Generales Escuchar artículo

¿El próximo presidente insultará, o volveremos a la normalidad?

Hasta que en 1985 Raúl Alfonsín dictó un decreto para abolir la costumbre, a quien gobernaba la Argentina había que decirle “excelentísimo señor presidente de la Nación”. Esa frase, que ...

¿El próximo presidente insultará, o volveremos a la normalidad?

Hasta que en 1985 Raúl Alfonsín dictó un decreto para abolir la costumbre, a quien gobernaba la Argentina había que decirle “excelentísimo señor presidente de la Nación”. Esa frase, que ...

Hasta que en 1985 Raúl Alfonsín dictó un decreto para abolir la costumbre, a quien gobernaba la Argentina había que decirle “excelentísimo señor presidente de la Nación”. Esa frase, que venía de la tradición burocrática y diplomática de la corona española durante la época colonial, probablemente contribuyó a fortalecer -y a convalidar- una aureola sagrada de la máxima autoridad de la república. En los actos oficiales la música hacía su aporte emocional a la pomposidad. Cuando llegaba el presidente sonaba la melodía victoriosa de la Marcha Ituzaingó, una partitura que se le suele atribuir a un compositor aficionado, el emperador de Brasil Pedro I.

La decisión legal de sustituir la Marcha Ituzaingó por la Marcha de San Lorenzo la tomó Perón en 1946. Después la renovó la Revolución Libertadora, al fin una coincidencia. Con el tiempo la marcha recuperó el status de atributo presidencial, aquel que había ostentado con presidentes como Manuel Quintana, quien llegó a hacerse traer de Europa un carruaje original de la realeza europea de la Belle Epoque con los cuatro caballos de raza correspondientes, todos idénticos. Desde luego que al general Juan Carlos Onganía no se le pasó por la cabeza prescindir de la Marcha Ituzaingó en 1966 en aquel apoteósico, legendario, bizarro arribo suyo a la Rural a bordo de la carroza que había utilizado la infanta Isabel de Borbón en los festejos del Centenario. Pero con el tiempo la marcha, aunque vigente por ley, cayó en desuso.

Hasta que la desempolvó Milei. Una reposición nostálgica pensada para sacarle el moho al añejo mito de la investidura impoluta. ¿Impoluta?

Lo de excelentísimo quedó archivado, pero Milei activó la pompa en sus desplazamientos internacionales y en sus comparecencias ante el Congreso. Una vez por año, cuando le toca ir a inaugurar las sesiones ordinarias (no confundir con la vez que contra toda norma se apareció en la Cámara de Diputados para apoyar a Manuel Adorni) concurre rodeado por la escolta del Regimiento de Granaderos a caballo, reminiscencia sanmartiniana que en la ocasión se conjuga con una fila de modernas camionetas negras con luces intermitentes y motos para inocular la estética hollywoodensede los aparatosos movimientos del presidente de Estados Unidos.

Se trata de un engalanamiento institucional algo extraño dado que Milei nunca se cansa de repetir que el Congreso es “un nido de ratas”, que está lleno de “delincuentes”, que allí habita la “casta política”. Cuando firma los libros de honor y se dirige a la asamblea legislativa, sin embargo, trata a ambas cámaras de “honorables”. Un contrasentido como tantos por el cual nadie parece alterarse. La Argentina legal y la Argentina real son viejas concubinas. Con los años nadie se acuerda bien cuál es cuál.

En línea con su idea de que gobernar no equivale a crear empleo ni a manejar la economía desde una órbita paternalista sino a ordenar las cuentas públicas para que el sector privado pueda desarrollarse, Milei tiene dicho que para él ser presidente es sólo un trabajo (y que le pagan un mal salario). Se ha presentado varias veces como poco menos que un servidor técnico, lo contrario de un monarca iluminado. A la vez se asigna una misión histórica, difunde sus rotundas verdades de teoría económica en conferencias casi ininteligibles, recurre a invocaciones religiosas, irriga el imaginario colectivo referido a la sacralidad del cargo. Siente que encarna a Roca, a Figueroa Alcorta, de a ratos a Menem, añora épocas a las que evoca sin escatimar exageraciones.

Milei es un disruptivo, por supuesto. Pero tal vez un exceso natural de contemporaneidad nos hace entronizar su liderazgo en la categoría de la anomalía histórica inédita. Si se lo analiza en perspectiva no es el primer rompe reglas de la historia sino, incluso, uno que confirma que la disrupción radicalizada tiene en la política argentina cierta tradición. Los refundacionales abundan. Quizás de ahí venga la inexistencia de un modelo referencial inequívoco del buen presidente argentino. No tenemos un George Washington, un Abraham Lincoln donde anclar las creencias cívicas.

