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Guillermo “Memo” Gracida respira polo: su mirada sobre los cracks, la táctica, la clonación de caballos y el dolor por su hermano Carlos

Es, claramente, otra etapa de su vida, pero tiene la pasión de siempre. Ya anda por los 66 años y sigue montando, enseñando. Un nombre ilustre del polo mundial sin ser argentino, lo cual, quizá...

Guillermo “Memo” Gracida respira polo: su mirada sobre los cracks, la táctica, la clonación de caballos y el dolor por su hermano Carlos

Es, claramente, otra etapa de su vida, pero tiene la pasión de siempre. Ya anda por los 66 años y sigue montando, enseñando. Un nombre ilustre del polo mundial sin ser argentino, lo cual, quizá...

Es, claramente, otra etapa de su vida, pero tiene la pasión de siempre. Ya anda por los 66 años y sigue montando, enseñando. Un nombre ilustre del polo mundial sin ser argentino, lo cual, quizá, sea una carta de presentación que habla por sí sola. Jugó por todos los lugares del planeta, se dio el gusto de ganar el Abierto de Palermo y de alcanzar los 10 goles, pero jamás renunció a sus orígenes. A respetar y tomar como propio el camino que le marcó su padre, también Guillermo, e integrante de una familia polística de México.

Guillermo “Memo” Gracida está hoy en Santa Ynez, al norte de Santa Barbara, California, a unos 40 minutos de auto. Junto con Meghan, su actual pareja, es el alma mater de La Herradura Polo & Equestrian Center. Anda casi todo el año en chomba. “Es que esto es un paraíso. Tenemos casi siempre una temperatura de 24, 25 grados. Jugamos 10 meses al año. El clima es soñado”, dice Memo. “Acá estamos, siempre con energía, haciendo proyectos nuevos. Nacimos para eso. Crear polo, promover gente. Lo heredé de mi padre. Me sigue entusiasmando y seguiré con eso hasta que me dé el cuerpo. Acá, de la nada, hicimos 5 canchas. Tenemos más de 300 caballos en el club, con aspiraciones de crecer a 500 el año próximo”, se entusiasma.

Es, Gracida, un apellido muy conocido en el polo argentino. Memo fue campeón con Santa Ana en 1982 y también jugó por Indios Chapaleufú en 1994, reemplazando a Marcos Heguy por lesión. Además, fue coach de Ellerstina varias temporadas. Su hermano Carlos fue todavía más famoso: ganó cinco veces el Argentino Abierto, cuatro de ellas con La Espadaña y la otra con Ellerstina en 1994, Triple Corona incluida. Carlos, “Cacha” para todos, falleció en 2014 en Wellington, Estados Unidos, a los 53 años, producto de los golpes recibidos en un accidente en un partido. Juntos, los Gracida conformaron una dupla exitosa, además de haber tenido vínculos con la realeza británica y con importantes patrones-empresarios en Estados Unidos.

Memo y Carlos siempre se conmovieron al hablar de Guillermo, el patriarca. El hijo menor, una vez, hizo hincapié en algo que heredó casi sin darse cuenta: su don de gente. “Creo que uno de los legados más importantes es cómo te ven como persona. Veo que mi padre es recordado como una buena persona. En el polo fue un grande, logró cosas increíbles, pero lo mejor es cómo lo ven humanamente. Ganar torneos es lo que uno busca, pero el legado me parece que pasa por otro lado. Y mi padre era uno de esos. Es lo que más admiro de él”, solía decir Carlos.

–Memo, ¿y a vos cuánto te marcó tu padre, qué fue en tu carrera don Guillermo?

–Fue muy importante en mi vida, en mi desarrollo polístico. Fue mi mejor amigo, mi maestro, el mejor padre. Compañero en la cancha. Fue todo para mí. Siempre guardaba recuerdos, fotos, recortes de periódico. Todos esos artículos los leía de chico y veía que mi padre había sido un gran jugador y equitador, uno de los mejores 1 del mundo. Jugaba contra Venado, El Trébol. Astros de esa época de los 40, de los 50. Se desarrolló contra los mejores del mundo. Jugó el Mundial del 49, ganó el US Open en Meadowbrook en el 46 con sus tres hermanos.

