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José María Lassalle: “Europa no puede construir su futuro sobre la exclusión y la homogeneidad”

José María Lassalle deja filtrar su frustración cuando se lo consulta por el reciente episodio ocurrido en Ceuta, en el que miles de migrantes marroquíes intentaron ingresar a España de forma ...

José María Lassalle: “Europa no puede construir su futuro sobre la exclusión y la homogeneidad”

José María Lassalle deja filtrar su frustración cuando se lo consulta por el reciente episodio ocurrido en Ceuta, en el que miles de migrantes marroquíes intentaron ingresar a España de forma ...

José María Lassalle deja filtrar su frustración cuando se lo consulta por el reciente episodio ocurrido en Ceuta, en el que miles de migrantes marroquíes intentaron ingresar a España de forma ilegal. “Estos jóvenes fueron manipulados y llevados en manada a la frontera,” dice, en conversación con La Nacion. “¿Cómo puede ser que la gendarmería marroquí no haya advertido la concentración de 70.000 personas ni haya seguido las instancias en las redes? Es un fallo de seguridad inmenso, tanto de Marruecos como de España”.

Este académico y escritor español considera vergonzosa la liviandad con la que se pasó por alto el enorme saldo de muertos que tuvo el episodio. En menos de 48 horas murieron más de 100 personas ahogadas o presas de las estampidas. Fue un episodio fogoneado por una campaña de desinformación dirigida a los jóvenes, a quienes se hizo creer que España daba visados para entrar y libre circulación por Europa, dice Lassalle, que considera vergonzosa la utilización política de la tragedia por parte de ciertos políticos europeos, por ejemplo, Giorgia Meloni, premier italiana.

Nacido en Santander hace 59 años atrás, Lassalle combina una frondosa trayectoria académica con cargos públicos de primera responsabilidad que lo posicionan como una voz de excepción para analizar los grandes temas que hoy afectan a España y Europa.

Doctor en derecho, es profesor de filosofía del derecho, además de ensayista y articulista en diarios como El País y La Vanguardia. Fue secretario de Estado de Cultura de España durante el gobierno de Mariano Rajoy, del Partido Popular. Hoy desafiliado del PP español, muchos destacan su independencia de las grietas políticas que atraviesan la sociedad española. Se autodefine como un liberal clásico, tan alejado de la izquierda woke como de las derechas populistas.

Lassalle dirige el Foro de Humanismo Tecnológico de la institución académica Esade, y entre otras cosas hoy está muy dedicado a imaginar la convivencia entre los humanos y los algoritmos, entre el poder y la moral. Ha publicado varios libros sobre los peligros que se ciernen sobre las democracias liberales y la amenaza de la inteligencia artificial. “La IA es un poder que no tiene límites, porque opera directamente sobre el inconsciente humano”, advierte.

Pese a su distancia actual de la política partidaria, resulta imposible evitar la consulta respecto de recientes afirmaciones polémicas de Rajoy, con quien Lassalle trabajó tantos años. En una columna de opinión, durante el Mundial, Rajoy escribió que la selección francesa disponía de “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”, en alusión a la ascendencia africana de gran parte de los futbolistas del equipo.

La frase produjo una conmoción de proporciones en España y llegó a las páginas de los más grandes diarios del mundo. Y alimentó el debate, tan en boga en Europa, sobre la fluctuante identidad del continente debido a las corrientes migratorias de África y Medio Oriente.

-Me imagino que lo habrán sorprendido las declaraciones de Rajoy sobre la integración del seleccionado de fútbol francés.

-Bueno, a ver, si la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, es evidente que lo que Rajoy escribió en el artículo es injusto, porque contiene una reflexión racista. Pero sería injusto calificar a Rajoy como un racista. Creo que cometió un error y se ha visto atrapado por la dinámica de polarización que hace que todo en estos momentos en la política española se convierta en motivo de debate, en este caso alrededor de algo que efectivamente está en el inconsciente colectivo de nuestro país, que es el racismo, como le sucede al conjunto de los países europeos. El caso de Francia para mí es paradigmático. Creer que el fútbol es el único ascensor social posible es poner de manifiesto que el sistema universitario, que el sistema educativo, que el mundo profesional, que el propio inconsciente colectivo y el capital simbólico sobre el que se organiza una sociedad europea es fallido, porque no ha logrado visualizar una conceptualización igualitaria de la identidad nacional al día de hoy.

-Este es un problema que atraviesa todo el continente europeo.

