Hojas amargas, arcilla y hormigas: el botiquín secreto de los animales
La ciencia multidisciplinaria que aborda el estudio del aprovechamiento con fines terapéuticos que los animales hacen de partes de plantas, animales o minerales se conoce como zoofarmacognosia. El...
La ciencia multidisciplinaria que aborda el estudio del aprovechamiento con fines terapéuticos que los animales hacen de partes de plantas, animales o minerales se conoce como zoofarmacognosia. El interés que despiertan estos conocimientos ha ido en aumento desde la década en 1970, cuando algunos paradigmas de la investigación y algunos supuestos sobre el lugar del hombre en la naturaleza mudaron –al menos parcialmente– su sesgo antropocéntrico. Y este cambio sirvió también para reconocer estos comportamientos no solo en las especies típicamente consideradas “más inteligentes” (mamíferos como los simios, elefantes o delfines), sino también en aves y hasta en invertebrados.
Ahora, cabe preguntarse cómo es que un animal recaba este tipo de información, ya que no viene incorporada en el repertorio que otorga el instinto. Sin embargo, la selección natural sí fue determinando algunas conductas bastante generalizadas que permiten a los individuos evitar o prevenir las posibilidades de contagio o intoxicación, y tratarse en caso de ser necesario. Por lo tanto, el comportamiento es la primera barrera de defensa, y el aprendizaje de los tratamientos se puede dar por experiencias individuales mediante un proceso de asociación de mejora de un malestar tras la ingesta de tal o cual sustancia (conocido técnicamente como retroalimentación hedonista) y también por imitación en especies sociales e incluso por la existencia de patrones culturales en las especies con conducta gregaria más compleja.
Los animales no humanos ya se medicaban desde antes de la invención de la medicina veterinaria.
Algunos ejemplosUno de los casos mejor estudiados y más conocidos es el de los chimpancés y el consumo del arbusto Vernonia amygdalina, que presenta una sustancia muy amarga (los chimpancés y las personas compartimos preferencia por los sabores dulces) y muy tóxica (ningún animal silvestre la consume). Sin embargo, los chimpancés que presentan diarreas parasitarias se llevan hojas a la boca, las enrollan con la lengua y las tragan sin masticar tras macerarlas por varios segundos. Pasadas 24 horas la signología clínica mejora y el recuento de huevos de parásitos disminuye drásticamente. Además de la acción parasiticida de algunas sustancias, las hojas son rugosas y enganchan gusanos adultos. El consumo de hojas rugosas también es practicado por gorilas y bonobos con el mismo fin. Los pobladores locales utilizan la Vernonia amygdalina para el tratamiento de gusanos intestinales, amebas y malaria, y la administran en cantidades moderadas a los cerdos a modo de antiparasitario.
El aguará-guazú, el mayor de los zorros americanos, intenta consumir frutos de Solanum lycocarpum (conocido como fruta del lobo) a lo largo de todo el año en las zonas de su distribución en las que tiene acceso al arbusto. Los aguará-guazú que incluyen regularmente en la dieta estas bayas no padecen la infección por Dioctophyma renale, un mortal parásito que afecta el riñón de todos los cánidos, incluyendo a los perros domésticos, y que se ha convertido en un problema para la conservación en algunas regiones.
La geofagia o consumo de arcilla es otro mecanismo bien documentado. La arcilla es capaz de adsorber algunas sustancias tóxicas, en especial taninos y alcaloides provenientes de hojas, cortezas o semillas, micotoxinas, endotoxinas, tóxicos de origen industrial, limitar la proliferación de ciertas bacterias y modular el pH del estómago. Esta actividad se ha observado en grandes simios, monos, elefantes, vacas, pecaríes, tapires, ciervos, muitúes y otras pavas de monte, loros y guacamayos.
Lobos y grandes félidos consumen pasto con cierta regularidad, y se ha observado que en las heces suelen aparecer parásitos junto con las hebras vegetales. El idéntico comportamiento de perros y gatos domésticos posiblemente sea el resabio de esta estrategia antiparasitaria.
Para el manejo de parásitos externos como pulgas, mosquitos, garrapatas y piojos hay numerosos ejemplos de distintas partes del mundo. Algunos pájaros suelen capturar hormigas y frotarlas por sus plumas o darse baños de polvo en hormigueros: el ácido fórmico de estos insectos puede matar ácaros y piojos. Los estorninos incluyen tallos de plantas aromáticas en la confección de sus nidos; sustancias como los terpenos, sesquiterpenos o el limoneno son repelentes y mantienen a los pichones con bajas cargas de ectoparásitos. Los erizos mastican hojas de menta y las desparraman sobre el lomo junto con saliva como repelente de pulgas. Algunas especies de monos sudamericanos se frotan el cuerpo con milpiés, que contienen una sustancia tóxica si se la ingiere, pero con efecto repelente en aplicación tópica.
Independientemente de las aplicaciones prácticas que puedan obtenerse de las observaciones y de los estudios sobre farmacognosia, cabe en estos casos reflexionar sobre cuestiones que van más allá, como comprender que la preservación de la biodiversidad implica también la preservación de saberes que no son exclusivamente humanos. También, preguntarnos sobre los sistemas de producción y las formas del cautiverio, donde en ocasiones los individuos están privados de la posibilidad de experimentar, de aprender por ensayo y error o de imitar a sus conespecíficos (y se sabe que cuando un comportamiento no puede manifestarse el bienestar animal se empobrece). En definitiva: cultivar la empatía.