El nuevo mito contemporáneo
Muy pronto seremos cíborgs, una hibridación de carne y silicio. Es la promesa y el vaticinio de Silicon Valley. Sus usinas subyugan con la inminente llegada de la singularidad tecnológica: el mo...
Muy pronto seremos cíborgs, una hibridación de carne y silicio. Es la promesa y el vaticinio de Silicon Valley. Sus usinas subyugan con la inminente llegada de la singularidad tecnológica: el momento cuando hombre y máquina quedarán fusionados. Cuando la inteligencia natural se potenciará con la inteligencia artificial. La asombrosa dinámica de la tecnología la vuelve creíble.
“Eventualmente, la nanotecnología nos permitirá expandir nuestros cerebros con diferentes niveles de neuronas virtuales en la nube. De este modo, potenciaremos millones de veces, a través del poder computacional, aquello que nos dio nuestra propia biología. Se expandirán nuestra inteligencia y nuestra conciencia de un modo tan profundo que hoy resulta difícil de comprender”. Así define la singularidad el futurólogo norteamericano Ray Kurzweil, en su más reciente ensayo La singularidad está más cerca, publicado en 2024. Fue quien acuñó el concepto de singularidad tecnológica en 2005. En ese momento sonaba como un delirio. Ya no. Dijo entonces, y continúa diciendo ahora, que llegará en 2045.
A finales de 2025, en una larga entrevista pública, Elon Musk vaticinó que lo que dijo hace tantos años Kurzweil no solo se cumplirá, sino que sucederá mucho antes: en 2030, máximo en 2035.
Paradójicamente, en el mismo país donde nació este concepto y toda la profunda ideología que lo alberga y sostiene está produciéndose una manifestación masiva en el sentido contrario.
Ya tuvimos un indicio cuando los alumnos de la Universidad de Arizona, el 15 de mayo de este año, abuchearon a Eric Schmidt, ex-CEO de Google, cada vez que mencionaba la palabra inteligencia artificial. Él se define como un tecnoecuánime. Ve las enormes facultades de la tecnología, pero también sus riesgos. Allí habló tanto de promesas como de amenazas. Lo silbaron siempre.
Intentó presentar a la IA como una oportunidad que los jóvenes graduados podrían aprovechar. No hubo caso. No querían oír hablar de ella.
“Afectará a todas las profesiones, todas las aulas, todos los hospitales, todos los laboratorios, todas las personas y todas las relaciones que tengan. Sé lo que muchos de ustedes sienten. Los escucho. Hay miedo”, dijo. Más allá de los silbidos, de los que se hizo cargo, Schmidt no dejó de enviar el mensaje que quería dejar: a esta altura ya no hay marcha atrás. La tecnología no tiene un botón de apagado. Es necesario adaptarse a ella. Lo expresó claramente: “Sea cual sea el camino que elijan, la IA formará parte de cómo se hace el trabajo. Encuentren la manera de decir que sí”. Por más que tuvo la intención de inspirar a los alumnos, estos rechazaron sus palabras de plano.
Apenas cuatro días después, el 19 de mayo, The Wall Street Journal publicó una nota titulada: “La rebelión de los norteamericanos contra la IA está ganando fuerza”. Allí analizaba lo sucedido en la Universidad de Arizona y demostraba que no había sido casual. Sustentó su análisis con los resultados de una encuesta representativa de la población norteamericana donde se veía que casi la mitad de la población tiene una opinión negativa de la inteligencia artificial. El 25% es neutral, y apenas el otro 25% positiva.
En el año 80 d.C., el emperador Tito inauguró en Roma el gran anfiteatro del mundo. Lo hizo con unos juegos que duraron 100 días. En el Coliseo se desplegaba el entretenimiento del pueblo, es cierto. Los despliegues técnicos mostraban fuerza y habilidad, tanto para luchar contra las fieras salvajes como en las peleas de los gladiadores. Pero también de esas gestas emanaban valores muy relevantes para la época, como el coraje, la templanza o la resistencia.
Cualquiera que lo haya visitado alguna vez sabrá que al hombre contemporáneo le resulta casi imposible no trazar la analogía entre aquel escenario y los actuales estadios deportivos donde se producen eventos masivos.
