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Ernestina Anchorena. “El dolor me transformó, ya no tengo miedo”, afirma la paisajista y escritora

Ernestina Anchorena parece una mujer sin edad, como si el tiempo no terminara de alcanzarla o como si hubiera aprendido a habitarlo de otro modo. En sus ojos, de un azul cielo profundo, conviven la...

Ernestina Anchorena. “El dolor me transformó, ya no tengo miedo”, afirma la paisajista y escritora

Ernestina Anchorena parece una mujer sin edad, como si el tiempo no terminara de alcanzarla o como si hubiera aprendido a habitarlo de otro modo. En sus ojos, de un azul cielo profundo, conviven la...

Ernestina Anchorena parece una mujer sin edad, como si el tiempo no terminara de alcanzarla o como si hubiera aprendido a habitarlo de otro modo. En sus ojos, de un azul cielo profundo, conviven la eternidad y una tristeza transformada: no la que paraliza, sino la que arraiga. Hay en su mirada algo que conoce la pérdida, pero también algo que confía. Como la tierra misma. Su sensibilidad –la de una artista de los grandes espacios– está íntimamente ligada a los ciclos de la naturaleza.

Viene de una familia donde el apellido nunca fue un adorno sino una responsabilidad: una historia que la antecede y que ella elige continuar desde el trabajo silencioso, la coherencia y el cuidado de lo vivo. En su modo de estar hay tradición sin rigidez, linaje con libertad. Algo de Pachamama atraviesa su presencia: piensa con la cabeza en vuelo y camina con los pies profundamente enraizados.

Madre de cuatro hijos –Justo, Cruz, Lucio e Hilario–, durante años su vida se repartió entre el campo, la ciudad y el trabajo nómade. Pero en la madrugada del 27 de junio de 2021, pocas horas después de cumplir 44 años, la muerte irrumpió de manera brutal: Justo, uno de los gemelos, murió en un accidente. Desde entonces, todo cambió. El dolor no la quebró: la transformó. Aprendió que hay experiencias que no se superan, se integran. Hoy, su mirada está profundamente conectada con Cervus, su proyecto de conservación en Uruguay, donde su presente vital y creativo encuentra sentido. Allí, la tierra deja de ser un paisaje a intervenir para volverse un organismo vivo al que cuidar, escuchar y proteger.

–Si tuvieses que contarle a alguien quién sos, ¿qué dirías?

–Que soy una apasionada de la vida misma y de la posibilidad de creación y movimiento. Cada día es único, con sus alegrías y tristezas, y tengo la posibilidad de vivirlo, de afilar las preguntas, aunque nunca encuentre respuestas. Y con esas preguntas sin respuestas voy transformándome, moldeando mi propia vasija en todo lo que hago y soy mientras este dentro del tiempo.–

–Venís de una familia donde la naturaleza fue siempre un lenguaje cotidiano. ¿Qué sentís que heredaste de tus padres?

–Una comprensión profunda de la naturaleza y de sus ciclos, donde no todo es fácil ni bello. La naturaleza también puede ser terrible. Viví sequías interminables esperando la lluvia junto a mi madre, incendios que arrasaban el monte con mi padre, inundaciones que en horas se llevaban todo. Me enseñaron a honrarla, a ser parte, a escuchar su lenguaje que es un susurro, y a buscar sentido lejos de lo superfluo.

–¿En qué gestos o decisiones diarias sentís más viva la enseñanza de tu madre?

–Mi madre me enseñó a creer en mí misma, en mi intuición, a ser libre y sobre todo a tener proyectos de vida. En la curiosidad y el asombro como forma de estar en el mundo. Me enseñó que la mirada que contempla es una forma de amor

–¿Alguna vez sentiste el peso del apellido?

