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Enrique “Mono” Villegas: mitos y verdades sobre el gran pianista argentino, a cuarenta años de su muerte

Enrique “Mono” Villegas –que falleció el 11 de julio de 1986- siempre tuvo una buena ocurrencia para cada pregunta que le hacían. Si le preguntaban por qué le decían “Mono”, él respo...

Enrique “Mono” Villegas: mitos y verdades sobre el gran pianista argentino, a cuarenta años de su muerte

Enrique “Mono” Villegas –que falleció el 11 de julio de 1986- siempre tuvo una buena ocurrencia para cada pregunta que le hacían. Si le preguntaban por qué le decían “Mono”, él respo...

Enrique “Mono” Villegas –que falleció el 11 de julio de 1986- siempre tuvo una buena ocurrencia para cada pregunta que le hacían. Si le preguntaban por qué le decían “Mono”, él respondía que era quién mejor comprendía a los seres humanos. Tal vez por eso, ha sido un personaje tan singular, que excedió el universo jazzístico argentino para convertirse en un personaje sin pares, sembrando leyendas e irreverencias a su alrededor. Y algo más. Fue un gran pianista. Sí, de los mejores.

Un día dijo que su biografía había terminado a los siete años cuando comenzó a tocar el piano, de ese modo se puede explicar que uno de sus gestos característicos (ese que se ve en fotografías) ya de hombre maduro, sea levemente encorvado, con las manos cruzadas por detrás de su espalda. Todo lo que hizo cuando llevó sus brazos hacia adelante fue tocar el piano. Por eso, decía que su biografía había terminado a los siete; desde ese momento, todo giró en torno a las 88 notas de un teclado. Nada más que eso.

Por supuesto que hay datos de esa no-biografía que tienen la suficiente relevancia para ser mencionados. Cuando le pidieron un resumen de su trayectoria, Villegas tuvo que apelar solo a su memoria, para poder armar aquel itinerario: “Me han pedido mi biografía, fotos y programas para un concierto, creyendo que yo tengo en mi poder lo que por lo general tiene todo artista que se precie de tal. Vale decir, una cantidad de papeles en los que se dicen, casi siempre, elogios desmedidos y todo lo bueno que se ha escrito sobre el mismo, en diferentes revistas y periódicos, amén de críticas buenas (las malas se rompen cuidadosamente). Al decir que no tengo nada de eso porque nunca he tenido un agente publicitario, ni nada por el estilo, que es lo que se usa para promocionar a un candidato al suceso (cosa que siempre me tenido sin cuidado) me contestaron sonrientes. ‘Pero Enrique, no podemos inventar sus andanzas en busca de la verdad’, lo que me ha llevado a los sitios que me interesaban: Toda mi familia es sanjuanina. Pero yo nací en Charcas y Agüero. Mi padre era dentista, después se dedicó a las riñas de gallos. Mi madre murió cuando yo tenía 6 meses. Papá me dejo con unas tías que me mimaban nada. Vi la luz el 3 de agosto de 1913 y a los siete años agarre el piano y no lo largue. Será el destino de uno”.

En un radio bastante limitado, encontró sus primeras galaxias. El Conservatorio Williams de la calle Suipacha. La casa de música Gurina, fundada por Williams para la edición de partituras, esas que Enrique solía devorar por su facilidad para tocar “a primera vista”. Y aquí comienzan los primeros hitos. Con 19 años estrenó en la Argentina el Concierto para piano y orquesta, de Ravel, en el teatro Odeón. Un par de años después, interpretó la versión original de Rhapsody in Blue de George Gershwin, en el consejo nacional de mujeres. En 1941 estrenó su obra Jazzeta. Además, durante esa década formó agrupaciones como Santa Anita Sextet. Para comienzos de la década del cincuenta podía dar conciertos en tres bloques: folclore en la primera parte; Brahms, Schumann, Ravel y Bartók en la segunda, y temas de jazz en la tercera. Por esos años escribió la música de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, para la versión que se estrenó en el Teatro Casino.

A mediados de la década del cincuenta viajó por primera vez a los Estados Unidos, donde grabó dos discos, junto al contrabajista Milt Milton y el baterista Cozy Cole. En 1971 volvió a interpretar la Rhapsody in Blue, en el Teatro Colón (esa segunda vez con instrumentación de Ferde Grofe), junto con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, con dirección de Pedro Ignacio Calderón.

Como curiosidades, tocó en la cancha de Vélez e hizo un muy original espectáculo llamado El piano en tres dimensiones, junto a Horacio Salgán y Adolfo Ábalos.

“Enrique fue realmente una persona muy importante para la música, fundamentalmente para el jazz, pero diría para la música en general, sabiendo que tuvo una formación clásica, académica”, dice Carlos Inzillo, uno de los mayores difusores del jazz en la Argentina. “Creó un estilo personal, tuvo muchos logros y una recepción bastante importante, considerando que el jazz no tiene una escucha mayoritaria. Al mismo tiempo, dejó hitos en la música clásica europea, dejó su huella en el folclore y también tuvo alguna que otra incursión tanguera. Fue el primer músico argentino contratado por la Columbia Records, para grabar en Nueva York. Y en aquella experiencia neoyorquina, mientras la orquesta de Ellington tocaba en un local, en un pequeño entreacto pudo ‘hacer un piano a cuatro manos’ con su admirado Duke. Aquí, en la Argentina, hizo un poco el sueño ‘del tablón al Colón’. Es decir: pudo meter unas 20.000 personas en el estadio de Vélez Sarsfield, tocando música de Gershwin y también tocó en nuestro primer coliseo”.

