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En Argentina se reinventó, vivió el ascenso de Israel y hoy brilla con lo roto: “De los países más avanzados del primer mundo”

Era domingo y todo se sentía extraño. Fanny miró a su alrededor, y entre las emociones provocadas por su propia realidad y la atmósfera peculiar reinante, el desconcierto se apoderó de ella. ...

En Argentina se reinventó, vivió el ascenso de Israel y hoy brilla con lo roto: “De los países más avanzados del primer mundo”

Era domingo y todo se sentía extraño. Fanny miró a su alrededor, y entre las emociones provocadas por su propia realidad y la atmósfera peculiar reinante, el desconcierto se apoderó de ella. ...

Era domingo y todo se sentía extraño. Fanny miró a su alrededor, y entre las emociones provocadas por su propia realidad y la atmósfera peculiar reinante, el desconcierto se apoderó de ella. ¿Por qué tanto movimiento un domingo? Entonces cayó en la cuenta de que allí, en Israel, era un día hábil.

Sus tíos, tan queridos, la pasaron a buscar y la llevaron a su casa, donde se quedó los primeros días, atravesada por el impacto de una cultura tan diferente a las costumbres argentinas que había dejado atrás. Allí, todo era en extremo oriental, mucho más de lo imaginado, al igual que en Haifa, la ciudad a la que se trasladó algunas semanas más tarde para instalarse en la universidad, donde funcionaba el Technion, lugar que se transformó en su hogar durante los siguientes años hasta terminar su maestría.

“Era la primera vez que salía sola de Argentina, y todo, ¡todo! me llamó la atención: desde la tremenda variedad de razas, procedencia e idiomas de la población, pasando por la pobre vegetación, hasta la mucha seguridad general en las calles, y la amistad y el apoyo que había entre los vecinos. Pero en especial, lo que más me impactó fue la falta de todo lo que para mí había sido obvio en Argentina: transporte público, agua a borbotones, televisión, variedad de productos en los almacenes. Ahora lo que sobresalía era la sequía, ¡sequía, sequía!”, cuenta Fanny al rememorar aquel volver a empezar, que inició un domingo de 1978 cuando se despidió de una Argentina muy diferente a la actual para llegar a Israel, una porción de tierra que con los años también vería mutar a un ritmo frenético.

Un alma inquieta y otros impactos en medio de la orientalidad: “No fue fácil acostumbrarme”

A los padres de Fanny Finchelman no les gustó mucho la idea de que se fuera a vivir tan lejos de Argentina y sus seres queridos. Ella acababa de graduarse como arquitecta en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de Córdoba y estaba trabajando en un estudio, todo parecía fluir muy bien, pero algo dentro de la joven se sentía incompleto. Ella, amante del cambio, el saber y el movimiento, quería seguir estudiando y, por aquel entonces, ninguna universidad argentina ofrecía continuar con una maestría en Arquitectura.

Fanny evaluó las opciones en Estados Unidos, pero lo que Technion, en Israel, ofrecía era mucho más conveniente. Sus padres, finalmente, aceptaron su decisión, en definitiva, ¿qué significaban dos o tres años lejos en el marco de una vida entera?

“Mi emigración nunca fue con intenciones definitivas, y de hecho, fui y volví entre Israel y Argentina varias veces. Pero una vez que una hace relocación -y tal como dice la canción- ya no sos de aquí ni sos de allá”, reflexiona Fanny, quien luego de culminar su maestría en Haifa, inició un doctorado que quedó inconcluso y comenzó a trabajar en un estudio de arquitectura, hasta que ganó un concurso para ser la vicedirectora de una importante división de planificación urbana del gobierno que funcionaba en Jerusalén.

