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Incautos y malandras

El truco es conocido, pero no por ello menos efectivo. Camino por la calle después del trabajo, abstraído, con el pensamiento aún encallado en lo que acabo de dejar atrás, cuando se me acerca u...

Incautos y malandras

El truco es conocido, pero no por ello menos efectivo. Camino por la calle después del trabajo, abstraído, con el pensamiento aún encallado en lo que acabo de dejar atrás, cuando se me acerca u...

El truco es conocido, pero no por ello menos efectivo. Camino por la calle después del trabajo, abstraído, con el pensamiento aún encallado en lo que acabo de dejar atrás, cuando se me acerca una joven y me alerta: “¡Se te cayó!”. “¿Qué?”, le pregunto, mientras miro con atención el suelo. “¡La facha!”, me responde con una sonrisa. Cuando estoy a punto de creer que su piropo es genuino, porque el ego nos puede a todos, descubro que es en realidad una vil treta para enganchar mi atención. La chica saca de su bolso varios pares de medias y procede a vendérmelos. Ya no tiene caso rebelarse. Me rindo y le compro un par.

La anécdota es para introducir el tema de la potencia que puede tener el chamuyo, la lisonja, la parla, el verso a la hora de extraer una ventaja del otro. Eso me remite a lo que, en nuestro bendito país, llamamos “el cuento del tío”. A diferencia de la muchacha de los soquetes, que ejerce una labor invasiva pero decente, los que se valen del cuento del tío suelen usarlo para estafar ingenuos o, para adentrarnos en el terreno del lunfardo y en la lengua de los timadores, para ‘engrupir otarios’ con fines delictuales.

Indagando en el libro Poetas, malandras, percantas y otras yerbas, de Jorge Higa comprobé, ya que estamos en el lunfardo, que allá por la década del ’20 del siglo pasado había un término para referirse a ese delito basado en la engañifa. Se le decía “filo misho”. La etimología es fascinante, ya que filo proviene de verbo filar, conversar con fines de conquista o para embaucar y misho procede de misio, que en genovés significa pobre. Se trataría entonces de un fraude barato, una cháchara berreta pero, otra vez, muy efectiva.

En rigor, y sin apartarnos de la temática de la estafa, también se llamaba de esa manera, filo misho, a una pequeña caja muy precaria con dos rodillos dentro que giraban al tirar de un hilo, que un impostor podía vender a los más crédulos asegurándoles que se trataba de una máquina para imprimir billetes de banco. Con la ilusión de obtener dinero fácil, muchos párvulos adquirían el aparejo. Por supuesto, cuando descubrían el embuste, el vendedor de la cajita se había esfumado.

Pero Higa da cuenta de uno de estos timos que se realizaban en la década del 20 que, si no fuera porque estamos hablando de un acto delincuencial, sería una sofisticada obra de precisión humana. Él cuenta un caso que ocurrió en la intersección de Bernardo de Irigoyen y la Avenida de Mayo, cuando todavía la 9 de julio no existía. Resulta que en dos de esas cuatro esquinas había un par confiterías enfrentadas, geográficamente y también por la apropiación de la clientela. Una mañana llegaron al lugar tres operarios. Dos con mameluco de trabajo y un tercero, con más aire de capataz, que portaba un anotador donde parecía escribir cosas importantes.

Como el trío comenzó a hacer movimientos llamativos –tomaban medidas, discutían, miraban con fijeza las fachadas-, el dueño de uno de los bares, que los observaba desde el interior, se acercó a ellos. Movido por la curiosidad, le preguntó al supuesto jefe qué era lo que iban a hacer. ”La Municipalidad va a construir un mingitorio en una de las esquinas, porque así lo exige el tránsito permanente de los peatones”, respondió el del anotador. Desesperado porque no le colocaran el inoportuno artefacto justo en el exterior de su local, el propietario preguntó: “¿Cuál va a ser la esquina elegida?”. “Eso es lo que estamos analizando”, contestó el capataz. Como era de esperar, el paso siguiente fue que el dueño, con malicia, les pasara a los muchachos algunos billetes para que la instalación se hiciera, de ser posible, sobre la vereda de su competidor.

Total que, obviamente, los operarios no eran tales pero se alzaron con un buen botín gracias a su audaz performance. Al parecer, “instalar un mingitorio” era una modalidad conocida y frecuente en el universo del filo misho. Es que sobraban esquinas en la ciudad… y también, al igual que hoy, no faltaban ni incautos ni malandras.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/incautos-y-malandras-nid09022026/

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