Era un gran maestro de polo. Lo descubrí cuando jugué mi primer torneo con él. Ya estaba casi retirado. Cuando jugamos la Copa Camacho en 1976, yo tenía 19 y fuimos por México a enfrentar a Estados Unidos. Fue la primera vez que lo vi jugando en serio. Contra Joe Barry, que venía de jugar la Copa de las Américas; Charles Smith, de mucha influencia en Estados Unidos. Mi padre fue el capitán y nos hizo jugar y ganar la Camacho por primera vez para México. Me di cuenta de que jugaba 9, 10 goles. Dominó a los grandes. Vencimos por grandes diferencias al campeón americano.

–Marcó una era para el polo mexicano.

–Claro. Nunca tuve la comprensión de lo gran jugador que era y del conocimiento que tenía. Era un tipo que sabía mucho, un gran equitador, y fue el maestro de todos los mexicanos que salimos de la época de oro del polo de nuestro país: Carlos y Rubén Gracida, Antonio Herrera y yo, Roberto González, Jota Céliz, Valerio Aguilar. Todos fuimos de la escuela de mi papá.

–Además, los cuatro hermanos Gracida ganaron el US Open: tu padre y tus tíos.

–Exacto. Mi padre junto con El Chino Gabriel, Pepe (José) y Cano (Alejandro). Jugaron en Argentina en el 49. Lo hicieron bastante bien. Por ejemplo, contra Venado Tuerto, ganaban hasta el cuarto chukker y llovía. Uno de los Alberdi usaba lentes y pararon el partido durante una hora. Volvieron a la cancha y evidentemente se reagruparon y les ganaron al equipo mexicano. Pero ellos jugaban contra los mejores al mismo nivel y con caballos prestados. Grandes equitadores, capaces de montar cualquier cosa. Eso lo heredamos de ellos. Me encanta formar caballos, hacerlos de alto nivel para el polo.

Un ganador en el mundo y cómo llegó a la Argentina

Para tener una dimensión de lo que fue Memo Gracida en el polo, basta con mirar su vitrina de trofeos. Además de ganar Palermo en 1982, conquistó en 16 oportunidades el US Open, 5 veces la USPA Gold Cup, y acumula 2 victorias en la Coronation Cup, otras 2 en la Queen’s Cup y una en el British Open, además de ser parte del Hall Of Fame desde 1997. Pero venir a la Argentina era todo un desafío. Tenía 23 años cuando hizo pie en la cancha 1 de Palermo….

“En 1979 se jugó la Copa de las Américas. Fue un momento importante para mi porque convencí a Steve Gose, que era el sponsor que tenía en Estados Unidos y llevaba al equipo americano a jugar a la Argentina, de trasladar sus caballos y los míos para poder jugar los torneos domésticos mientras ellos jugaban la Copa. Estábamos en Hurlingham. Justo se lesiona Ernesto Trotz, necesitaban un sustituto en Santa Ana, y me invitaron. Fue la primera vez. En la cancha 1, en una exhibición contra el equipo americano y jugando por Santa Ana”, rememora Memo.

–Fueron varios años con Santa Ana, el clásico rival de Coronel Suárez

–Sí, volví en 1980 y estuve hasta el 84. Siempre por Santa Ana, con los Dorignac (Gastón y Francisco). En el 82 lo ganamos y en el 83 me quebré la clavícula izquierda. Vine roto y les dije a los Dorignac que no podía jugar, pero me insistieron en que sí. A 3 semanas de la fractura, sin haberme operado, me subí a jugar y fue fatídico ese partido del debut contra Indios Chapaleufú de los mellizos Heguy. Nos dieron una paliza tremenda. Frankie me dijo: “Juegas tú”. ¡Una locura! El 83 fue un año malísimo.

–Y al año siguiente lo trajiste a tu hermano Carlos.

–Era un lindo equipo ese con los Dorignac. Tuvimos un buen Abierto. Jugamos hasta las semifinales y nos quedamos sin caballos. Montar cuatro jugadores era muy difícil. Fue una zona muy pareja (con Chapaleufú, Coronel Suárez II y La Aguada). Más que nada fueron los caballos. Toda la gente que nos prestaba… Eran dos mexicanos jugando el Abierto de Palermo y se ve que no era bueno. Esa vez no nos prestaron y terminamos a pata. Inventamos lo que pudimos. Terminé y dije que no volvía a la Argentina. Me dediqué a Estados Unidos, a enfocarme a un lugar, porque si no era imposible. Viajaba a Inglaterra, a Argentina, a Palm Beach, todo sin parar. No había un fin de semana libre, era muy cansador. Fue una decisión triste, pero a la vez muy inteligente. Llegué a mi mayor éxito.