“No fue fácil acostumbrarme a todos los impactos”, continúa Fanny. “Tanto a lo bueno como a lo malo. Por ejemplo, las casas no se cerraban con llave, ni los autos. ¿Para qué? Nadie robaba. Los niños pequeñitos volvían solos de la escuela con la llave de sus casas colgando del cuello, porque sus padres trabajaban y no había nadie para recibirlos. Pero lo que más me asombró fue la orientalidad de la sociedad y las costumbres. ¡Me maravillaba estar viviendo como dentro de un libro de historia de los que había estudiado en el secundario, y que me habían parecido tan lejanos en el tiempo y el espacio!”

De tercer a primer mundo y los cambios asociados: “Se trabaja mucho y la gente está muy ocupada”

Lo que para Fanny empezó como un proyecto breve, terminó por convertirse en su nuevo hogar, un rincón del mundo que ella asegura que cambió vertiginosamente, “pasó de ser un tercer mundo oriental, a uno de los países más avanzados del primer mundo occidental”. Las oportunidades laborales, por otro lado, florecieron y alentaron su decisión de quedarse en Israel.

Sin embargo, no solo ella y sus planes habían cambiado. En el lapso de un puñado de años, Fanny observó cambios notorios en la sociedad israelí, una comunidad que con su desarrollo económico comenzó a dedicar mayor tiempo al trabajo, modificando así su manera de vincularse.

“Uno de los cambios más notorios fue en las relaciones interpersonales, ya que las amistades duran- excepto excepciones- lo que dura el trabajo, o la práctica en el gym, o hasta que te mudás de vecindario. Esta es una sociedad que gira alrededor de la familia, la vida es dura aquí, se trabaja mucho y la gente está muy ocupada en su trabajo y en su familia, y queda poco tiempo para otras actividades sociales”.

“Israel tiene esa particularidad de que si no vienes en dos o tres años, al volver lo encuentras todo cambiado. No sólo físicamente, sino también la idiosincrasia de la gente y la cultura”.

El limbo y un camino de reinvención profundo: “Las formas y colores deseados”

Fanny se resistía a considerar a Israel como un lugar permanente. Fue así que, aparte de las visitas pasajeras, regresó a la Argentina a vivir cuatro veces, en estadías más o menos largas. Esta dinámica le permitió observar las mutaciones de ambos países con asombro, algo que con el tiempo aprendió a capitalizar en relación a su carrera laboral y su decisiones de vida.

En uno de los regresos a su tierra de origen, en el 2000 y junto a su entonces marido, tuvo la intención de quedarse. De hecho, permaneció en Buenos Aires por diez años. Como amante del tiempo presente y los cambios, en apariencia, no le costó adaptarse, pero en el fondo, no se había readaptado ni a ese ni a ningún otro lado. Pero aun a pesar de su sensación de `limbo´, aquella larga estadía en Argentina significó un encuentro con su esencia, donde inició un camino de reinvención profundo.

Había regresado por el trabajo de su marido, y alejada de su realidad laboral, empezó a ir al taller de vitrofusión de Miguel Diez, y allí, inesperadamente, se enamoró del vidrio: “Descubrí lo hermoso que es trabajar y crear con ese material, las miles de posibilidades que ofrece, y lo disfruté a cada minuto. La vitrofusión es una de las técnicas artísticas para trabajar el vidrio, que consiste en fundir piezas de vidrio en un horno especial de alta temperatura, para que se unan entre sí y adquieran las formas y colores deseados”, continúa Fanny, que agradece a su país de origen por abrirle la puerta a su transformación.

“Por otro lado, la Argentina siempre va a ser el lugar en el que está mi corazón”, agrega. “Mi personalidad, mi idiosincrasia, mi cultura son argentinas, y me sentí siempre muy a gusto allí, como `una más, integrada. Pero como ya dije, cuando te vas de un lugar por largo tiempo, ya no pertenecés a ninguno, y a pesar de eso y de que me hice de nuevos amigos y sigo teniendo familia en Buenos Aires y en Córdoba, ya no pertenezco. Tampoco pertenezco en Israel, ni - probablemente- en ningún lado. Y por eso, a veces por razones laborales y a veces por razones familiares, en definitiva siempre terminé volviendo a Israel”.

