FIBA 2026: cómo es Dorian, la última obra del gran creador escénico Bob Wilson que inauguró el festival
Dorian. Autor: Darryl Pinckney. Dirección: Robert Wilson. Intérpretes: Dainius Svobonas y Mantas Zemleckas. Vestuario: Jacques Reynaud. Escenografía: Robert Wilson. Iluminación: Robert Wilson. ...
Dorian. Autor: Darryl Pinckney. Dirección: Robert Wilson. Intérpretes: Dainius Svobonas y Mantas Zemleckas. Vestuario: Jacques Reynaud. Escenografía: Robert Wilson. Iluminación: Robert Wilson. Música: Christian Friedel (Woods of Birnam). Sala: Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125). Funciones: jueves, viernes y sábados, a las 20. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
4 stars
“Soy el mejor retrato de los tiempos modernos”, dice el personaje de Dorian y podría ser una síntesis del despliegue de imágenes, conceptos, sonidos envolventes y teatro inmersivo que fue el gran estreno del FIBA, el Festival Internacional de Buenos Aires que comenzó este miércoles y seguirá hasta el 20 de septiembre, con espectáculos que incluyen elencos que llegan desde Alemania, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Corea del Sur, Ecuador, España, Francia, Lituania, Suiza y Uruguay, además de una selección de 29 proyectos nacionales.
Dentro de la programación internacional, Dorian es el peso más fuerte que trae esta nueva edición del FIBA, un festival que nació en 1997. El espectáculo fue ideado y dirigido por Robert “Bob” Wilson, uno de los grandes referentes de la escena contemporánea mundial. Este director estadounidense pasó a la historia como una de esas figuras que aparecen en el debate público sobre el estatuto del arte y dicen: “Una obra también puede ser esto”. Amplían los márgenes, no conocen de categorías ni jerarquías. Tanto es así que se podría decir que en el teatro de Wilson la iluminación es más importante que la historia. Una idea que al día de hoy puede alarmar a los defensores de las tradiciones. La composición visual de sus espectáculos tiene el nivel de detalle del mejor pintor; está asociada también a sonidos envolventes y a los cuerpos de los artistas, con una intención poética.
Es probable que al público le cueste seguir la trama o el argumento de sus piezas; sin embargo, lo que sucede en escena debería ser lo suficientemente hipnótico, atravesado por un halo de misterio y miedo como para que sea imposible dejar de ver o perder la atención. Cuando esto sucede, el espectador incorpora una nueva estética y un marco de referencia diferente al canon del teatro. También es lícito sentirse afuera, aburrirse, enojarse por no entender y empezar a hacer preguntas como “¿Qué es esto?”, “¿Cuál es la historia?”. La lucha interior entre el desconcierto y lo que ofrece la escena también es una batalla poderosa de dar, si es que uno de los objetivos de la experiencia artística es abrir mundos, más que repetir siempre los mismos.
Y en este contexto aparece el gran estreno del FIBA y una apertura con una de las mejores versiones de este festival: mostrar estéticas, artistas y sistemas de producción diferentes a los que predominan en la escena porteña. Con el estreno de Dorian la tarea está más que cumplida. Un dato biográfico que no es menor: Bob Wilson murió el 31 de julio de 2025, a los 83 años. Dorian fue su espectáculo de despedida. Se siente la pincelada personal y autobiográfica en esta pieza: su historia es una relectura de Darryl Pinckney de la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. El gran director de teatro contemporáneo deja para la posteridad una obra sobre un personaje que se niega a envejecer y que está obsesionado con la belleza, la juventud, la imagen y el paso del tiempo, aspectos que fueron una constante en el teatro de Wilson.
Los que todavía puedan ir al Teatro Coliseo a ver Dorian se encontrarán en escena con dos actores de Lituania excepcionales: Dainius Svobonas y Mantas Zemleckas. Los artistas funcionan como dos lados de una misma persona y se vuelven casi indistinguibles el uno del otro. También representan dos estados de la vida: uno es más joven, seductor, narcisista, bailarín y el otro aparece endurecido, casi petrificado y tenebroso. Cuerpos delgados, rostros angulosos, maquillaje blanco, largos abrigos negros y guantes blancos son una estética compartida por los dos personajes para mostrar la versión luminosa y la oscura del narcisismo.
Además de la novela de Wilde y aspectos de la biografía del escritor, por ejemplo, el tiempo que estuvo preso por ser homosexual y que significó su caída del ambiente social, Dorian incluye una tercera historia y central, que es la obra de Francis Bacon, el pintor británico, cuyos cuadros estaban atravesados por cuerpos que deseaban y eran víctimas de la violencia y la deformación. De hecho, si es posible contar algo del argumento huidizo de este espectáculo, podría ser la de un fugitivo que entra en el estudio de un pintor y termina convertido en modelo. Esto sucedió en la vida real de Bacon, quien se volvió amante del ladrón que quiso robar en su atelier. Luego, aparece el relato de Dorian Gray, el hombre que consigue conservar eternamente su belleza mientras su retrato envejece y registra su corrupción. Nada se cuenta de manera lineal: las historias se superponen y, además, muchas veces parecen epigramas, al estilo Wilde. Por ejemplo: “Los infieles conocen las tragedias del amor mucho mejor que los fieles”.
Es difícil seguir los textos, que son muchos y extensos y, por momentos, es posible y hasta recomendable que el espectador suelte la palabra y se entregue al fluir de imágenes surrealistas, preciosistas y delirantes que propone este artista que con mucha valentía se animó a darle un volantazo al canon del arte.