A ningún miembro de la galería presidencial lo beneficia ni de lejos el mismo consenso que distingue la memoria monumentalizada de San Martín, en su tiempo un militar y hombre político muy polémico, muy cuestionado, que sin embargo pasó a la historia con el reconocimiento horizontal de la sociedad en su conjunto. Unos por facciosos, otros por inconclusos, varios por ambas cosas, o ya sea por entreguistas, elitistas, populistas, autócratas, blandos, duros, ilegítimos, olvidables, los 55 presidentes que hubo desde Rivadavia son capaces de congregar -en proporciones diversas- a defensores y detractores por millones.

Rivadavia suele ser muy mencionado en la calle gracias a que por primerizo tiene la avenida más larga del mundo, pero también debido a que se le atribuye un sillón de jacarandá y cuero en el que nunca se sentó. El que se conserva es el de Derqui, primer presidente con Constitución unificada, después de Rivadavia también el primero con eyección prematura, un magro en virtudes cimentales. Por eso no se dice “el sillón de Derqui”.

Cada uno a su manera, disruptivos también fueron los presidentes fundadores. Y después, Yrigoyen, Perón, Frondizi, Alfonsín, Menem, Kirchner, todos los que buscaron implantar un nuevo orden y desembarcaron con métodos, gente y estilos novedosos (lo que no significa un juicio sobre los resultados alcanzados ni una equiparación de calidades personales).

Ser insultador serial cuando se desempeña la presidencia de la Nación, por cierto, no es un estilo comunicacional, es una forma de entender la política y el sistema democrático

Las disrupciones de Milei, primer presidente economista, le son exclusivas, eso es norma. La principal fue haber llegado al poder como nadie antes (por lo menos después de 1916), prometiendo un ajuste severo -que todavía se sostiene con niveles considerables de aprobación-, lo que significa haber dado vuelta el mecanismo tradicional y harto transitado del populismo.

Quizás su segunda singularidad sea la de insultador. No debería decirse el mayor insultador, sobra el adjetivo: nunca hubo otro. A lo sumo se puede hallar un antecedente hace más de un siglo y medio, el de Sarmiento; otra época, otro lenguaje. Figueroa Alcorta, es verdad, una vez le respondió con un gesto grosero en la Rural a una multitud que lo abucheaba. Perón y Kirchner eran frecuentemente agresivos con la oposición pero rara vez personalizaban, mucho menos descendían a los subsuelos cloacales que Milei frecuenta con nombres y apellidos.

Ser insultador serial cuando se desempeña la presidencia de la Nación, por cierto, no es un estilo comunicacional, es una forma de entender la política y el sistema democrático. Milei no marcó con sus groserías escatológicas y sexuales sólo su gestión como si se tratara de un asunto ornamental sino que posiblemente produjo un desvío de órbita en la investidura.

La liturgia presidencial afecta normas tácitas muchas veces relacionadas con el ideario republicano. Todo lo cual, delante de una campaña electoral que parece estar entrando en la previa, induce a preguntarse cuál será el modelo presidencial hegemónico en 2027.

O mejor aún, ¿qué significará en el futuro ser presidente de la Nación? ¿Cuál será después de Milei (el año próximo o en 2031) el modelo de majestuosidad presidencial argentino? ¿Dónde estará la vara, la medida de la buena educación necesaria que hasta ahora se consideraba naturalmente implícita?

Milei puso todo patas para arriba. Sin insultar también lo habría hecho. Rompió los moldes institucionales, pateó tableros, modificó protocolos, alteró costumbres. A veces sus disrupciones fueron para un lado, a veces para el otro.

Perón, “el Macho”, agrietó el acartonamiento de las élites conservadoras de los años 30 y 40 trayendo la estética de la calle y el trabajo al centro del poder. Mucho antes de que Milei se pusiera el mameluco de YPF para viajar a Oslo el general se vestía con ropas de obrero para mimetizarse con las clases trabajadoras o alentaba a sus seguidores a ser “descamisados”, porque entonces quitarse los sacos y las corbatas eran símbolos de la burguesía a la que se quería repudiar.

La incorrección de Menem pasaba por la Ferrari, el fútbol, la farándula en Olivos, el mito donjuanesco. El propósito de despojar el cargo del aura sagrada para estar cerca de los electores no es un invento de Milei, pero insultar a medio país día cuando le vienen ganas sí.

Tres incógnitas se aclararán pronto: si Milei buscará la reelección sin maniatar su lengua, si sus rivales sacarán provecho del contraste y, lo más importante, si el electorado no se cansó de esa forma de entender el poder.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-proximo-presidente-insultara-o-volveremos-a-la-normalidad-nid26082026/

Volver arriba