Enseñar a ser gentiles: cómo el juego, la música y el yoga ayudan a los chicos a conocer sus emociones
“Nos enseña a ser gentiles”. Fue la respuesta de una nena, después de una clase de ...
“Nos enseña a ser gentiles”. Fue la respuesta de una nena, después de una clase de yoga, cuando su docente le preguntó qué sentía que le dejaba la práctica. Esa frase, dicha con la simpleza que solo tienen los chicos, resume bastante bien de qué se trata todo esto: un conjunto de espacios pensados para que las infancias aprendan, además de contenidos, a reconocer lo que sienten.
Crecer hoy implica convivir con la sobreestimulación, las pantallas, las exigencias y un ritmo cotidiano que deja poco margen para la pausa. La escuela ofrece herramientas fundamentales para el desarrollo intelectual, pero muchas veces queda poco lugar para enseñar a gestionar la frustración, fortalecer la autoestima o resolver conflictos de manera saludable. Tampoco alcanza, necesariamente, con las actividades extraescolares tradicionales: un deporte o un idioma entrenan otras habilidades, pero no siempre ofrecen un espacio para procesar lo que se siente.
Ansiedad, desconexión, intolerancia a la frustración y sobredosis de pantallas: son los desafíos con los que hoy llegan muchos chicos a los espacios de bienestar.
Aprender jugando lo que no se aprende explicando“El juego y el role-playing son herramientas muy potentes porque permiten aprender haciendo”, explican Josefina Zucchini y Sofía Giorello, quienes coordinan un programa de la Fundación Columbia cuyo objetivo es dar respuesta a eso, a través de cuatro propuestas que integran juego, movimiento, música, arte y atención plena: educación emocional y habilidades sociales, yoga para las infancias, yoga de la música y mindfulness. En el corazón del programa está la educación emocional y habilidades sociales, coordinada por las psicólogas infantiles. Ellas hablan de un “laboratorio vivencial”, diferente de un espacio terapéutico tradicional: no parte de una problemática individual que haya que resolver, sino de la exploración y el juego.
A través de una escena o un personaje, un chico puede representar una situación que le cuesta expresar directamente, y esa distancia habilita algo simple y a la vez enorme: reconocer “esto también me pasa a mí”, explican. Recién ahí se vuelve más fácil ponerle nombre a una emoción.
Zucchini y Giorello reconocen en el consultorio el mismo patrón que ven en los talleres: chicos con dificultad para tolerar la frustración y la espera, con necesidad constante de estímulo y expuestos cada vez más a las pantallas. Por eso, dicen, estos espacios buscan ofrecer justamente lo que falta: tiempo para detenerse, registrar lo que se siente, encontrarse con otros.
Una de las herramientas que más rápido incorporan los chicos para resolver un conflicto entre pares es simple: “Paro, respiro, identifico qué me pasó y escucho qué le pasó al otro”. Ante una pelea por un juguete, en lugar de quedarse en el “él me hizo” o “ella empezó”, se los ayuda a pensar qué sintieron, qué necesitaban y qué pueden hacer ahora. “No buscamos que los chicos nunca tengan conflictos —eso sería imposible—, sino que puedan atravesarlos con más recursos y menos impulsividad, en un mundo que te impulsa a lo contrario”, resumen.
En yoga para las infancias, el trabajo con posturas y respiración ofrece otro camino de regulación, especialmente para chicos hiperestimulados. Mariela Frenkel, docente del área, cuenta que después de una relajación suele preguntarles a los chicos qué sienten que les deja la práctica. La respuesta que más le quedó grabada fue la de esa nena: “Nos enseña a ser gentiles”. Para Frenkel, la compasión y la amabilidad son valores que se enseñan y se recuerdan desde pequeños, del mismo modo que la empatía: una habilidad emocional que se practica y se entrena. “Cuando los niños y niñas aprenden qué es ser empáticos, se vuelven más comprensivos y respetuosos con quienes los rodean, y también más conscientes de sus propias emociones”, explica.
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La música como lenguaje de lo que no tiene palabrasYoga de la música integra iniciación musical, voz, respiración, movimiento y juego, con el piano como instrumento principal. Cantar, jugar con distintos sonidos e intensidades, o simplemente hacer silencio, permite que aparezcan emociones que muchas veces todavía no encuentran palabras. “La música ofrece un lenguaje más amplio que la palabra: un sonido puede ser fuerte o suave, largo o corto, puede aparecer y desaparecer”, plantea Florencia Haladjian, facilitadora de esta disciplina. En ese recorrido, dicen, los chicos también descubren su propia voz: la exploran, la conocen y empiezan a reconocer todo lo que pueden expresar a través de ella.
La escucha, además, es uno de los pilares de esta propuesta. Cuando la música se aborda desde el juego y no desde la exigencia de hacerlo “bien”, la escucha se vuelve más disponible y atenta: los chicos empiezan a percibir matices, a esperar, a repetir, a escuchar lo que producen ellos mismos y lo que sucede a su alrededor. No se trata solo de aprender música, sino de iniciarse en ella desde la experiencia.
Completa el recorrido mindfulness para niños, inspirado en los aportes de la especialista Eline Snel, que acompaña a los chicos en el desarrollo de la atención plena: prestar atención de manera consciente a lo que ocurre aquí y ahora, con amabilidad y sin juicio, para aprender a responder en lugar de reaccionar. En síntesis, se trata de acompañar el desarrollo de personas más conscientes, seguras, empáticas y conectadas con ellas mismas, con los demás y con la vida. Porque crecer, después de todo, no es solo aprender contenidos. Es también aprender a habitar el mundo.