Jesuitas en Córdoba: la lucha de tres vecinos que hace 25 años lograron la declaración de Patrimonio de la Humanidad
CÓRDOBA.- A mediados de los años 90, Mario Borio visitó Roma. Frente al Coliseo reflexionó: “el patrimonio que los jesuitas dejaron en Alta Gracia debería tener este reconocimiento”. Al re...
CÓRDOBA.- A mediados de los años 90, Mario Borio visitó Roma. Frente al Coliseo reflexionó: “el patrimonio que los jesuitas dejaron en Alta Gracia debería tener este reconocimiento”. Al regresar a Córdoba se lo comentó a su esposa, Lucille Barnes. Habían estudiado sobre la Orden cuando construían su casa en esa ciudad del departamento de Santa María, donde está una de las estancias jesuíticas del siglo XVII. Empezaron a averiguar cómo lograr esa valoración internacional y se convirtieron en los impulsores, junto a Noemí Lozada, de la declaración que el 29 de noviembre cumplirá 25 años: la Unesco declaró al complejo jesuítico de Córdoba patrimonio mundial de la humanidad.
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Ese complejo está integrado por cinco estancias, la de Colonia Caroya (1616); Jesús María (1618); Santa Catalina ( 1622); la de Altagracia (así, todo junto, figura el nombre en la documentación histórica que data de 1643) y La Candelaria (1678) y la Manzana Jesuítica en la ciudad de Córdoba, de 1599. Todos los edificios conforman “ejemplos excepcionales de un vasto sistema religioso, político, económico, legal y cultural”, donde convergen los legados jesuitas, de los pueblos originarios y de africanos esclavizados. Cada una de las construcciones puede visitarse.
De los pioneros en el trabajo, solo Lozada tenía relación directa con la historia jesuita. Borio es dueño de una editorial de mapas carreteros, en la que ahora están haciendo un globo terráqueo de 1680 de la Universidad de Standford que dio la autorización; Barnes es intérprete oficial y Lozada -quien falleció en 2009- creció en la casa principal de la estancia de la Orden de la Compañía de Jesús en Alta Gracia. La residencia fue propiedad de las familias Lozada y García Vieyra hasta la expropiación, por parte de Nación, en 1968.
“Estaba en Roma frente al Coliseo cuando le comenté a mi esposa lo que pensaba -cuenta Borio a LA NACION-. Al regresar empezamos a averiguar, íbamos encontrando datos, pero no lográbamos que las autoridades se interesaran. Pusimos mucha voluntad y empeño. De a poco, fuimos sumando colaboradores. Por un contacto, logramos que Telefónica donara US$100.000 y, con eso, costeamos gran parte de los trabajos necesarios para la presentación”.
Barnes repasa que, en paralelo a los primeros pasos, estaban construyendo la casa donde viven, San Ramón, y fueron al museo nacional de la Estancia Jesuítica de Alta Gracia a tomar unas medidas. Allí conocieron a quien era entonces la directora y última dueña de la estancia, Lozada.
“Nos unimos. Ya era muy mayor, pero aceptó estar al frente con toda su historia; armamos una comisión los tres, la del proyecto del Camino de las Estancias, porque necesitábamos personería jurídica. Pensábamos hacer la presentación solo para Alta Gracia pero nos advirtieron que era mejor hacer el conjunto. Viajamos a cada una de las estancias, pero no había mucho interés. Igual, decidimos continuar”, sintetiza Barnes.
Los tres se convirtieron en los segundos particulares en la historia que logran que la Unesco declare un patrimonio de la humanidad, ya que lo usual es que lo impulsen instituciones estatales. El primer caso fue, en 1993, Santa Ana de Coro y su puerto real, La Vela, en Venezuela.
Desde la Unesco les enviaron las instrucciones a seguir. Eran “una biblia”, grafican. Estudiaron mucho, a tal punto que cuentan con una de las bibliotecas más completas sobre los jesuitas que tiene un privado en el país, sumaron expertos, sortearon inconvenientes de toda índole, reunieron unas 12.000 firmas de apoyo y armaron el dossier de 17 kilos que se presentó en la sede de la Unesco en París. El ingreso de la documentación no estuvo exento de sobresaltos; la llevó la entonces directora de Patrimonio del país, Magdalena Faillace con un pasaje aéreo costeado por los privados.
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“Tuvo mucho coraje al ir por los problemas que había. La atendió un holandés, a cargo del área, y le dijo que era ‘un modelo’ de presentación –precisa Borio–. Le avisan de una llamada de teléfono, atiende y comenta que era el embajador argentino en París que pedía que no se recibieran los documentos. Decidió desconocer el pedido, tomó las cajas, selló el recibido y, meses después, salió la declaración de patrimonio de la humanidad”.