-Así es. Es un mal endémico que padecemos todos los europeos. Por eso me parece que si tenemos que poner sobre la mesa este debate, hagámoslo con seriedad, sin polarizar ni frivolizar el tema de conversación. En España no hay guardias civiles ni policías nacionales de origen africano. Tampoco hay diplomáticos, no hay jueces ni fiscales, apenas hay profesores de universidad. Pero si miramos al resto de Europa, pasa lo mismo. Entonces, ¿dónde está el debate? ¿Dónde está el debate de verdad? El incidente podría habernos llevado a reflexionar con profundidad, al hilo de un error racista, pero cometido por alguien que de verdad no es racista, porque lo conozco muy bien al expresidente del gobierno español.

-Muchos dicen que intentó una provocación sutil que no le salió bien.

-Sí. Él siempre se maneja con una fineza irónica que esta vez no le ha funcionado.

-De cualquier modo, como usted dice, el hecho abrió un debate sobre las identidades en la Europa actual.

-Es un problema serio. Aún no somos capaces de comprender que las identidades en el siglo XXI se construyen desde una mirada global y por lo tanto exigen una interpretación cívica, personalista, y no identitaria a partir de la lengua, la religión o la etnia. Creo que los modelos de identidad del siglo XIX no son operativos en el siglo XXI. Este siglo exige mirar la realidad con tolerancia, con respeto, con empatía, y comprender que las identidades en su sentido más clásico se disuelven. Tenemos que aprender a convivir con lo diferente, pero no porque queramos afrontar un ejercicio utilitario, sino porque es algo consustancial a la realidad que vamos a estar viviendo a lo largo de lo que resta del siglo. Será un siglo de complejidad y por lo tanto de pluralismo, de gestión de la complejidad en su sentido más profundo. También en lo que tiene que ver con la identidad colectiva.

-Pareciera que este es uno de los problemas más complejos de internalizar en Occidente.

-Yo soy un liberal en el sentido clásico del término y, por lo tanto, asumo que una sociedad abierta no puede levantar fronteras dentro de ella misma para fragmentar en guetos la construcción de las identidades, con el fin de salvaguardar purezas identitarias que me veo imposible de justificar en términos intelectuales ilustrados. Tendría que adoptar una mirada reaccionaria para poder encontrar motivos que justifiquen una pureza identitaria. Me molesta que después de las experiencias vividas en el siglo XX tengamos que seguir hablando de estos temas. Pensaba que los europeos lo teníamos claro.

-Pero, al mismo tiempo, hay voces preocupadas por la intolerancia que demuestran ciertos grupos inmigrantes a los que les cuesta incorporarse a la filosofía liberal de Occidente.

-Las leyes son claras y la filosofía política liberal en boca de Popper es clara también. Hay que ser intolerante con los intolerantes. Por lo tanto, quien pretenda construir un califato islamista dentro de Europa se estará equivocando, porque Europa no aloja califatos islamistas. Porque un modelo de confesionalidad excluyente que somete a los no musulmanes a vivir bajo los parámetros de los musulmanes, no encaja dentro de los modelos europeos. Pero eso no significa que tengamos que poner barreras a aquellos que, por ejemplo, siendo musulmanes, huyen del régimen de los talibanes en Afganistán.

-La atracción por Europa es excluyente, y eso nos lleva al problema de la inmigración.

-Es que yo creo que la civilización occidental, en su modelo democrático liberal, construye un discurso universalista de la dignidad humana, laico, personalista y cívico, qué es lo que hace que gente de todo el mundo huya de sus países de origen para buscar en Europa lo que no encuentra en su país. Ese es el éxito de nuestra sociedad. Los migrantes no van a China. Van a Estados Unidos y vienen a Europa. Eso debería despertar un cierto orgullo, porque hemos sido capaces de diseñar un modelo civilizatorio que considera que la esencia sobre la que se articula la ley es garantizar los derechos fundamentales de la persona. Y eso se proclamó en la Declaración Universal de Derechos, que acompañó la Revolución Francesa. Y aunque adjetivamos esa revolución diciendo que es francesa, es una revolución que cambió el mundo políticamente. ¿Vamos a cuestionarla mientras el resto la quiere hacer suya?

-El reciente episodio en Ceuta envalentonó las fuerzas anti-inmigración en Europa. Hubo muchos posicionamientos extremos.

-Así es. La extrema derecha ha saltado sobre el cuello de España para desplegar su propia estrategia de comunicación hacia adentro de sus respectivos países. Lo de Meloni en Italia es vergonzoso. Porque anuncia algo que no puede hacer, que es suspender el Schengen con relación a España. Lo dice para consumo interno italiano. Poco importa si crea alarmismo y xenofobia.