Selma Henry, su pareja, contó para un documental realizado por la UBA que cuando en Estados Unidos escucharon grabaciones de Villegas de principios de la década del cincuenta, preguntaron si habían sido hechas en una cocina, por los ruidos que se escuchaban. “Fue por eso que lo invitaron a grabar. Allá grabó dos discos, Introducing Villegas, y Very, Very Villegas. Curiosamente –recordó Selma-, no mandaron esas grabaciones a la Argentina porque decían que ahí los argentinos no compraban discos de argentinos". El tiempo fue justo con su obra porque finalmente se editó y reeditó la mayor parte de su catálogo.

Incluso, para conocerlo mejor se puede recurrir a los libros (hay que recomendar Mono: buscando a Enrique Villegas, de Claudio Parisi) o al documental del Canal de Youtube de Armusa.

De los músicos argentinos que tocaron con él, una de las más bellas definiciones las ha dado el contrabajista Jorge López Ruiz, tras una década y media de acompañarlo y de vivir el vértigo de no saber, hasta que comenzaba a sonar el piano, cuál sería el repertorio y en qué tonalidad. “Tocar con él era muy lindo y muy riesgoso, sobre todo para aquella época. No había que tocar ‘a primera vista’ sino a ‘primer oído’”, contó para aquel documental, realizado a propósito de la edición de un disco con un registraron en vivo, de 1964.

“Fue un tipo estudioso y de una fuerte personalidad -retrata Inzillo-. Cuando vivía en los Estados Unidos, para conseguirle trabajo, la compañía discográfica le propuso un show con música de Ernesto Lecuona, un compositor importante. Pero Enrique la rechazó. No porque no le gustara, sino porque lo querían obligar a usar esas camisas tropicales, con pliegues. Se negó rotundamente. Eso era apenas una muestra de su personalidad. Además, fue un personaje de Buenos Aires, te lo podías encontrar en la calle, caminando, con las manos cruzadas por la espalda”.

Los hitos de su carrera ya están mencionados. Tocar jazz en el Colón o poner un piano en una cancha de fútbol, hace medio siglo. Pero el valor que el propio Villegas le daba a lo que hacía no necesariamente estaba puesto en ese orden. “Es difícil negarle méritos a estos acontecimientos, como haber introducido la música de Ravel o Gershwin. Pero creo, por comentarios del mismo Enrique, que él valoraba muchísimo su participación en el festival Casals que desde 1957 se celebra en la Isla de Puerto Rico, donde estaba radicado el violonchelista Pablo Casals. Se convocaba a figuras de primer orden de la música clásica y a Enrique lo invitó Casals para ser el primero en tocar jazz, en 1958. Eso a Enrique lo enorgullecía”.

Sus respuestas son tan recordadas como su obsesión por los pianos. Sobre todo, cuando regreso de una gira por Europa, en la década del setenta. De aquel tiempo es su frase más célebre: “Al gran pueblo argentino, pianos”. Pero no hay que buscarle un doble sentido porque la intención de Villegas fue absolutamente literal: “Muchas veces se llevaba grandes decepciones con los pianos de los lugares adonde iba a tocar -recuerda Inzillo-. Se sabe que pudo haber sido un gran monologuista, era la época de los cafés concert. Incluso, he presenciado alguna vez una actuación donde habló más de lo que tocó. Era, justamente, porque el piano no le respondía. Cuando pasaba esto con los pianos, apelaba al monólogo. Y como era muy risueño, la gente se iba contenta. Así se escribió esta historia. Puede ser que algo de importancia se le haya dado, aunque todavía sigue habiendo lugares donde los pianos dejan bastante que desear”.

Otra de sus frases, hoy podría generar polémica porque aseguraba que no había un jazz argentino, sino músicos argentinos que tocaban jazz. ¿Verdadero o falso? Sí es cierto. Es una frase de Enrique. Aunque hay que tener en cuenta que Villegas murió en 1986 y desde entonces surgieron varias camadas de músicos que buscaron darle al jazz una impronta que tuviera que ver con elementos locales.

Pero esto excede al tiempo de Villegas. “Enrique fue una leyenda, pero plantado en la realidad. Es cierto que en su departamento había dos pianos y poca ropa, porque lo esencial para él era la música. El anecdotario de Enrique es casi interminable y bastante difundido. Lo que vale hoy es el recuerdo y el hecho de que, por suerte, se han reeditado sus discos”.

Y más allá de las certezas -una de ellas es que el apodo “Mono” era casi parte de su nombre artístico, porque su círculo cercano y sus colegas siempre lo llamaron Enrique- lo más atractivo de su historia seguirá estando en el misterio; en aquello que hoy ya no tiene testigos para confirmarlo pero, tranquilamente, podría ser respuesta unívoca de su personalidad. Cuenta la leyenda que un día le pidieron que eligiera un piano para grabar. Fue a la casa de instrumentos y una vez que tuvo el que quería, sacó una moneda del bolsillo y le rayó una cruz sobre la tapa, para que nadie se confundiera cuál tenían que llevar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/enrique-mono-villegas-mitos-y-verdades-sobre-el-gran-pianista-argentino-a-cuarenta-anos-de-su-muerte-nid11072026/

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