–Para tener una idea, en esos años, 82, 83, 84, ¿qué cantidad de caballos vos podías traer?

–Llevé seis, que era un número grande. Seis buenos. En el 80, uno se me murió de un ataque al corazón antes de empezar la temporada. Me quedé con cinco. Y así gané el Abierto Argentino y estábamos entre los mejores. Era un lujo tener cinco cracks. Al pasar los años, el desgaste y el uso fueron pagando y en el 84 me quedé de a pie. Tenía tres y uno prestado.

–En esos años de Santa Ana lograste el sueño de todo polista: ser campeón de Palermo. Ese 1982 tiene que haber quedado como algo único en tu vida.

–A ver, fue un proceso. Cuando fui en el 79 era todo nuevo, lindo, nunca había jugado ese polo ni pisado Palermo. Una de las anécdotas más cariñosas que tengo fue que cuando jugué esa exhibición contra el equipo americano en la 1 de Palermo. Jugaba de número 1, en la mejor cancha que había pisado en mi vida. Anduve bien, metí varios goles. Terminó el partido y vinieron Juancarlitos Harriott y Horacio Heguy a verme. Juancarlitos era un hombre de pocas palabras, lo justo. Me preguntaron: “Che, ¿esos caballos de dónde son?”. Les dije: “Son puros mexicanos que hizo mi padre”. Y Horacio me remarca: “¿Sabés a qué velocidad andabas?”. No me di cuenta en ese momento lo que significaba esa felicitación de semejantes monstruos. Después lo valoré en toda su dimensión. Es uno de los recuerdos más grandes de mi vida. Ambos reconocieron la caballada, la velocidad y el nivel que estaba jugando por primera vez. Tenía 7 goles por entonces. Y creo que fue el comienzo del proceso.

En el 80 jugaba de 1, los Dorignac me cambiaron de 2 y en el 81 le dije a Frankie por primera vez mis inquietudes: “Necesitamos un jugador organizado para jugar aquí en Palermo, porque jugando así, improvisando, es imposible”. Los Dorignac eran mucho de improvisar, invitaban al amigo, sin desmeritar a los compañeros. Pero la cosa no era muy profesional. Entonces le comenté de jugar con Cacho Merlos, a quien conocía de Estados Unidos, sin saber la historia de Santa Ana del año 73, cuando salieron campones con Cacho y con Daniel González. Una cosa irónica. Hablé con Cacho y lo invité a jugar de nuevo con Santa Ana, nueve años después. Anduvimos bien en el 82, y en el 83 por mi lesión no pudimos tirarnos al doblete. En condiciones normales, creo que lo hubiéramos logrado.

–¿Qué representó esa final para vos? Tuviste una actuación destacadísima

–Ibamos superbien preparados, había tenido una experiencia de jugar con ellos, ya conocía a mis compañeros, a los contrarios. Pude ser más influencial en la preparación de los caballos del equipo. Y de los jugadores. Los hacía jugar prácticas cada tercer día para ir poniéndonos y tomar ritmo. En ese tiempo, los Dorignac ya estaban grandes. Refunfuñaban por jugar prácticas, pero lo hacíamos. Fue un buen trabajo y la final resultó el premio a todo eso. Tenía mucha confianza en que podíamos ganarla.

Carlos fue mi mejor compañero. Dentro y fuera de la cancha, fuimos hermanos, amigos, compañeros, nos complementábamos muchísimo. Siempre muy pegados, muy unidos. Lo extraño muchísimo. Cada vez que hablo de él se me salen las lágrimas porque se fue muy joven. Como polista fue de lo mejor que ha habido y que va a haber por su calidad, por su fineza y por lo ganador que era.

Guillermo Gracida sobre su hermano Carlos, fallecido en 2014

–Hablame de la parte psicológica. Santa Ana tenía un tema con Coronel Suárez, que en esa ocasión formaba con Luis Lalor, Alberto Heguy, Alfredo Harriott y Celestino Garrós.