-¿No creeo que el problema debe ser atacado por el conjunto de países de la región?

-Sí, el problema migratorio no lo puede afrontar un solo país europeo. Necesita la colaboración de todos. O es una política común o no hay nada que hacer. Pero la reacción precipitada y de censura de tantos gobiernos europeos evidencia que Sánchez no ha hecho muchos amigos en la región. En este tema y en otros. Su estilo no lo hace muy querido.

-Parece muy difícil organizar un proceso tan caótico como el de la inmigración. España acaba de incorporar a cientos de miles de migrantes.

-Es verdad que eso debe desarrollarse dentro de un marco de racionalidad, un modelo que incorpore en términos de seguridad jurídica y que garantice la estabilidad de nuestras sociedades en un proceso de transición hacia modelos cada vez más abiertos. Pero lo que no podemos hacer es construir nuestro futuro sobre la exclusión y la homogeneidad. Me parece que es negar los fundamentos de nuestra civilización.

-¿Como evalúa esta fuerte hostilidad que manifiesta el presidente Trump a la España actual o, más precisamente, al gobierno socialista?

-Bueno, Trump es enfático. Y después es enfático en negar lo enfático que había sido antes. Los liderazgos autoritarios, como el que ejerce Donald Trump en Estados Unidos, se basan en la arbitrariedad. Y en la arbitrariedad del criterio, también. Y eso es cuestionar la racionalidad sobre la que se ha articulado la democracia liberal, que al final trata de desarrollar modelos de razón comunicativa que vuelvan comprensibles las cosas que dicen los políticos. Y Trump cada vez es más incomprensible y ofende más a los padres fundadores de la democracia norteamericana. Aquellos liberales, Jefferson, Madison, Adams, Franklin, se caracterizaban precisamente por hablar bajo los patrones de una claridad comunicativa que se inspiraba en la razón. Guiarse por el sentimiento y por un egoísmo identitario como el que acompaña Trump es un síntoma de que algo ha fallado en la política norteamericana y él es un producto de esos fallos.

-En otro orden, ¿qué aspectos de la inteligencia artificial lo preocupan más?

-Mira, de igual manera que los discursos políticos, desde la Modernidad, se organizaron para ver cómo controlar el poder que se concentraba en manos de un leviatán que se llamaba el Estado, el poder que ha surgido de la revolución digital, que es la nueva revolución industrial del siglo XXI, es un poder que no tiene límites, porque opera directamente sobre el inconsciente humano. La inteligencia artificial se está convirtiendo en una fuente de conocimiento algorítmico que sustituye al conocimiento humano, porque piensa desde una lógica de calculabilidad en tiempo real, que es más eficiente que el conocimiento humano, pero eficiente en términos utilitarios. Y, por tanto, maximiza del poder que libera la utilidad. Y es ahí donde está haciendo aguas el discurso de la democracia liberal. Está fracasando el control del poder, porque seguimos pensando que el poder está en lo político y el poder ya está en lo digital. Porque lo que la inteligencia artificial pone delante de los ojos, y cualquiera que tenga una mirada humanista sobre la existencia debería estar preocupado, es que no es un poder neutro. Es un poder que ha llegado al mundo para sustituir probablemente al ser humano en todo lo que éste representa, empezando por su dignidad. Los políticos deberían estar pensando en esto, porque es el debate del siglo XXI. Ha tenido que venir el Papa para decírnoslo, y eso pone de manifiesto el fracaso de la política en el siglo XXI.

Académico y ensayista

-José María Lassalle (Santander, España, 1966) es doctor en Derecho, consultor y profesor de Filosofía del derecho en la Universidad Pontificia de Comillas.

-Ha sido profesor en varias universidades públicas y privadas, y es experto en pensamiento sobre la cultura y filosofía política anglosajona.

-Es autor de numerosos ensayos, entre los que destacan Liberales (2011), Contra el populismo (2017), Ciberleviatán (2019) y El liberalismo herido (2021), publicados por Arpa Editores.

-Escribe artículos en los diarios El País y La Vanguardia, así como colabora con RNE y la Cadena SER.

-Fue nombrado director de la Fundación Carolina del Ministerio de Asuntos Exteriores en 2003 y elegido diputado en 2004. En 2011 asumió el cargo de Secretario de Estado de Cultura, y de Agenda Digital en 2016. En 2018 abandonó la política.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/jose-maria-lassalle-europa-no-puede-construir-su-futuro-sobre-la-exclusion-y-la-homogeneidad-nid15082026/

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