Durante décadas, el lujo estuvo asociado a la acumulación. Más metros cuadrados, más materiales, más objetos. En el Real Estate urbano, eso se tradujo en edificios pensados para impresionar puertas adentro, muchas veces desconectados de la ciudad que los rodeaba. Hoy ese paradigma está cambiando de manera profunda. No porque haya desaparecido la búsqueda de calidad, sino porque cambió el significado mismo de vivir bien.
Una nota reciente publicada en el diario LA NACION lo sintetizaba con claridad: Incluso entre los sectores de mayor poder adquisitivo, “el lujo dejó de medirse en casas, relojes o autos, y pasó a expresarse en experiencias. Viajar mejor, vivir mejor, elegir cómo y con quién pasar el tiempo”. En definitiva, recuperar el control del tiempo propio.
Desde mi lugar como desarrollador urbano, estoy convencido de que este cambio interpela de lleno a nuestra actividad. Porque si el lujo contemporáneo es el tiempo, el bienestar y la experiencia, entonces el Real Estate deja de ser solo una industria de metros cuadrados y pasa a ser una disciplina que organiza —o desorganiza— la vida cotidiana. Durante años diseñamos edificios para ser admirados; hoy debemos diseñarlos para ser habitados.
Cada decisión urbana —dónde se emplaza un desarrollo, qué usos integra, qué servicios ofrece, cómo se vincula con su entorno— puede quitar o devolver tiempo. En este sentido, diseñar edificios que devuelvan tiempo no es un concepto abstracto: es pensar proyectos que reduzcan desplazamientos, simplifiquen la vida diaria y transformen tareas rutinarias en tiempo de calidad. Servicios de limpieza, propuestas gastronómicas cercanas, atención permanente, soluciones de movilidad, espacios comunes activos y bien gestionados no son “extras”, son infraestructura de tiempo.
Bienestar, verde y ecosistemaEl otro gran eje del nuevo lujo silencioso es el bienestar. Y en las ciudades, el bienestar está profundamente ligado a la proximidad al verde, al movimiento y a la posibilidad de encontrar pausas reales dentro de la vida urbana. En este punto, Buenos Aires tiene un activo extraordinario y muchas veces subestimado.
El Parque Tres de Febrero o, como lo conocemos comúnmente, los “Bosques de Palermo”, en su conjunto, tienen una superficie superior a la del Central Park en Nueva York, casi 400 hectáreas frente a 341 hectáreas del “pulmón de Manhattan”, lo que se traduce en que es uno de los parques urbanos más grandes del mundo, inserto en una ciudad densa, caminable y desbordante en cultura. Este dato no es sólo motivo de orgullo sino que es una ventaja competitiva urbana de escala global. Pero el verde, por sí solo, no alcanza. Su valor se activa cuando el desarrollo urbano sabe integrarse a ese entorno y potenciarlo.
La clave está concebir un edificio como una plataforma conectada a su ecosistema. Por eso incorporamos hospitalidad al mix urbano, no como un gesto aspiracional, sino como una capa estructural de servicio. Integrar un hotel a un proyecto residencial no es solo sumar un uso: es permitir que la lógica de la hospitalidad —la atención, el cuidado, la experiencia— derrame sobre quienes viven allí, elevando la calidad de lo cotidiano.
Cuánto cuesta una casa contenedor en febrero 2026
También entendemos que el bienestar no se diseña solo con espacio, sino con uso y gestión. Un gimnasio vacío o un espacio común no mejoran la calidad de vida, aunque figuren en la propuesta. En este sentido, diseñamos un programa que promueve el bienestar y la vida social de quienes viven en el edificio y funciona como un caso testigo: una comunidad que no se limita a compartir un edificio, sino que propone encuentros, actividades y vínculos reales, dentro y fuera del mismo. El bienestar no se genera solo con metros cuadrados, se construye con pertenencia.
El Real Estate urbano enfrenta hoy una oportunidad —y una responsabilidad— enorme. La de dejar de construir objetos aislados y empezar a construir ecosistemas de vida. La de entender que el lujo contemporáneo no es la ostentación, sino el tiempo recuperado; no es el encierro, sino la conexión; no es el exceso, sino el equilibrio.
Buenos Aires es un lienzo excepcional para ese desafío. Verde, diversa, intensa, caminable y multicultural. Pero ese potencial no se activa solo. Requiere desarrolladores que estemos dispuestos a dejar de pensar en edificios como productos y empezar a pensarlos como infraestructura de bienestar urbano.
El autor es cofundador y director comercial de Grupo NÓMADA*