–La parte psicológica de jugar contra Coronel Suárez era importantísima porque jugando mal, te ganaban. ¡Imaginate jugando bien! La parte psicológica de ganarle a un monstruo como Coronel Suárez y la camiseta es bravo. Lo puedes identificar con La Dolfina ahora, ¿no? Adolfo Cambiaso entra a la cancha y te gana con el casco. En esos tiempos, Coronel Suárez era la máquina. Jugamos un partido muy largo, trabado al principio, después se abrió, pero la caballada estaba impecable. El equipo estaba funcionando muy bien. Yo ya había pasado de 3, que era mi posición natural en el polo. Frankie de back, Gastón de 2, que era de lo mejor que he visto, y Cacho de 1, un definidor de primer nivel. Estábamos bien, óptimos de caballos. Lo dominamos de principio a fin. Fue una alegría. Tuve un buen partido, metí muchos goles, los penales me salieron impecables, los caballos anduvieron increíble. Aunque…

–¿Qué pasó? ¿Algún recuerdo malo?

–Una ironía de esa final. En esos tiempos yo tenía una yegua mexicana, la Artillera, que revoleaba la cola. La metí en el 6° nada más, cuando todo el mundo jugaba el caballo más débil. La usé para definir. Un solo chukker. Artillera hizo la diferencia. Hice 3 goles y tenía para meter un cuarto con un penal de 60 yardas, pero como revoleaba la cola, preferí cambiarla faltando 45 segundos. Fue la decisión correcta porque convertí el penal. Fuimos a la entrega de premios y el juez, que era Jorge Torres Zavaleta, me dijo: “Memo, te felicito por tu yegua del 6° chukker, pero no te pudimos dar el premio porque la sacaste faltando 45 segundos”. ¡Ahora los caballos te juegan 2 o 3 minutos y les dan los premios! Esa yegua se lo merecía, me hizo ganar Palermo. ¡Cómo cambian las cosas!

–¿Qué significa para un mexicano ganar Palermo? ¿Qué valor le das? Has ganado mucho en tu vida. ¿Fue lo máximo de tu carrera o no?

–Sí, Palermo fue lo máximo para mi. Aprecio mucho haberlo ganado con amigos que se convirtieron en familia. Hicimos una relación muy íntima, muy apreciada y calurosa los Gracida y los Dorignac. Es lo que más me acuerdo: haberlo ganado con ellos y con Cacho Merlos. Ganar Palermo siempre es el sueño imposible, sobre todo para un jugador extranjero. Fue lo más importante de mi vida junto con haber ganado la Copa Camacho con mi padre en Estados Unidos. Las dos experiencias más grandes de mi carrera.

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Después de aquel 1984, Memo se enfocó en su carrera profesional en Estados Unidos sobre todo. Promediando los 30 años, era la época de La Espadaña y los dos Chapaleufú. Muchas veces se mencionaba la posibilidad de su regreso a la Triple Corona, como que buscaban tentarlo, pero los intentos no prosperaron. “Memo es muy profesional, si no hay algo serio, no va a venir”, solía escucharse. Aparecía por Palermo, sí, pero en carácter de aficionado, como tantos otros trotamundos. Hasta que un día, decidió volver. Pasó un largo trecho y al principio no estaba decidido. Pero aflojó…

–¿Cómo fue ese regreso en el 94 para jugar en Indios Chapaleufú? Resultó una convocatoria de emergencia por lesión y vos ya andabas por los 38.

–Yo estaba completamente enfocado con mis cosas en Estados Unidos. Palermo era lo más distante que tenía en mi mente. Me llamó Horacito Heguy para pedirme si podía ir a jugar en lugar de Marcos, que se había lesionado. En un principio le dije “No, no estoy ni puesto”. No podía ir a jugar ese polo y Palermo comenzaba en días. Era llegar el miércoles, jugar una práctica el jueves y entrar el sábado en Palermo. “Horacito, imposible, no lo voy a poder hacer, discúlpame. Pero antes de que te dé un no definitivo, déjame pensarlo bien, porque claro que es una gran oportunidad”. Corté. Lo pensé y dentro de mi dije: “Es mi ultima oportunidad de jugar Palermo, si no lo hago ahora, no lo voy a hacer más”. La conclusión fue algo así: “Lo voy a hacer por mí, sabiendo que no iba en las mejores condiciones”. Entonces, lo llamé de nuevo y le dije “Si, estoy, pero te anticipo que voy fuera de punto”. Venía de jugar polo de Santa Barbara, de 20 goles. Me subí al avión, viajé, llegué y me montaron ellos.