–Me alegra pertenecer a una familia que sembró tanto: colegios, hospitales, iglesias. Mi padre siempre habló con respeto de sus mayores. Vengo de un linaje de mujeres fuertes que tomaron sus propias decisiones.: una antepasada exploradora que remontó el Paraná cuando las mujeres se quedaban en casa, otra que logró traer al Cristo Redentor como símbolo de paz. En algunos ámbitos, como la escritura, sentí prejuicios por mi apellido; en cambio, en la fotografía y el arte eso no existió: importaba lo que hacías, no cómo te llamabas. Hoy entiendo que pertenecer a una familia patricia, con un antepasado que firmó la Independencia, es un honor. Siempre les digo a mis hijos lo que me decía mi padre: estén en el último rancho o en el mejor castillo, sean ustedes. Y, si pueden, elijan el rancho antes que el castillo.

–¿Qué parte de tu carácter se expresa con más claridad cuando estás en contacto con la naturaleza?

–Hacer silencio. Salir a caballo o a caminar me hace entrar en contacto directo con mi mundo inconsciente. La naturaleza oficia de portal y en esos largos silencios vienen las mejores y más profundas ideas. Es como una profunda meditación, en donde el tiempo se detiene, los ruidos se aplacan y mi ser más profundo encuentra sentido. El tiempo lento para mi sucede andando a través del paisaje. Cuando paso muchos días en la ciudad mi alma necesita si o si salir a la ruta o caminar por el campo.

–Para vos, ¿qué hace que un jardín sea verdadero y no solo correcto?

–La lectura del paisaje y su vínculo con quienes lo habitan. Interpretar sin imponer. Buscar un equilibrio entre nuestras necesidades y el respeto por el entorno. Creo en una mirada holística: arquitectura, paisaje y personas. Y también en el mundo simbólico que todos compartimos: patios con sombra, una fuente, el perfume de las rosas, el recuerdo de la casa de las abuelas. Después, el paisaje puede volverse más agreste, pero las casas tienen que desarmarse de a poco hacia la naturaleza.

–La pérdida de Justo marcó un antes y un después. ¿Cómo convive ese dolor con tu vida diaria?

–Desde chica tuve una relación profunda con la muerte. A los siete años construí un jardín donde enterraba pájaros después de las tormentas. Los llevaba en una carretilla llena de flores, con los perros alrededor, cantándoles una canción inventada, en un idioma solo para los que ya no estaban. Sin saberlo, ahí empecé a entender la muerte desde el cuidado. Cuando Justo murió, supe desde el primer día que quería celebrar su vida. Aprendí que en el dolor no se huye: se permanece. Justo está conmigo en el silencio, como una presencia constante. Ese dolor me transformó. Ya no tengo miedo. Y, aunque parezca imposible, ahí también el amor es inmenso.

–¿Cómo se sigue después de algo así?

–No hay atajos. No se lo evita, se lo habita. Hay momentos para trabajar, para vincularse, y otros para llorar. Agradezco profundamente a mis otros hijos, que son mi sostén, y a Santos , que me acompaña. También a muchas madres que conocí gracias a las redes: compartir la palabra multiplica el amor que nos salva.

–¿Hoy qué proyectos te representan?

–El dolor me conectó muchísimo con mi trabajo en la naturaleza, fue mi puente con el mundo desde que Justo murió. Dé hecho me asocie con Rómulo Truco y Tomás Solari, dos de sus mejores amigos y nuestra sociedad se llama Cervus por un tatuaje que él tenía: un ciervo cuyas astas se transformaban en rama. Estamos desarrollando proyectos en Uruguay y en la Argentina, que tienen que ver con la conservación. Reservas naturales con espacios para habitarlas con respeto absoluto.

Me gustaría encontrar una vía media entre la producción agropecuaria, los desarrollos inmobiliarios y la conservación de la naturaleza, para generar comunidad y conciencia. Dentro de esa idea mi sueño más cercano es poner en valor y restaurar el matorral psamófilo en la costa uruguaya.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sabado/ernestina-anchorena-el-dolor-me-transformo-ya-no-tengo-miedo-afirma-la-paisajista-y-escritora-nid17012026/

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