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El problema de seguir ciegamente a Trump

El alineamiento ciego en política internacional nunca fue una virtud, y cuando se transforma en subordinación automática, deja de ser una estrategia para convertirse en un riesgo. La decisión d...

El problema de seguir ciegamente a Trump

El alineamiento ciego en política internacional nunca fue una virtud, y cuando se transforma en subordinación automática, deja de ser una estrategia para convertirse en un riesgo. La decisión d...

El alineamiento ciego en política internacional nunca fue una virtud, y cuando se transforma en subordinación automática, deja de ser una estrategia para convertirse en un riesgo. La decisión del presidente argentino de seguir a Donald Trump en prácticamente todos los gestos y definiciones de política exterior expone con claridad ese problema. El ejemplo más reciente es la rápida adhesión de la Argentina a la llamada Board of Peace, una iniciativa impulsada por Trump que fue suscripta por nuestro país antes que por la mayoría de las democracias occidentales relevantes. No se trata de un detalle menor ni de un simple gesto diplomático: es una señal política fuerte, que expresa una voluntad de alineamiento sin matices y sin debate estratégico previo.

Ese alineamiento resulta particularmente problemático cuando se lo observa en el contexto general del liderazgo de Trump. No estamos frente a un estadista que busque iluminar el escenario internacional con decisiones prudentes, previsibles y orientadas al bien común. Por el contrario, su estilo de conducción se caracteriza por la improvisación, la personalización extrema del poder y una lógica transaccional donde los intereses privados y la política pública se confunden peligrosamente. El hecho de que el presidente norteamericano haya incrementado su patrimonio personal en más de mil millones de dólares mientras ejerce el poder no es solo un escándalo ético: es una señal de alarma sobre la forma en que concibe la función pública y el rol del Estado.

A ese cuadro se suma el caos que su liderazgo genera puertas adentro de los Estados Unidos. En las últimas semanas, la política migratoria impulsada por su administración ha derivado en episodios de extrema gravedad, entre ellos la muerte del segundo ciudadano norteamericano a manos del ICE en el marco de operativos federales. Cuando un Estado comienza a normalizar el uso letal de la fuerza contra sus propios ciudadanos, el problema deja de ser coyuntural y se vuelve estructural. No es un exceso aislado ni un error operativo: es la consecuencia directa de una narrativa que convierte al otro en amenaza y a la fuerza en respuesta primaria.

Resulta difícil entender por qué la Argentina decide atarse sin condiciones a un liderazgo que atraviesa este nivel de descomposición institucional. Si no bastara con la inestabilidad que ese alineamiento ya genera en nuestra política interna, ahora también nos expone a compartir costos simbólicos y políticos en el escenario internacional. Basta con observar la lista de países que integran la Board of Peace para advertir que no se trata de un espacio amplio, plural ni representativo del orden democrático global. La ausencia de potencias centrales y la presencia de gobiernos con tendencias autoritarias deberían, como mínimo, encender una luz amarilla.

El caso de Groenlandia ilustra con crudeza el problema de fondo. La ambición territorial expresada por Trump, tratada con liviandad en redes oficiales –incluyendo el bochornoso posteo de la Casa Blanca ubicando un pingüino en la isla– no es solo una muestra de ignorancia geográfica. Es la manifestación de una visión del mundo donde el poder se ejerce por capricho, donde los territorios son fichas y donde el derecho internacional es un obstáculo molesto. Esa lógica no es racional, no es moderna y, sobre todo, no es compatible con los intereses de un país como la Argentina, cuya historia y proyección internacional se apoyan en el respeto a la legalidad, la solución pacífica de los conflictos y la defensa del multilateralismo.

No soy ingenuo. Sé que el presidente argentino le debe a Trump parte de su legitimidad internacional y, en alguna medida, su triunfo electoral. Ese apoyo fue explícito, público y estratégico. Pero una cosa es reconocer una afinidad política circunstancial y otra muy distinta es condenar a la Argentina a seguirlo ciegamente, incluso cuando sus decisiones nos alejan de nuestros propios intereses de largo plazo. La política exterior no puede ser una extensión de la gratitud personal ni un acto de lealtad ideológica; debe ser una herramienta al servicio del bien común nacional.

En este punto, resulta especialmente valioso escuchar otras voces del escenario global. El primer ministro de Canadá ha planteado con claridad la necesidad de que las potencias medianas asuman un rol activo, cooperativo y equilibrador en un mundo crecientemente polarizado. Esa mirada entiende que el futuro no se construye subordinándose a los extremos, sino articulando consensos, fortaleciendo instituciones y defendiendo reglas compartidas. Es una visión que reconoce los límites del poder duro y la importancia de la responsabilidad internacional, algo que hoy brilla por su ausencia en el discurso trumpista.

La Argentina tiene una tradición diplomática que no debería abandonar con tanta facilidad. Supimos ser un país con voz propia, capaz de dialogar con todos sin someternos a nadie, defendiendo principios aun cuando eso tuviera costos. Renunciar a esa tradición para convertirnos en seguidores automáticos de un liderazgo errático y oscurecedor no es pragmatismo: es resignación. Y en política internacional, la resignación siempre se paga caro.

Seguir a un líder que confunde poder con negocio, fuerza con autoridad y capricho con estrategia no nos fortalece, nos debilita. No nos posiciona mejor en el mundo, nos reduce a espectadores de decisiones ajenas. La Argentina necesita una política exterior que piense, que discuta, que discrimine y que elija. Porque cuando un país deja de pensar por sí mismo, empieza lentamente a desaparecer del mapa de las decisiones relevantes. Y ese es un riesgo que no deberíamos estar dispuestos a correr.

Exsenador nacional, exministro de Educación de la Nación

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-problema-de-seguir-ciegamente-a-trump-nid03022026/

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