De hecho, en 1996 Nike presentó su aviso publicitario “El bien contra el mal”, donde un conjunto de estrellas del fútbol se enfrentaban a uno de demonios para salvar el “juego bonito”. Ese comercial se ambientaba en el Coliseo. Y a pesar de los terroríficos cuerpos y rostros de sus oponentes, triunfó el bien.
El futuro, ante dos fuerzasEn los coliseos norteamericanos se está manifestando en estos momentos “otra lucha”. No es entre el bien y el mal, o entre glorias del deporte y espectros, sino entre dos fuerzas que moldearán el futuro.
En la era de la singularidad tecnológica, Messi está encarnando al héroe que defiende con todo su ser otro tipo de singularidad que suele olvidarse, o lo que es peor, menospreciarse: la singularidad humana. Su consagración como deportista ya lleva años. En esta instancia estamos siendo testigos de un hecho histórico de otro calibre: su consolidación como mito. Eso es otra cosa. Expresa la resistencia de lo más etéreo, misterioso y preciado de la especie humana: su espíritu.
En un análisis que, desde su enfoque, desarrolló Sil Almada, fundadora de Almatrends, sobre el coro de eximios colegas que lo elogiaron de un modo inédito, detectó la existencia de algo extraño, diferente. Los dioses del planeta fútbol estaban hablando de lo que había sucedido, obviamente. Pero eso era apenas una excusa. El patrón existente detrás de esos sentidos elogios, en realidad, indicaba que estaban elevando a Messi a una categoría superior a la de todos ellos: la del mito.
El épico partido con Egipto funcionó como un epítome, una condensación de sentido de lo que había hecho durante todo el Mundial. Incluso de todo lo que había demostrado y logrado a lo largo de su extensa y laureada carrera. Ser alabado de ese modo por glorias de países históricamente rivales de Argentina como Brasil, Alemania, Italia, España o Francia, muestra que Messi ha dejado de ser un símbolo de un país. Él es argentino, por supuesto, y para nuestra gracia. Pero en este Mundial, definitivamente ha dejado de ser únicamente argentino, para pasar a ser un símbolo del fútbol en sí mismo.
En su rol de comentarista, el francés Thierry Henry, quien jugó tres años con Messi en el Barcelona, hizo un largo análisis que, más que análisis, fue un manifiesto. Dijo: “Véanlo llorar. Eso nos muestra cuánto significa esto para él y para su equipo. Primero nos recordó que es humano. Falla algunos penales. Falló cuatro de ocho.
Este discurso de Thierry Henry para Lionel Messi es una cosa de locos, de lo mejor en el último tiempo.
Sencillamente, espectacular. Disfruten.pic.twitter.com/iHaByxAKxt
“Y después nos recordó que no es humano. Lo que pasa con Leo es que a veces es mejor no despertar a la bestia. Lo sé. Lo he visto de cerca en los entrenamientos. Cuando no le cobraban un foul que consideraba justo, tomaba la pelota y te hacía tres goles, uno atrás del otro. Al final le decía al entrenador que la próxima vez mejor cobrara el foul.
“Lo puedes ver en sus ojos. Cuando entra en ese estado, es muy difícil detenerlo. Él es único en su especie. Es algo para Hollywood. Parece una película con un guionista exagerado. Pero no lo es. Escribe historia con sus pies. Es irreal”.
Zlatan Ibrahimović, otra estrella del fútbol mundial, considerado uno de los mejores delanteros de todos los tiempos, en el mismo programa dijo: “Él se transformó en un animal que nadie puede capturar. Él va y va y va. Es el que vimos, el que estamos acostumbrados a ver y el que seguimos viendo. Recuerden, él ya ganó el Mundial, ya ganó un montón de trofeos, balones de oro de la FIFA y, sin embargo, mírenlo. Quiere más. Eso es impresionante”.