–¿Te arrepentís?

–Fue una experiencia linda. Llegamos hasta las semifinales contra Chapa II. Pero ese año Chapa I, después de tantas finales y Abiertos de Palermo, se había quedado muy corto de caballos. Me dieron los de Marcos, me sacaron la mejor, que la agarró Horacio, y quedé con 4. Íbamos arriba por tres goles, pero nos ganaron por uno. Llegaron a la final contra Ellerstina, que los mató. Estaban remontados. Con mi hermano Carlos de back. Fue mi último año en Palermo. Ellerstina era otro nivel. Yo jugué la práctica previa a la final y me dieron caballos de reserva que eran mejores que los que tenía yo en Palermo. Así que le dije a Carlos: “No hay posibilidades de que les ganen”. La pasé bien. Llegué a conocerlos más íntimamente a los hermanos Heguy, que eran personas muy peculiares, jaja. Jugamos más o menos el mismo polo. La pasamos bien, pero desafortunadamente no lo ganamos. Al año siguiente lo ganaron con Marcos. Se volvieron a organizar, y Marcos a armarse mejor de caballos y a hacerse uno de los mejor montados de la Argentina.

Juancarlitos era la perfección. Rápido, jugador de equipo, pegada impecable, anticipación única. Un líder en la cancha. Un perfeccionista. El mejor jugador que haya visto en mi vida a la hora de pegarle a la pelota. Y tenía un rifle en el brazo. Adolfito fue totalmente lo opuesto: muy individualista, con un talento natural insólito. Un innovador, porque sigue cambiando su forma de jugar, de pensar, su organización. Hace cosas que en mi vida le ví hacer a alguien con la pelota. Un ganador nato

Memo y la referencia a Harriott y a Cambiaso

–Memo, pudiste vivir la experiencia de jugar con los dos, de verlos a ambos. ¿Qué pensás de Juancarlitos Harriott y de Adolfo Cambiaso?

–Juancarlitos era una leyenda viviente. Una máquina. Su polo era la perfección. Rápido, de equipo, pegada impecable, anticipación única. Un líder en la cancha. Hablaba poco, pero cuando lo hacía…Recuerdo jugando un día de 1 contra Alfredo Harriott. Le pude meter un gol y regresando al throw-in, se dio vuelta y le dijo a Alfredo: “Quedate atrás”. Simple y sencillo. Y no volví a meter un gol: se quedó marcándome. Me enseñó la disciplina que tenían Juancarlitos y el equipo. Un tipo que mandaba, un comandante, de mucha presencia, un perfeccionista. Con caballos impecables. Jugaba todo para el equipo. De primera, pases de 80, 100 yardas, backhanders perfectos. El mejor jugador que haya visto en mi vida a la hora de pegarle a la pelota. Te tiraba al arco desde 80 yardas y la metía. Tenía un rifle en el taco.

Adolfo fue totalmente lo opuesto. Muy individualista, con un talento natural insólito. A los 14 tenía ya la fortaleza de una persona de 22, 23 años. Un ganador nato. Se pasa constantemente pensando cómo ganar, cómo conseguir mejores caballos. Un innovador, porque sigue cambiando su forma de jugar, de pensar, su organización. Hace cosas que en mi vida le ví hacer a alguien con la pelota. Imposible de ganarle en lo individual. No hubo ni habrá nadie que pueda competir contra él. El tipo que ahora está jugando más como equipo, pasando más la pelota, pegándole. Jugando más como era Juancarlitos que como él empezó. Tiene una mentalidad ganadora especial.

Hipotéticamente, si dijéramos que la clonación es la contestación a la crianza, un clon sería lo único que se necesitaría para tener el caballo perfecto. Y es una cosa que va en contra de lo que es la crianza, de cruzar, de mezclar sangres, para conseguir mejores caballos. Si tuviera mi decisión en esto, prohibiría competir a los clones. No destruiría la crianza por la clonación.

Gracida y su mirada sobre la clonación

–Hacemos referencia a Cambiaso y es oportuno conocer tu mirada sobre la clonación. A Adolfito le sirvió, aunque mucha gente no está convencida.

