En el Río Open, una forma de mitigar el dolor para los padres de una víctima del vuelo de Chapecoense
RÍO DE JANEIRO.- Victorino Coutinho Chermont de Miranda tiene 82 años. Es un reconocido abogado, investigador y genealogista. Su esposa es Nely de Albuquerque. Ambos tienen un compromiso casi rel...
RÍO DE JANEIRO.- Victorino Coutinho Chermont de Miranda tiene 82 años. Es un reconocido abogado, investigador y genealogista. Su esposa es Nely de Albuquerque. Ambos tienen un compromiso casi religioso desde 2017: cada jueves del ATP carioca, cuando el torneo agasaja a los periodistas con un simpático certamen de tenis en los mismos courts donde actúan los profesionales, ellos están allí. No fallan. No les importan los más de 30 grados ni la sofocante humedad. Lo asumen como un momento íntimo, que les permite conectar con su hijo, el periodista Victorino Chermont, uno de los 71 fallecidos en noviembre de 2016, en la tragedia aérea del club Chapecoense.
Victorino (h.) trabajó en distintos medios como Rede Bandeirantes, Radio Globo y SporTV. Era respetado y querido por sus colegas. En febrero de 2016, como periodista de Fox Sports Brasil y cubriendo el Río Open, fue campeón del torneo de prensa. Pero nueve meses más tarde fue parte del vuelo trágico que trasladaba al equipo de fútbol desde Santa Cruz de la Sierra hacia Medellín para jugar la final de la Copa Sudamericana ante Atlético Nacional y, por falta de combustible, cayó en el Cerro Gordo, en Antioquia, 30 kilómetros antes del destino. Victorino (h.) tenía 43 años, estaba casado con Lucía y tenía un hijo.
Socio del Jockey Club Brasileiro, donde se realiza el Río Open, era un entusiasta del surf y del tenis, además de hinchar por Flamengo. De hecho, el populoso club rojo y negro abrió una de sus salas principales para velar los restos de Chermont. Su muerte fue un sacudón en el mundo del periodismo deportivo de Brasil (también hubo otros periodistas fallecidos en el vuelo). En 2017, como homenaje, el ATP de Río decidió bautizar el torneo con su nombre: desde entonces es el “Torneio Imprensa Victorino Chermont”, un momento en el que los colegas que conocieron a Victorino (y los que no) se divierten cuando las canchas todavía no son pobladas por los tenistas que jugarán un rato después.
Este jueves, el dolor se percibía detrás de los anteojos ahumados de Victorino (p.) y Nely. Aguardaron sentados a un costado, respetuosos, esperando que los partidos de los excolegas de su hijo terminaran para acercarse y entregar los trofeos. Por momentos, charlando animados con Diana Gabanyi, la jefa de prensa del Río Open, y con el resto de los organizadores del evento. En otros momentos, mirando sin mirar, nostálgicos, seguramente reviviendo diapositivas de Victorino (h.), que hace una década caminaba por esos mismos rincones.
“Es muy gratificante venir. Estamos aquí, siempre, desde la primera edición. Es una forma de revivir los recuerdos”, dice Victorino (p.), con amabilidad y melancolía, ante LA NACION. Nely, haciendo fuerza para no perder la sonrisa, desliza, con amor y los ojos humedecidos: “Este homenaje lo apreciamos mucho. Realmente nos achica la distancia con él. Le gustaba el tenis y le hubiera encantado Fonseca, hubiera sido muy fan de João, eso seguro”.
En una de las canchas del Jockey Club se define la última de las tres finales, la del nivel intermedio. Brotan los aplausos y los cánticos alegres, como si fuera la cancha del Mengão, Fluminense o Botafogo. A Nely y a Victorino (p.) se les dibuja una sonrisa. Es como si su hijo hubiera estado empuñando la raqueta en ese mismo polvo de ladrillo. Llega el momento de la premiación y se encargan de entregar las plaquetas para los ganadores. Ricardo Acioly, extenista brasileño, director de Relaciones del Río Open y locutor en la ceremonia, le pasa el micrófono a Victorino (p.), que dice unas palabras muy emotivas; a su lado, Nely lo escucha emocionada, apretando sus manos. Hay fotos, hay abrazos, hay anécdotas de estudios de TV y redacciones, hay promesas para dentro de un año.
Para Nely y Victorino (p.) no fue un día más: su presencia allí les permitió detener el tiempo y, al menos por un rato, mitigar el dolor. No hay nada peor que perder un hijo. No hay dudas: si la salud los sigue acompañando, en febrero de 2027 volverán a estar en ese mismo lugar para abrazarse con los que fueron los compañeros de profesión de su hijo y mantener vigente su memoria.