El susurro: vampiros nacionales en una historia que construye el terror desde el espacio
El susurro (Argentina, Uruguay/2025). Dirección: Gustavo Hernández. Guion: Juma Fodde. Fotografía: Santiago Guzmán. Música: Hernán González Villamil. Edición: Gustavo Hernández, Santiago P...
El susurro (Argentina, Uruguay/2025). Dirección: Gustavo Hernández. Guion: Juma Fodde. Fotografía: Santiago Guzmán. Música: Hernán González Villamil. Edición: Gustavo Hernández, Santiago Paiz. Elenco: Ana Clara Guanco, Luciano Cáceres, Marcelo Michinaux, Darío Lima, Horacio Camandulle, Rasjid César, Joro Gorfain, Machu Gutiérrez. Duración: 100 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 16 años. Distribuidora: Moving Pics. Nuestra opinión: buena.
El que mucho abarca, poco aprieta, suele decirse. Y un thriller criminal, un drama familiar y un relato de vampiros conviviendo en una misma estructura narrativa tiene todos los números para quedar “en falsa escuadra” y darse de bruces contra la pared que divide el buen cine del otro. Sin embargo, la ambiciosa propuesta detrás de El susurro se revela como una obra de atmósfera sólida, de atractiva construcción del suspenso y disfrutable resultado. ¿Quién lo hubiera dicho?
Cierto es que detrás de su realización se encuentra Gustavo Hernández, que ya había mostrado pericia narrativa en producciones anteriores como No dormirás, Virus:32 o La casa muda, con algún que otro traspié como pudo ser La voz ausente; aunque, para ser justos, la dirección había sido lo mejorcito de aquella.
La historia de El susurro sigue a Lucía (Ana Clara Guanco), adolescente que carga con la responsabilidad de cuidar de su hermano menor, Adrián (Marcelo Michinaux), frente a la ausencia de su padre (Luciano Cáceres), quien no puede saciar su esencia vampírica. Sí, el hombre es un vampiro y hay riesgo de que su hijo hayan heredado la maldición.
En busca de un lugar del que aislarse del entorno de violencia y muerte que los rodea, los hermanos recalan en una casa aislada en el medio del bosque, que su madre les legó. Sin embargo, a poco de llegar descubren que por el lugar deambula un grupo de hombres, que secuestran chicos, para luego asesinarlos en cámara y vender el contenido a clientes proclives a las snuff movies.
Claro: contado así parece demasiado, y visto así también. Sin embargo, el guion consigue articular tantas situaciones disímiles de manera armónica y orgánica. Al mismo tiempo, una puesta en escena precisa redunda en un manejo del ritmo bien logrado, por lo genuino y constante.
Uno de los principales aciertos de El susurro reside en su trabajo visual y sonoro. La película construye el terror desde el espacio: pasillos estrechos, habitaciones en penumbra, situaciones disímiles pero igualmente perturbadoras. Al mismo tiempo, el uso del fuera de campo y del diseño sonoro refuerza la sensación de amenaza constante, apelando más a la sugestión que al impacto inmediato. Al mismo tiempo, y como sucedía en otras producciones como en Cuando acecha la maldad, cuando el film opta por mostrar de manera explícita, lo hace sin concesiones, con toda la crudeza que exige el momento. Así, la multiplicidad de recursos utilizados le aporta solidez al conjunto, al mismo tiempo que logra captar en todo momento la atención del espectador.
Conforme se desarrolla la trama, el film se mueve en dos líneas: el suspenso a partir de “lo sugerido” y el terror explícito. Sin embargo, la película funciona mejor cuando insinúa más de lo que se explica. Valen como ejemplo, comparar la escena que da inicio a la historia, con el clímax de su epílogo. Se trata de dos dinámicas narrativas distintas que comparten una misma idea, pero en donde la primera funciona mucho mejor que la segunda.
Aun con estas salvedades -que a fin de cuentas no obedecen más que a respetables decisiones artísticas-, El susurro logra sostener una identidad clara. No se trata de una obra destinada al consumo adolescente (como pasa tanto y mal en el género), ni tampoco de un producto que apela al terror de fórmula. En su esencia está la búsqueda por incomodar, por molestar, vinculando el miedo con formas concretas de violencia. En ese cruce entre lo íntimo, lo social y lo familiar es donde se apoya para ofrecer sus mejores momentos. Una obra de autor, en un terreno donde suelen encontrarse en cuentagotas.