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Gustavo Carrara: “Lo que no puede medir el Indec es el sufrimiento de la gente”

Tres veces por semana, monseñor Gustavo Carrara, presidente de Cáritas Argentina, deja atrás el centro de La Plata y hace 20 minutos en auto hasta un barrio vulnerable. El paisaje cambia rápido...

Gustavo Carrara: “Lo que no puede medir el Indec es el sufrimiento de la gente”

Tres veces por semana, monseñor Gustavo Carrara, presidente de Cáritas Argentina, deja atrás el centro de La Plata y hace 20 minutos en auto hasta un barrio vulnerable. El paisaje cambia rápido...

Tres veces por semana, monseñor Gustavo Carrara, presidente de Cáritas Argentina, deja atrás el centro de La Plata y hace 20 minutos en auto hasta un barrio vulnerable. El paisaje cambia rápido: familias que viven en casillas de madera y nylon, algunas sin siquiera un baño. Desde ahí, el arzobispo mira una realidad que tiene una expresión paradójica: mientras Cáritas alcanzó una colecta récord de 4.670 millones de pesos, un 54% más que el año anterior, cada vez más personas llegan a sus 3500 sedes parroquiales para pedir ayuda.

Esa mayor demanda, cuenta Carrara, proviene de personas de sectores medios y medios bajos que ya no pueden pagar medicamentos, alquileres o servicios. En los barrios, el trabajo pasó a ocupar el primer lugar entre las preocupaciones: conseguirlo, conservarlo o encontrar uno que permita dejar atrás la pobreza. “Esa escalera se rompió”, dice cuando habla de las posibilidades de movilidad social de los jóvenes pobres.

En una larga conversación con LA NACION, Carrara no esquiva temas que están en el centro de la agenda nacional: la pérdida de empleos, el cierre de empresas y el endeudamiento de las familias. También advierte sobre el repliegue del Estado en los territorios más vulnerables donde, señala, avanza el narcotráfico. Y habla de una pobreza que las estadísticas no alcanzan a contar: “Lo que no puede medir el Indec es el sufrimiento de la gente”. Mientras la Argentina espera la visita del Papa, plantea cuál es la verdadera distancia que el país necesita acortar: “La que existe entre la sociedad y quienes hoy sufren la pobreza”.

—En su colecta anual, Cáritas alcanzó un récord. ¿Qué cree que hay detrás de esa respuesta de los argentinos?

—Creo profundamente que el pueblo argentino es solidario. También creo que confía en Cáritas como institución y esa confianza explica en gran medida este crecimiento. La colecta siempre empieza de cero. Uno puede tener expectativas, pero nunca sabe cuál va a ser la respuesta. Pero cuando los argentinos ven una necesidad concreta y confían en una institución, responden con mucha generosidad.

—¿Qué pasó durante el último año en Cáritas? ¿Se acercó más gente a pedir ayuda o menos? ¿Quiénes son los nuevos?

—Vemos más personas que se acercan a pedir ayuda. Muchos de ellos son de sectores medios o medios bajos que perdieron el trabajo o a los que ya no les alcanzan los ingresos para cubrir gastos básicos.

—¿Qué necesidades urgentes tienen?

—Muchos piden ayuda para pagar medicamentos, alquileres o servicios. Lo hacen, además, con cierta vergüenza.

—Cáritas tiene 3500 sedes en todo el país. Más allá de esas necesidades, ¿cuáles son las preocupaciones que aparecen?

—Entre octubre de 2024 y junio de 2025, armamos una escucha en 1320 comunidades. Lo hacemos cada tres años para trazar las líneas de acción del trienio siguiente en función de los temas que generan mayor preocupación en las comunidades, especialmente las más vulnerables. El tema que apareció primero fue el trabajo. En segundo lugar surgieron las adicciones, con una preocupación muy marcada por la ludopatía. Hoy una persona puede tener un casino en el celular. Después aparecieron las problemáticas de salud mental, los suicidios y también las emergencias climáticas, desde inundaciones hasta incendios.

—¿Cuál de todos estos temas le llamó más la atención?

—Lo que más me sorprendió fue que el trabajo desplazara a otros temas que venían liderando las preocupaciones en años anteriores, como las adicciones.

—¿Qué es lo que más preocupa sobre el trabajo: no conseguirlo, perderlo o tenerlo y seguir siendo pobre?

—Las tres situaciones aparecen combinadas, pero diría que hoy pesa mucho el miedo a perder el trabajo en un contexto de pérdidas objetivas de puestos laborales, especialmente en pequeñas y medianas empresas. Los datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo marcan que mayo de 2026 terminó con 2.371 empresas menos que en abril de 2026.

—LA NACION publicó una investigación para la que el Observatorio de la Deuda Social de la UCA generó el siguiente dato: solo 3 de cada 100 jóvenes que crecen en hogares muy pobres logran tener un trabajo formal. ¿Le preocupa que a los jóvenes les cueste tanto conseguir trabajo?

—Sí, me preocupa. También me preocupa que algunos ni busquen trabajo porque están desesperanzados y sienten que no van a poder encontrarlo. A veces uno mira la macroeconomía y en algún punto uno puede decir: “Bueno, en el sector energético estamos creciendo”. Y uno puede mirar Vaca Muerta y decir: “Bueno, ahí se van generando trabajos”. Pero no en la cantidad necesaria para reemplazar los trabajos que se pierden. Además, si se pierden en las pymes del Conurbano, la gente no va a ir a trabajar a Vaca Muerta, primero porque no se puede mudar y además porque a veces no tiene la expertise necesaria.