Entre quienes colaboraron en las investigaciones se cuentan el arquitecto e historiador Carlos Page; el sacerdote SJ Martín María Morales, director del Archivo Histórico de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; el consultor Gustavo Aráoz, presidente del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos); Jorge Bozzano arquitecto y María de las Nieves Arias, integrantes del Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio.
También el sacerdote SJ Ignacio García Mata, encargado entonces del patrimonio histórico de la Compañía de Jesús en Argentina (recibieron una carta de apoyo del entonces obispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio (estuvo en Córdoba como novicio jesuita y después “castigado” por la Compañía). Otra colaboradora fue María del Carmen “Chichina” Ferreyra, la histórica novia cordobesa de Ernesto, el Che, Guevara y Hugo Juri, exrector de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
Gestión compartidaLa gestión del complejo jesuita en Córdoba la realizan cuatro actores. El Gobierno provincial está a cargo de La Candelaria y Colonia Caroya; el nacional de las estancias de Jesús María y Alta Gracia; la universidad es responsable de la Manzana Jesuítica y un consorcio privado que es el dueño de Santa Catalina. Las normas que deben seguir son las de Unesco.
En contacto con este diario Page advierte, respecto del mantenimiento, que “hay descuidos de todos los actores que intervienen” salvo excepciones como el Colegio Nacional de Monserrat. En un texto que escribió hace 15 años para unas jornadas sobre “El patrimonio urbano y arquitectónico, la gestión para su conservación”, ya había hecho esa observación.
Tanto desde la UNC como de la Agencia Córdoba Turismo señalan que la declaración de patrimonio de la humanidad “puso a Córdoba en el mapa internacional”. La vicerrectora Mariela Marchisio sostiene que para la institución es “un reconocimiento que engrosa nuestra significación. Los jesuitas fueron pioneros en la alianza entre la educación y la producción. Fueron adelantados para su tiempo, con una mirada territorial”.
Borio y Barnes admiten que les gustaría que la población en general tuviera “más conciencia” de lo que significa el patrimonio reconocido por la Unesco porque, al poco tiempo de la declaración, pareció empezarse a licuar el efecto.
El recorridoEn la ciudad de Córdoba la Manzana Jesuítica, comprende la Iglesia de la Compañía, la Capilla Doméstica y la Residencia de los padres, además del antiguo Rectorado de la universidad (antes Colegio Máximo de la Compañía) y el Monserrat.
La estancia de La Candelaria es la más alejada de la ciudad de Córdoba, a unos 150 kilómetros. Perteneció a la familia del capitán García de Vera y Mujica y fue donada a los jesuitas en el año 1673 y convertida en un foco de producción de ganado mular; alcanzó a tener 300.000 hectáreas. Su iglesia cuenta con la imagen tallada en madera de la Virgen de las Candelas y, del otro lado, están las ruinas de la ranchería, el obraje, los corrales y los vestigios del sistema hidráulico que idearon para mejorar el funcionamiento del molino.
A 75 kilómetros de la capital provincial, está Santa Catalina. La compró Francisco Díaz en 1774 y siempre quedó en manos privadas. Era un centro de producción de ganado mular, contaba con unas 15.000 cabezas en sus 167.000 hectáreas. De esas tierras quedan unas 400 hectáreas, una iglesia ejemplo del barroco colonial, la casa central, un cementerio y la ranchería con habitaciones para los esclavos. También cuenta con un tajamar alimentado por aguas subterráneas provenientes de Ongamira y restos de acequias y molinos. Fue fundada en 1622, en el mismo año que la actual UNC.
Las estancias de Jesús María y Caroya (a 60 kilómetros de la ciudad de Córdoba y a seis una de otra) fueron centros productivos de vid, de hortalizas y frutas. La de Caroya fue el primer establecimiento rural organizado por la Compañía de Jesús en 1616 y el único que nunca fue gestionado por privados; alrededor de 1815 funcionó allí la primera fábrica de armas blancas del país. El museo de la de Jesús María incluye piezas de las culturas de La Aguada, Santamaría, Condorhuasi y Ciénaga.
Los jesuitas se hicieron cargo de la estancia de Alta Gracia (apenas a 40 kilómetros de la capital) en 1643 y la construcción se terminó en 1762. Después de la expulsión de la Orden, la compró un comerciante español en un remate; la casa fue la última de Santiago de Liniers, allí vivió antes de que lo fusilaran. Un recorrido por el museo da una noción de la vida cotidiana de la época. Frente al establecimiento está el Tajamar, el dique artificial más antiguo de Córdoba, obra de ingeniería de los jesuitas para aprovechar mejor el agua y hoy un emblema de la ciudad.