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Guitarras, bombos y violines para el mundo: cómo trabajan los mejores luthiers de Santiago del Estero

Los domingos por la noche abre el Patio de Froilán, y la entrada es gratuita. Sitio emblemático de Santiago del Estero, es un gran espacio al aire libre con escenario para música folclórica, se...

Guitarras, bombos y violines para el mundo: cómo trabajan los mejores luthiers de Santiago del Estero

Los domingos por la noche abre el Patio de Froilán, y la entrada es gratuita. Sitio emblemático de Santiago del Estero, es un gran espacio al aire libre con escenario para música folclórica, se...

Los domingos por la noche abre el Patio de Froilán, y la entrada es gratuita. Sitio emblemático de Santiago del Estero, es un gran espacio al aire libre con escenario para música folclórica, sector para bailar, mesas para comer y puestos de empanadas. También es la casa y taller de Froilán “El Indio” González, luthier de bombos legüeros que llegaron incluso a artistas internacionales como Shakira.

Allí me reúno con Juan Zabaleta Carabajal, que hace guitarras. Bisnieto de “la abuela Carabajal”, gran matriarca de folcloristas, Juan es nieto de Agustín –creador del Festival de la Chacarera– y sobrino segundo de Peteco, primo de su madre. “De todas maneras, soy músico porque soy santiagueño, más que por mi familia”, reflexiona. Y aclara que, al revés de lo que muchos podrían imaginar, no es sencillo dedicarse a la música cuando tantos llevan el mismo apellido.

Juan estudió dos años de luthería en guitarra en la Facultad de Arte de la Universidad Nacional de Tucumán, con el maestro Sergio Arreyes. La segunda guitarra criolla que construyó se la regaló a Peteco. “¿Por qué, si ya tiene un montón?”, le preguntaban. Juan sabía que, si al músico le gustaba, su trabajo tendría difusión. No se equivocó: su guitarra sonó en Cosquín.

“Las vetas tienen que estar así, derechitas. Los cortes son longitudinales o radiales”, explica mientras cuenta que compra mucha madera en San Marcos Sierra, Córdoba. Suele elegir algarrobo, pero la guitarra que sostiene está hecha de paraíso, con tapa de cedro rojo canadiense. Las tapas, sí o sí, llevan madera de afuera: también de Polonia, Alemania o Estados Unidos.

“Estos instrumentos valen entre u$s 800 y u$s 2.000. Son caros. Que te los compren es un acto de confianza porque recién al terminarlos sabés cómo suenan. Por eso es tan complicado vivir de la luthería. Tenés que vender varias guitarras para hacerte un nombre”, resume.

De esto también saben Agustín Bravo y Benjamín Rufino, que no sólo hacen, sino que también reparan instrumentos de cuerda pulsada. Santiagueños, nos reciben en el taller que montaron en el fondo de la casa de los Bravo, donde también vive Elsa Corvalán, cantautora que trascendió con “Monte quemado”, chamamé del cancionero local. Formado en Tucumán –como la mayoría de los luthiers santiagueños–, Agustín confecciona guitarras, violines y violonchelos. Y desde hace seis comparte su oficio con Benjamín, su socio.

“Yo he tocado la guitarra desde los 6 años”, dice Benjamín, haciendo gala de ese pretérito perfecto compuesto tan característico de la idiosincrasia norteña: “he ido”, “he visto”. Como si así lograran que el tiempo dure un poco más. “Nunca en mi vida he planeado trabajar en la luthería”, agrega este joven que juega al básquet y conoció a Agustín gracias a ese deporte. Una tarde le llevó una guitarra para que se la arreglara y, cuando entró al taller, quedó fascinado. “Para hacer esto necesitás pasión y paciencia. Cuando algo no sale, más vale dejar y seguir al día siguiente. Los detalles definen cómo suena”, coinciden.

Al sur de la ciudad, Ezequiel Camacho tiene su casa y taller. A diferencia de los otros luthiers que visitamos, no proviene de una familia de músicos ni artesanos. Sin embargo, el folclore lo atravesó por el simple hecho de haber nacido en Santiago. En la escuela secundaria, al ver una guitarra, se preguntó cómo un bloque de madera podía convertirse en instrumento”. Estudió luthería en Tucumán y se interesó por el violín, “instrumento que apenas suena y ya lo identificás”. Hoy construye violines y guitarras por encargo, además de hacer reparaciones. Los músicos de la banda Salitral tocan instrumentos suyos.

Cedro, petiribí, guayacán, guayubira, guatambú, arce italiano, abeto alemán: algunas de las maderas que usa y me muestra. Dice que estacionarlas es clave; a mayor pérdida de humedad, más fiel será la transmisión de vibraciones. Hacer un instrumento puede llevarle dos o tres semanas. “Siempre será único”, dice, aunque suene a frase hecha. Se sabe afortunado por dedicarse a lo que ama, pero reconoce que la obsesión puede ser un castigo. Y, a pesar de que los jóvenes estén todo el día con el celular, no cree que el folclore tenga fecha de defunción. “Nos trasciende”, afirma sobre esta manifestación cultural que está en el ADN santiagueño.