Otro volver a empezar en Israel y un ascenso meteórico: “Me encontré con propuestas de todas partes del mundo”

Cuando regresó a Israel, Fanny decidió que no volvería a trabajar como urbanista: había perdido sus contactos y estaba desactualizada. Con su nueva pasión encendida, descubrió que la vitrofusión era un arte muy poco desarrollado en Israel, y decidió dedicarse a enseñar y a crear con esta técnica. Llegó con muchos proyectos e ímpetu, alquiló un estudio, lo equipó completamente, y empezó a hacer correr la voz.

Pero no fue fácil. En Israel, a los jóvenes ya no les quedaba mucho tiempo después del trabajo para hacer talleres de arte, así que debió adaptarse a otra realidad a la imaginada: su público serían los mayores y los jubilados; debía considerar asimismo que el vidrio era un hobby caro, no accesible para todo presupuesto.

Su don nato para la enseñanza rindió sus frutos. Año tras año, comenzaron a llegar alumnos encantados con la propuesta, y Fanny, a su vez, intentaba mostrar su arte en exposiciones: “No me fue tan bien exponiendo y vendiendo mis trabajos. En Israel el público que invierte en arte es muy reducido, por lo tanto tampoco se justificaba exponer demasiado a menudo. Lo hice durante varios años, hasta que me convencí de que tenía que buscar otros escenarios para mi arte, y así fue que a fines del 2023 empecé a buscar cómo relacionarme con galerías y curadores norteamericanos, argentinos y europeos”, revela Fanny, quien para su sorpresa fue recibida con los brazos abiertos, y experimentó un ascenso meteórico en su carrera artística.

“De pronto me encontré con propuestas de todas partes del mundo, y así es como el año pasado expuse -además de Tel Aviv- en Viena, Múnich, en la Biennale de Art Basel, en Mónaco, en New York en varias galerías y expos, y en la internacional Art Miami, ya por segundo año consecutivo. También me contacté con galerías argentinas y fui muy bien recibida”.

De vida y arte: “Cuando algo se rompe, los fragmentos pueden recomponerse en algo nuevo, a menudo más bello y significativo que antes”

En aquel domingo de 1978, Fanny jamás imaginó que su decisión de ir a estudiar a Israel implicaría el comienzo de una vida en la que nunca más volvería a ser de aquí o de allá.

Casi cinco décadas pasaron desde que dejó la Argentina con la intención de quedarse unos pocos años. Desde entonces, su país de origen la vio volver en múltiples oportunidades en las que tuvo que aprender a integrar sus dos mundos, con sus cambios, sus pérdidas y sus reinvenciones. Metamorfosis ajenas y propias.

Tal vez por ello, el arte del vidrio se transformó en su pasión, una habilidad donde se transforma lo que parece roto: “Dedicarme al arte en pleno, y especialmente a un material como el vidrio, tan frágil y a la vez tan resistente, me enseñó que, como en la vida, incluso cuando algo se rompe, los fragmentos pueden recomponerse en algo nuevo, a menudo más bello y significativo que antes. Por eso, aprendí a no lamentarme cuando una hermosa obra se rompe, e incluso no dudo en reciclar piezas que no cumplen totalmente mis expectativas, combinándolas de maneras diferentes hasta que resulten en obras que expresen plenamente mi visión e intención”, reflexiona Fanny.

“Así, mi experiencia de vida -al igual que el vidrio- me enseñó a `soltar´, a entender que todo es efímero y que lo que vale en la vida son los afectos y no los objetos, porque estos últimos son reemplazables, y por lo general cuando se van, dejan lugar para mejores”, concluye.

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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/en-argentina-se-reinvento-vivio-el-ascenso-de-israel-y-hoy-brilla-con-lo-roto-de-los-paises-mas-nid07012026/

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