—¿Hoy la Argentina ofrece un camino real de movilidad social para los jóvenes pobres?

—Esa escalera se rompió porque el trabajo sigue siendo la clave. Por supuesto que hace falta capacitación y educación, pero sin trabajo es difícil construir un proyecto de vida. Muchos jóvenes terminan aspirando a formas de empleo informales o precarias porque son las únicas oportunidades que encuentran. Por eso suelo hacerles dos preguntas a quienes aspiran a gobernar: cómo van a generar más trabajo y qué van a hacer con la vivienda. Son temas centrales para todos, pero especialmente para los jóvenes.

—¿Cuál es hoy la principal barrera que enfrenta un joven pobre para acceder a un empleo?

—Muchas veces faltan oportunidades de capacitación adecuadas. Pero también hay un problema estructural: se están perdiendo puestos de trabajo. Además estamos atravesando transformaciones vinculadas a la inteligencia artificial y a nuevas tecnologías que impactan directamente sobre el mundo laboral. Son desafíos que plantean interrogantes económicos y también éticos.

—¿Usted cree que el cierre de empresas de las que me hablaba antes tiene que ver con el avance de la inteligencia artificial o hay otras causas?

—Bueno, es posible que también tenga que ver la apertura de la importación. Quizás está demasiado abierta, por así decirlo. Esto hace que no se pueda competir con los productos que ingresan y bueno, las empresas cierran y no necesariamente abren otras al ritmo de las que cierran.

—Si uno entra hoy a un barrio popular para ver cómo cambió la vida de esas familias, ¿qué encontraría?

—Que se frenaron numerosas obras de integración sociourbana. Cuando se detienen proyectos vinculados con agua potable, cloacas, electricidad segura, pavimento, escuelas o centros de salud, eso afecta directamente la calidad de vida. Además, cuando se retira el Estado de determinados territorios, muchas veces avanzan organizaciones vinculadas al narcotráfico, que meten su plata manchada con sangre en la economía de las comunidades.

—Cáritas puede acompañar, distribuir alimentos y asistir. Pero ¿cuál es la desigualdad que más le preocupa porque no alcanza con ayudar a quien la padece?

—Me preocupa la pérdida de una presencia inteligente y eficiente del Estado en los lugares más vulnerables. Yo estoy ahora acá en el arzobispado de La Plata, cerca de la catedral. Pero tres veces por semana hago 20 minutos en auto y voy a un barrio en donde hay familias que están viviendo en casillas de madera y nylon que por ahí todavía no tienen baño. Y están ahí porque si no tendrían que estar en una calle porque otro lugar no tienen.

—¿Recuerda alguna escena que explique mejor que cualquier estadística qué significa vivir hoy en la pobreza?

—Pienso en una mujer que vive sola en condiciones muy precarias y que, aun así, sostiene una olla popular para alimentar a sus vecinos. Recuerdo que desde Cáritas le conseguimos una puerta para su casa y fue ella misma quien la instaló. Tiene una fortaleza enorme. Pelea por mejorar su propia vida, pero también por mejorar la de quienes la rodean.

—Cuando la foto no es una encuesta sino una visita a esa olla o a un comedor comunitario, ¿qué ve que las estadísticas no pueden medir?

—El sufrimiento. Los indicadores pueden medir ingresos, empleo o consumo. Lo que no puede medir el Indec es el sufrimiento de la gente. Cuando uno se acerca a una persona que vive en la calle o que atraviesa un consumo problemático encuentra historias de abandono, de rupturas familiares, de enfermedades, de soledad. Muchas veces descubre una profunda orfandad de vínculos. Eso es algo que ningún indicador alcanza a registrar completamente.

—En muchos hogares se toman créditos para comprar comida, medicamentos o pagar servicios. ¿La morosidad se está convirtiendo en una nueva forma de pobreza?

—Sí, creo que sí. Hay personas que empiezan el mes debiendo y terminan trabajando exclusivamente para pagar deudas. A veces se trata de créditos extremadamente caros o incluso de mecanismos cercanos a la usura. En algunos barrios también se mezclan con circuitos ligados al narcotráfico. La situación se vuelve muy angustiante cuando alguien siente que paga y paga, pero su deuda nunca disminuye. Ahí aparece otra forma de pobreza, porque la persona ya comienza cada mes varios pasos atrás.

—Está previsto que el papa León XIV visite, entre otros puntos, la cárcel de Devoto y el Cottolengo de Claypole. ¿Qué mensaje podría dejarle a la dirigencia argentina después de esas visitas?

—Los papas suelen visitar lugares de sufrimiento porque allí hay realidades que necesitan ser visibilizadas. En la cárcel nos recuerdan que nadie está exento de equivocarse y que toda persona conserva su dignidad. En el caso de las personas con discapacidad, nos invitan a reconocer un valor inmenso que muchas veces la sociedad no ve. Pero si pienso en un mensaje más amplio para la dirigencia, diría que la verdadera distancia que tiene que acortarse no es la distancia entre dirigentes. Es la distancia que existe entre la sociedad y quienes hoy sufren la pobreza y la indigencia. Esa es la brecha que Argentina tiene que cerrar.

Vidas Desiguales

Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/comunidad/gustavo-carrara-lo-que-no-puede-medir-el-indec-es-el-sufrimiento-de-la-gente-nid04092026/

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