–La clonación no debería ser permitida en el deporte. Porque quita toda la herencia que tiene la crianza de caballos de cualquier deporte, incluido el polo. Desafortunadamente, a la larga la clonación va a afectar más a la crianza de caballos de polo que otorgarle beneficios. Hipotéticamente, si dijéramos que la clonación es la contestación a la crianza, un clon sería lo único que se necesitaría para tener el caballo perfecto. Y es una cosa que va en contra de lo que es la crianza, de cruzar, de mezclar sangres, para conseguir mejores caballos. En la parte deportiva, aunque algunos de los clones han podido exhibirse en los mayores niveles, la mayoría no llegó a las expectativas que se tuvieron. La crianza tiene que ser un conjunto de mezclas de sangres, de cruzas y del entrenamiento; de la doma y la hechura. Sea clon, sea embrión, sea lo que sea, tiene mucho que ver para que un caballo sea crack. Si tuviera mi decisión en esto, prohibiría competir a los clones. No destruiría la crianza por la clonación.

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El 25 de febrero de 2014, el mundo del polo recibió una noticia shockeante. Producto de un accidente durante un partido en Wellington, falleció Carlos Gracida, el mejor jugador extranjero que pisó las canchas de Palermo hasta la irrupción del uruguayo David Pelón Stirling. Tenía 53 años, padre de dos hijos y más que un hermano para Memo. En su relato aflora la emoción, genuina. De hombre agradecido de haberlo podido conocer como ninguno. De hombre que lo echa de menos.

–¿Cómo lo recordás a Carlitos?

–Carlos fue mi mejor compañero. Sin desmeritar a grandes polistas con los que tuve la suerte de jugar. Dentro y fuera de la cancha, fuimos hermanos, amigos, compañeros, nos complementábamos muchísimo, porque él era delantero y yo más defensivo. Vivimos juntos nuestra vida. En la misma casa, en la calle. Siempre muy pegados, muy unidos. Lo extraño muchísimo. Cada vez que hablo de él se me salen las lágrimas porque se fue muy joven. Y te das cuenta de lo gran jugador que era. Como polista fue de lo mejor que ha habido y que va a haber por su calidad, por su fineza y por lo ganador que era. Ganó en todas partes del mundo. Un tipo muy querido, apreciado, simple, estudioso. Siempre estaba creando, incluso con los tacos. Fue el primero en jugar con taco 52 y medio. Con cigarros de diferentes formas.

Pero lo que más me impresionaba de Carlos era cada vez que hablaba sobre alguien. Jugó con Gonzalo Pieres en Ellerstina. Le preguntaba. “¿Cómo te fue?”. Me decía: “Gonzalo es un tipazo”. Otra vez: “Carlos, ¿cómo te fue con Hubert Perrodo, con quien jugaste en Labegorce?”. Me respondía: “Hubert es un tipazo”. Así con todos. Y la realidad es que el tipazo en la vida fue él. Cuando entrabas en la cancha te sentías invencible: te daba una confianza, una seguridad, una fortaleza, que muy pocos jugadores, de ahora y de antes, te han podido dar. Esa sensación de que eras imbatible. Fue una gran persona, un gran padre. Sus dos hijos, Carlitos y Mariano, que lo perdieron muy joven, están jugando y aprendiendo conmigo. Se perdieron gran cantidad de su desarrollo por la falta de su padre, pero ahora están acá en La Herradura, lo cual me da una satisfacción enorme. Veo en ellos parte de Carlos. Cada uno tiene algo de él. Me agrada muchísimo.

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Memo Gracida, al igual que su hermano Carlos, fueron dos profesionales muy dedicados al entrenamiento diario. Rutinas, ejercicio de los golpes. De alguna manera, hacían recordar a un Guillermo Vilas, capaz de pasarse horas y horas dentro de una cancha ensayando un golpe determinado. Y no se iba hasta que no podía poner 30 pelotas seguidas en el mismo angulito del court.

–Pensaba en un Tiger Woods de su época sano, tirando mil pelotas por día. O un Rafa Nadal entrenando como si fuera un partido oficial. ¿El polista tiene esa rutina o trabaja en base a lo que le brinda su talento?

