Homeschooling: ¿libertad educativa o una moda que implica riesgos?
El debate sobre el homeschooling volvió a instalarse con fuerza en la Argentina. Por un lado, a partir del proyecto de Ley de Libertad Educativa que impulsa el Gobierno y que propone habilitar for...
El debate sobre el homeschooling volvió a instalarse con fuerza en la Argentina. Por un lado, a partir del proyecto de Ley de Libertad Educativa que impulsa el Gobierno y que propone habilitar formalmente la educación en el hogar como una modalidad posible dentro del sistema. Por otro, a raíz de decisiones personales que, amplificadas por la exposición mediática, reactivan una discusión sensible: quién educa, cómo, cuándo y con qué responsabilidades.
Ante estos debates, lo primero que conviene decir es algo incómodo para la lógica de las redes y los titulares rápidos: no existe una respuesta única. Ningún modelo educativo es bueno o malo en sí mismo, ni funciona de la misma manera para todos los niños, niñas y familias. Tampoco la escuela tradicional es una solución mágica, ni el homeschooling una amenaza en sí misma. El problema aparece cuando se transforman elecciones complejas en consignas absolutas.
Como educador y fundador de una red de escuelas, estoy a favor de la escolarización. Pero no de cualquier escolarización ni a cualquier precio. La escuela no es -o no debería ser- solo un espacio de cuidado mientras los adultos trabajan, ni un lugar donde solo se “transmiten contenidos”. La escuela es, sobre todo, un espacio de experiencias compartidas: de socialización, de encuentro con otros diferentes, de aprendizaje del tiempo, de la espera, de la frustración, de la cooperación y de la convivencia.
El homeschooling, en ese sentido, no puede pensarse simplemente como “la escuela trasladada a la casa”. Si la educación en el hogar se reduce a replicar en un living una lógica enciclopedista, basada en contenidos y evaluaciones, lo que se está haciendo no es innovar sino retroceder a una escuela del siglo XIX, sin comunidad y sin diversidad. El verdadero interrogante no es quién “da” los contenidos, sino qué experiencias educativas se construyen.
Ahora bien, también es cierto que existen contextos en los que el homeschooling puede ser una respuesta válida y necesaria. Niños y niñas con problemas de salud física o emocional, familias con estructuras laborales muy particulares, situaciones de movilidad constante o realidades territoriales sin oferta educativa cercana. En esos casos, la educación en el hogar puede funcionar como una solución transitoria o complementaria, pensada desde las necesidades concretas del niño y no solo desde el deseo del adulto.
El problema aparece cuando la decisión se plantea exclusivamente como un acto de libertad individual, desligado de cualquier mirada profesional o de largo plazo. Educar no es solo un derecho de las familias: es también una responsabilidad social. Por eso, pensar el homeschooling como una opción debería implicar necesariamente la intervención de especialistas y el acompañamiento de instituciones educativas que ayuden a ampliar la perspectiva familiar.
Para las familias que evalúan este camino, el desafío no es solo valorar la comodidad o evitar rutinas, exigencias o desafíos propios de toda experiencia educativa, sino también sopesar escenarios posibles. Ese análisis requiere diálogo con profesionales, instituciones y equipos pedagógicos que permitan poner en tensión pros y contras, y una evaluación integral que vaya mucho más allá de aprobar o desaprobar exámenes.
La experiencia reciente de la pandemia debería funcionar como una advertencia. Durante meses, millones de chicos quedaron fuera de la escuela presencial y la tecnología se transformó en el único puente posible. En ese momento, parecía una solución eficaz. Hoy empezamos a ver con mayor claridad los efectos colaterales: dificultades de socialización, problemas de salud emocional, sobreexposición a pantallas y brechas de aprendizaje que aún no terminan de cerrarse. Sería ingenuo y peligroso no aprender nada de esa experiencia.
La nueva ley propone que el Estado evalúe los aprendizajes adquiridos por quienes elijan educarse fuera de la escuela. Es un punto necesario, pero claramente insuficiente. La educación no se mide solo en contenidos. ¿Cómo se evalúan las habilidades sociales, la empatía, la capacidad de trabajar con otros, de expresar ideas, de tolerar la frustración? Esos aprendizajes no aparecen en un examen final, pero son decisivos para la vida adulta.
Además, no todas las familias parten del mismo lugar. El homeschooling requiere tiempo, recursos materiales, capital cultural y una enorme capacidad de acompañamiento. Pensarlo como una opción masiva, sin considerar estas desigualdades, puede terminar profundizando brechas en lugar de ampliando libertades.
Por eso, frente a este debate, no hay que demonizar ni idealizar. Ni la escuela es el único camino posible, ni el homeschooling debería convertirse en una salida liviana frente a las falencias del sistema educativo. Si hay algo que este debate pone en evidencia es una deuda pendiente: la necesidad de seguir transformando la escuela para que sea un espacio relevante, diverso y significativo para los chicos de hoy.
La pregunta de fondo no es si un niño está “mejor en casa, viajando o en la escuela”. La pregunta real es qué tipo de experiencias educativas estamos dispuestos a garantizar como sociedad. Y esa es una discusión que no se resuelve con consignas, sino con responsabilidad, evidencia y mirada a largo plazo.
Fundador de la Red Educativa Itínere y director ejecutivo de HUB Educación e Innovación