistema educativo argentino y sus consecuencias sociales. En una línea convergente, Mariano Narodowski ha señalado que la escuela argentina enfrenta una crisis tanto de sentido como de calidad, en la que los avances en términos de inclusión no siempre han estado acompañados por aprendizajes efectivos.

Allí donde la educación declina se afecta la cohesión de la sociedad en su totalidad y, en consecuencia, sus posibilidades de desarrollo. Ello se debe a que la educación trasciende el ámbito de una política pública específica para convertirse en una dimensión transversal del proyecto de país, pues de ella dependen tanto la formación de los recursos humanos que requiere el desarrollo nacional como la generación de capacidades estratégicas, la producción de conocimiento y la construcción de soberanía.

Un país que no forma a sus ciudadanos en pensamiento crítico, ciencia, tecnología y cultura queda inevitablemente subordinado a aquellos que sí lo hacen. La dependencia no se expresa sólo en términos económicos o militares, sino en la incapacidad de generar conocimiento propio, de innovar y de tomar decisiones autónomas en un mundo cada vez más interrelacionado y complejo. En pocas palabras: sin educación de calidad, la independencia formal se convierte en dependencia real.

Al mismo tiempo, la educación es desarrollo. No hay crecimiento sostenido ni desarrollo real sin un capital social sólido. Las economías que lideran el siglo XXI no son las que cuentan con más recursos naturales, sino las que han invertido de manera sistemática en la formación de su población. La productividad, la diversificación económica y la capacidad de insertarse en cadenas de valor globales dependen, en gran medida, de sistemas educativos robustos. Cuando estos fallan, el resultado suele ser un estancamiento prolongado, una economía primarizada y niveles crecientes de desigualdad.

Pero la educación también es protección. Protege frente a la pobreza estructural, la manipulación, la violencia y la exclusión. Una sociedad educada es más resiliente, más cohesionada y está mejor preparada para enfrentar crisis. Por el contrario, la degradación educativa expone a amplios sectores a la marginalidad, debilita el tejido social y amplifica tensiones latentes. Así, por ejemplo, la inseguridad -en sus múltiples dimensiones- encuentra en la crisis educativa un terreno fértil.

Durante buena parte del siglo XX, el país exhibió indicadores educativos que lo posicionaban favorablemente en la región

En este marco, el caso argentino presenta una particularidad: un proceso de “desdesarrollo” difícil de ignorar. Durante buena parte del siglo XX, el país exhibió indicadores educativos que lo posicionaban favorablemente en la región. La expansión de la educación pública, la alfabetización temprana y la fuerte valorización social del conocimiento constituyeron los pilares de un proyecto de movilidad social ascendente. Sin embargo, ese impulso inicial no logró sostenerse en el tiempo. La falta de continuidad en las políticas, la pérdida de calidad, la fragmentación del sistema y la creciente desigualdad educativa marcaron el inicio de un proceso sempiterno de declinación.

Los datos confirman con claridad este deterioro. Las evaluaciones del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) muestran que la Argentina se ubica por debajo de los estándares internacionales. En 2022, el país obtuvo alrededor de 378 puntos en matemática y 401 en lectura, muy por debajo del promedio de la OCDE. Más preocupante aún, resulta que la mayoría de los estudiantes no alcanza niveles mínimos en matemática ni en comprensión lectora.

Hoy, la crisis educativa se expresa en múltiples dimensiones: bajos niveles de aprendizaje, abandono escolar, deterioro de la formación docente y una desconexión creciente entre la educación y las demandas del mundo contemporáneo. No se trata sólo de un problema de recursos, sino de prioridades, de visión estratégica y de consenso social. La educación dejó de ser el eje ordenador del desarrollo para convertirse, en muchos casos, en una variable más de ajuste. Esta crisis también refleja una pérdida de orientación en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Educar implica avanzar desde el conocimiento hacia niveles superiores como la comprensión, la aplicación, el análisis, la síntesis y la evaluación. Sin embargo, estos objetivos han sido progresivamente desplazados.

Reconocer la centralidad de la educación implica asumir que su recuperación debe ser una política de Estado sostenida en el tiempo

Recuperar la evaluación objetiva (de alumnos y de docentes) resulta imprescindible no solo para diagnosticar el nivel alcanzado, sino también para reinstalar el incentivo al esfuerzo y la mejora continua. Reconocer la centralidad de la educación implica asumir que su recuperación debe ser una política de Estado sostenida en el tiempo. Requiere inversión, pero también reformas profundas, evaluación constante y un compromiso colectivo que trascienda coyunturas. Implica, sobre todo, entender que el futuro no se construye con improvisación, sino con planificación y conocimiento.

Este proceso exige, además, revalorizar la racionalidad como recurso central del poder humano: la capacidad de orientar medios hacia fines, evaluar costos y gestionar el tiempo. La búsqueda de la excelencia, junto con una administración eficiente del tiempo, debe volver a ocupar un lugar central en la formación. Al mismo tiempo, resulta necesario revertir la pérdida de hábitos fundamentales como la disciplina, la resiliencia y la tolerancia a la frustración, sin los cuales ningún proceso educativo logra sostenerse.

Porque lo que está en juego es mucho más que el rendimiento escolar. La educación define el posicionamiento de un país en el mundo: allí donde se fortalece, se abren oportunidades; donde se degrada, se consolidan limitaciones. Su degradación no solo impacta en la economía o la cohesión social, sino también en la formación de las nuevas generaciones de decisores políticos, en la capacidad de sostener políticas de largo plazo y en la defensa de causas nacionales.

La Argentina enfrenta el desafío de revertir una tendencia que compromete seriamente su lugar en el siglo XXI

La dificultad para construir consensos en torno a cómo proceder para la reivindicación y defensa de cuestiones estratégicas (como la soberanía territorial, la protección de la infraestructura crítica o la definición de objetivos de interés nacional) da cuenta de una carencia más profunda: la pérdida de una cultura cívica y estratégica que otrora formó parte del horizonte educativo.

En este contexto, resulta indispensable recuperar la transmisión de valores que históricamente definieron el ethos argentino, sostenidos tanto en el ejemplo docente como en el compromiso indelegable de las familias. Esto implica también restituir al aprendizaje su lugar central dentro de la escuela. La Argentina enfrenta el desafío de revertir una tendencia que compromete seriamente su lugar en el siglo XXI. La tragedia educativa no fue solo un diagnóstico, sino que fue -y continúa siendo- una advertencia que relativizamos.

La educación es, en esencia, poder nacional. Potencia la calidad, la eficacia y la resiliencia de una sociedad; optimiza el uso de los recursos, fortalece la economía y amplía las capacidades de desarrollo y proyección estratégica. Educar es generar conocimiento; el conocimiento es capacidad; y la capacidad, poder para transformar la realidad en favor del interés nacional.

Es tiempo de sincerarnos, actuar en consecuencia y exigir una emergencia educativa como política de Estado. Porque sin educación no hay soberanía, desarrollo, ni futuro. En las aulas comienza la defensa de la Nación y la transmisión de los valores que sostienen su libertad y unidad. Y como todo recurso estratégico, la educación nunca es neutral: allí donde se debilita, otros consolidan su ventaja.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-alarmante-declinacion-educativa-argentina-nid10082026/

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