–Buena pregunta. Son épocas, tiempos y etapas. Cada jugador va copiando o aprendiendo de lo que se le enseña y después desarrolla lo que le funciona más a él. En nuestro tiempo teníamos que trabajar muchísimo: Carlos, Gonzalo y Alfonso Pieres, Trotz, todos trabajábamos lo máximo, practicábamos al límite. Incluso lo hacíamos de más. Si pudiera cambiar una cosa en mi carrera sería el exceso de trabajo y de práctica. Estaba “pasado” porque siempre estaba arriba del caballo, con miles y miles de chukkers de práctica. Esta camada de ahora, con el Roda Polo, con los taquitos y la facilidad para hacer torneos de chicos, empiezan muy de jóvenes, se desarrollan más rápido, tienen más habilidad. Son diferentes a nuestra época. Pero aun así, al polista le hace falta más práctica. No son tan dedicados ni perfeccionistas como éramos nosotros.

Ahora los polistas pasan más tiempo haciendo calistenia, calentamiento, que son cosas beneficiosas, pero nosotros pasábamos horas a la mañana arriba de los caballos que íbamos a jugar en Palermo. Los montábamos a las 6. Eso hoy no existe. Se lo sugieres a un chico y te dice “¿Qué? Estás loco? Que lo monte el piloto o el petisero”. Esas cosas cambiaron mucho, lo cual te aleja del caballo. Sabíamos perfecto cómo iba a actuar el caballo, si estaba en su punto óptimo, si te iba jugar el 60%. Eso se ha perdido en el polo moderno. Son más talentosos, más habilidosos, físicamente son mejores, pero en la parte caballos, dedicación, profesionalismo, práctica, ha cambiado mucho. Hay más torneos y no tienen tiempo para perfeccionar la técnica porque juegan todos los días del año. Menos práctica y más juego. Lo ves en los patrones. Antes se dedicaban a montar, taqueaban con los profesionales, les enseñábamos a jugar. Existía un nivel un poco más alto de los amateurs que ahora. Antes todos los jugadores tenían participación y protagonismo. Ahora el partido es dos contra dos, uno contra uno, tres contra tres, pero nunca cuatro contra cuatro.

–¿Y táctica? Vos me dirás. ¿Tiene un equipo preparadas 10 variantes de jugadas para sorprender al rival? Y si no las hay, ¿a qué obedece: confianza en sí mismo o pereza?

–Es un poco una combinación de todas esas cosas. Por el ambiente en el que se han desarrollado, piensan que ese individualismo será lo que los va a sacar de la situación. Y para todos los que hemos visto polo, eso no funciona. Es una lástima que no haya estrategia, táctica, excepto La Dolfina en Palermo. Es el único equipo que usa táctica, estrategia, técnica, planeamiento de los caballos, jugadas. Como lo hacía Coronel Suárez: terminaba el Abierto y ya estaban preparando el siguiente. Hay una debilidad en esa parte. Son jugadores que improvisan. Por ahí les sale la jugada mágica, pero en general, les falla, les falla y les falla. La frustración los lleva a hacer más de eso en vez de cambiar. Nos gustaría ver más táctica, más juego de equipo, algo más efectivo. Por eso está la frase: “Los jugadores ganan partidos, pero los equipos ganan campeonatos”. Es obvio y se aplica a todo.

–Como coach de Ellerstina estuviste cerca de la gloria un par de años, más una última experiencia en 2022, antes de que los hermanos Pieres se separaran. ¿Qué balance hacés?

–Cuando me llamaron en el 2022 para ayudarlos, me entusiasmé mucho. Fui con grandes ambiciones. Era un objetivo difícil de lograr porque Ellerstina estaba muy rota, muy gastada. Pero aun así uno sigue siendo optimista, competitivo, y con ganas de estar en el mejor polo del mundo. Con mucho trabajo mutuo, en un momento se veía una luz al final del túnel. Y nos ilusionamos mucho. Veía el equipo, hicimos cambios de posiciones. Aunque yo quería hacer más cambios, no estaban preparados. Quería a Nico Pieres adelante, de 2. Hubo un momento que se tuvo la chance de haber llegado a la final, de ganarle a La Dolfina en ese tiempo. Pero el equipo exhibió sus debilidades. Mentales, físicas y de caballada. Se desplomó todo. De los buenos augurios, todo se acabó y se separaron. Son chicos extraordinarios, pero el equipo no encajaba. Arreglabas una cosa y se descomponía otra.