“Lo que hacen las leyendas”Otra gloria del fútbol francés, Zinedine Zidane, quien será el nuevo técnico de su selección, lo señaló también de un modo muy claro: “Esto es lo que hacen las leyendas. Cuando el mundo pensaba que estaban acabados, encontraron algo dentro de sí mismos que solo los grandes poseen. Mostraron corazón, carácter y la mentalidad de los campeones. Se negaron a aceptar la derrota”.
Desde tiempos inmemoriales, los mitos han acompañado, cobijado y guiado a los seres humanos. ¿Para qué sirven? Para explicar lo inexplicable y para orientar la intrínseca dualidad del hombre, que puede elevarse hacia el bien o descender hacia el mal.
El Diccionario de la RAE define la palabra mito como una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”. En una segunda acepción, lo define como la “historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana”.
Los mitos tienen la capacidad de moldear las conductas humanas a partir de construcciones que nacen ficticias, pero que, en la praxis, por su capacidad de influencia, se vuelven verdaderas. Como en tantas otras cosas de nuestra civilización, los griegos fueron los grandes maestros de la construcción mitológica.
En el sutil y breve ensayo Lo que estábamos buscando, Alessandro Baricco nos recuerda que “el mito es aquello que dota de un perfil legible a un puñado de hechos”, y que “es un fenómeno artificial, un producto del hombre”. Advierte que “confundir lo artificial con lo no irreal es una estupidez” porque “el mito es quizá la criatura real que existe”.
Ahonda su pensamiento al manifestar que “el gesto con el que grandes comunidades de humanos lograron construir un mito resulta en buena medida misterioso”, porque “difíciles de descifrar son las razones por las que lo hacen y los tiempos que eligen para hacerlo”.
Y plantea finalmente: “La precisión –y muchas veces la belleza del producto final– aunada a la impresionante complejidad de causas que la generan –en cada una de las cuales deja su huella la mano artesanal del hombre– otorga a las criaturas míticas una importancia tal que no pocas veces han sido tratadas como divinidades. Al construir mitos, los hombres se convierten en algo más de lo que son. Donde no hay creación mítica, los humanos se detienen, como paralizados por un hechizo”.
En Lecciones de un siglo de vida, ensayo publicado cuando cumplió 100 años, Edgar Morin, profuso estudioso de la complejidad, planteó con nitidez cuál es el poder de los mitos: “Descubrí que el mito, la religión, las ideologías, constituyen una realidad humana y social tan importante como los procesos económicos y los conflictos de clase, lo cual me hizo abandonar la concepción marxista que racionaliza la historia humana a partir de la infraestructura económica. Percibí que lo imaginario es una parte constitutiva de la realidad humana”.
Si Prometeo, uno de los mayores héroes de la mitología griega, les robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y con eso permitirles el sustento y el progreso, en un acto de rebeldía que le costaría el castigo de Zeus por su osadía, Messi desplegó todo su heroico ser en las tierras de los nuevos dioses del silicio para demostrarles que hay un fuego que los seres humanos llevan dentro que nunca jamás las máquinas podrán replicar.
Es el fuego que enciende la emocionalidad, la creatividad, el instinto, el pensamiento crítico, la perspectiva, la hidalguía, la adaptabilidad, la repentización, la intuición, la sensorialidad integral, la inspiración, el aprendizaje real y la elaboración de conceptos abstractos.
Es el fuego donde florece el espíritu, donde se manifiesta el intelecto, donde se expresa la pasión, donde el ser humano afirma su carácter único y singular.
Un nuevo mito de la sociedad contemporánea se presentó en el Coliseo de Atlanta ante los ojos del mundo, para demostrar, en su máximo esplendor, que podrá haber pronto una singularidad tecnológica, sí, pero que la singularidad humana no se rendirá tan fácilmente.
Quizá sea esa la razón profunda, oculta, inconfesable, inconsciente del efecto contagio de sus lágrimas. Millones de personas, al verlo, no pudieron ni evitarlas ni explicarlas. Es que esas lágrimas no hablaban de ellos, hablaban de la condición humana toda. Algo mágico pasó ese día. Eso solo lo pueden hacer los héroes míticos. En la era maquinal, conmueve lo espiritual.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/el-nuevo-mito-contemporaneo-nid13072026/