Lugar dónde se formaron Juan Zabaleta Carabajal, Agustín Bravo y Ezequiel Camacho, la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) dicta la carrera de luthería hace casi 80 años. Su origen se remonta al impulso del maestro italiano Alfredo Del Lungo, quien promovió la enseñanza sistemática de la construcción y restauración de instrumentos de cuerda. Nacido en Florencia en 1909, Del Lungo aprendió el oficio junto a su padre y se desempeñó, entre otros cargos, como luthier de la Orchesta Stabile del Teatro Comunale Fiorentino. Llegó a Tucumán en 1949 para trabajar con la Orquesta Sinfónica local y, tras décadas de labor docente, se jubiló en 1986, dejando la conducción en manos de Fernando Silva, continuador de su legado.

El latido de la tierra

En la casa de Mario Paz, a 22 kilómetros de Santiago del Estero capital, nos recibe José “El Topo” Paz, hijo de Mario, profesor de música, guitarrista y cantante del grupo tradicionalista Salitral. También conocemos a Julia Ortiz, la madre del clan, y a Fernando, luthier de bombos. Saludamos a Mario, que al borde de los 80, sonríe, se emociona y celebra nuestra visita, a pesar de que un ACV le dejó secuelas de habla y movilidad hace 20 años.

Nacido en Suncho Corral, Mario siempre tocó la guitarra y el bombo. Cuando este se rompía, se daba maña para arreglarlo. Mientras estudiaba Profesorado de Historia en la ciudad, aprendió el oficio con “los viejos artesanos” y con maestros como Froilán González, padre de “El Indio”. Montó su propio taller y, durante años, trabajó por las mañanas como administrativo en el Ministerio de Bienestar Social y por las tardes hacía bombos. A mediados de los 80 entendió que podía hacer menos instrumentos, pero de mejor calidad. Así construyó una marca.

“Entrábamos al taller y nos daba una lija, nos ponía a cortar un pelo o a coser algún cuero”, cuenta El Topo mientras caminamos por la reserva de cuatro hectáreas. El taller está rodeado de ceibos y otros árboles nativos que eligieron plantar. “Cuando en el campo te digan ‘el árbol’, estarán hablando del algarrobo blanco”, explica.

Frente a los ceibos, me entero de que de un solo árbol pueden salir cinco o seis bombos. “Es una madera liviana y porosa que no sirve para muebles ni como leña”, cuenta El Topo. Se corta el tronco, se seca al sol y se ahueca con motosierra para sacarle el corazón. Tras seis meses de estacionado, se ahueca más con gubia. El tiempo seguirá pasando –de eso se trata– y sabrán que está listo por lo que pesa.

“En el estaqueado del cuero (de vaca, cabra, oveja o chivo) también está la calidad del bombo”, apunta. Lo humedecen toda una noche y al día siguiente lo estiran con clavos en la tierra. Si hay sol, en seis horas está listo; si no, habrá que esperar todo un día. Luego lo colocan, agregan los tientos y la firma de Mario Paz, garantía de que está hecho a mano y en familia. Producen unos 120 bombos al año, algunos de los cuales llegaron a artistas como Julieta Venegas.

“Desde que cortamos la madera hasta que el bombo está listo pasan, en promedio, dos años. Esa es nuestra gran diferencia con las fábricas, que apuran el secado con fuego y los bombos no quedan tan bien como al sol y con tiempo. Salen caros porque el tiempo vale mucho”, señala El Topo, que aprendió del monte a vivir sin impaciencias.

“El bombo legüero nos representa. Es el latido de la tierra, el llamado de la madre. Y ha trascendido al folclore: también suena en el jazz y en el rock”, resume Fernando sobre este instrumento que llegó a América desde África, traído por los esclavos de la colonia. Sus varias leguas de alcance le dieron nombre. Y Santiago lo hizo suyo en el silencio del campo, para anunciar una carneada o una fiesta.

Datos útiles

Ezequiel Camacho. Hace a pedido y repara instrumentos de cuerda. T: (385) 575-2072. IG: @ezequiel_camacho_luthier

Mario Paz Bombos. Reserva, taller y sector de ventas, a 25 kilómetros del centro, muy accesible desde la RN 9. Hay que coordinar visita. Además, negocio en la capital (Av. Colón 2850). Calle s/n, departamento de Salípica, Santiago del Estero. T: (385) 512-8339 / (385) 419-3024. IG: @mariopazbombos

Guitarras Bravo. De Agustín Bravo y Benjamín Rufino reparan y venden por encargo instrumentos de cuerda. Formosa 648, Santiago del Estero. T: (385) 406-3262. IG: @guitarras_bravo

Juan Zavaleta Carabajal. Repara, mantiene y fabrica guitarras a pedido. T: (354) 139-2857. IG: @jzc.guitarras

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/guitarras-bombos-y-violines-para-el-mundo-como-trabajan-los-mejores-luthiers-de-santiago-del-estero-nid31012026/

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