–¿Y entre 2005 y 2007?

–En 2005 debieron haber ganado Palermo y la Triple Corona. Fue algo que cambió mucho a Ellerstina. Era un equipo muy nuevo, pero que funcionaba impecablemente. Llegamos a la final y recuerdo el último encuentro que tuvimos. Les dije: “Chicos, si pegan los backhanders bien, le ganan a La Dolfina. Porque Adolfo no puede estar en toda la cancha”. En ese tiempo, Cambiaso era muy personalista y tenía un equipo que funcionaba para su juego. Pero si pegábamos los backhanders y abríamos el partido, moviendo la pelota y teniendo a Adolfo lejos, les ganábamos. Si ves los videos ahora, los backhanders fueron atroces. No le podían pegar, pero eran muy jóvenes y Adolfo les ganó una final que la tuvieron a favor, hasta el rebote en la pata de la yegua y la corrida de Cambiaso. Si hubieran ganado esa Triple Corona en 2005 habrían ganado en 2006 y 2007. Tres años seguidos.

–En el 2006 no llegaron y en 2007 otra vez la final

–El 2006 fue el peor año de Ellerstina conmigo. Fue el año que jugaron Gonzalito y Facundo en Inglaterra y que pusieron a Facu detrás de Gonza. Ahí fue cuando Facundo empezó a cambiar su juego y Gonzalito a perder confianza, porque es muy delantero y la pelota no le venía… porque Facu la retenía de más. Ahí empezó el decaimiento de Ellerstina. En 2007 no pudimos agarrar ritmo de equipo porque Facundo ya venía con otra mentalidad, más personalista. Son grandes polistas. Como los Dorignac: de haber podido ganar 10 veces Palermo, ganaron solamente tres. Igual, siempre tengo un gran afecto por los Pieres, por Gonzalo y por los chicos. Siempre les deseo y les desearé lo mejor. Los cambios que hicieron son beneficiosos. Van a mejorar, les va a limpiar la cabeza y con mejores ánimos.

–Ahora se armó el nuevo Dream Team de La Natividad, con los Castagnola, Facundo y Pablo Mac Donough. Se está hablando mucho de las posiciones, de que no tiene un 2 ni un back nato. ¿Pueden encajar?

–El equipo en los papeles se ve mucho más fuerte que cualquier otro en Palermo. El único que le puede ganar a La Natividad es La Natividad. Si encajan los puestos y trabajan con tiempo puede ser un equipo que se transforme en una dinastía, por muchos años. El tiempo siempre tiene parte en esto y creo que La Dolfina alcanzó el año pasado su mejor versión como equipo y que de ahora en adelante cada año les va a costar más, a pesar de tener a un super star como Poroto Cambiaso. Y si La Natividad se organiza bien con los puestos... Yo pondría a Facundo de 1, Jeta Castagnola de 2, MacDonough de 3 y Barto Castagnola de back. Ese sería mi equipo, mi sugerencia. Ahí todo el mundo se adaptaría. Jeta como 2, a pesar de ser muy 1, tiene más flexibilidad que Facundo. Barto tiene más chances de convertirse en 4 que Facundo. Todos tenemos opiniones. Después hay que verlo en la cancha.

Se despide Memo, con una sonrisa cuando le preguntamos si ya es abuelo. “No no, todavía no, jajaja”. Michelle tiene 41 y Julio 35. Al hablar de sus hijos recuerda al instante el episodio vivido por entonces junto a su ex mujer, Mimi (de quien se divorció en 2010), en el nacimiento de Michelle. “Estábamos en la Argentina en el año 81. Era el martes 9 de diciembre. Michelle nació prematura, de 6 meses y medio. Augusto Sola, médico amigo de los Dorignac, justo estaba en el Tortugas Country Club de visita. Había llegado el domingo de Estados Unidos, donde se había especializado. Él la salvó. El miércoles 10 Michelle tenía cero chance de sobrevida. Fue un milagro. La pasamos duro”.

La vida nunca le regaló nada a Memo y le puso desafíos de toda clase. Incluido ser campeón en la tierra de los mejores del mundo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/polo/guillermo-memo-gracida-un-glosario-de-polo-su-mirada-sobre-los-cracks-la-tactica-la-clonacion-de-nid15062023/

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