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El nuevo mal de época que jubiló al FOMO

Durante casi una década, las decisiones sobre tecnología se tomaron con dos brújulas: el miedo y el FOMO. El miedo producía parálisis disfrazada de “buen gobierno”: muchas reuniones, ningu...

El nuevo mal de época que jubiló al FOMO

Durante casi una década, las decisiones sobre tecnología se tomaron con dos brújulas: el miedo y el FOMO. El miedo producía parálisis disfrazada de “buen gobierno”: muchas reuniones, ningu...

Durante casi una década, las decisiones sobre tecnología se tomaron con dos brújulas: el miedo y el FOMO. El miedo producía parálisis disfrazada de “buen gobierno”: muchas reuniones, ninguna decisión. El FOMO producía lo contrario, acción velocísima sin análisis ni estrategia. Pero el FOMO ya es historia. Al menos eso cree la futurista Amy Webb que acaba de bautizar a un enemigo peor: AGITA, sigla de AGI-Triggered Anxiety, la ansiedad detonada por la promesa de una inteligencia artificial general. El nombre casi se traduce solo: nos agita, nos saca de eje, nos empuja a hacer algo, lo que sea, con tal de sobrevivir.

Webb lo vio en un directorio donde se aprobó un compromiso millonario en IA en menos de veinte minutos. La única pregunta del CFO fue sobre el cronograma de pagos, nadie preguntó para qué era el dinero. Camino al ascensor, un ejecutivo le confesó la frase que ella escuchó mil veces: “Ya sé, ya sé, pero teníamos que hacer algo”. Esa es la “agita”. Y no es del todo irracional: parte de ese capital estará espectacularmente bien colocado. El problema, dice Webb, es estructural. El miedo y el FOMO al menos se ataban a algo observable, una multa, una filtración, el lanzamiento de un competidor. La AGITA, en cambio, se ata a un plazo que nadie puede defender y a una definición que cambia según a qué laboratorio le preguntes. Todavía no hay consenso sobre qué es la AGI ni pruebas de que exista. Sin producto ni ganancia, no hay condición de fracaso: se puede gastar sin poder evaluar, y lo que no se puede evaluar no se puede frenar. La única dirección disponible es más. Dieciocho o veinticuatro meses después llega la factura al directorio, y la defensa suele ser “estábamos construyendo capacidad” o “estábamos aprendiendo”. Siempre se puede decir que se aprendió algo. Hay, además, un efecto boomerang. Los proveedores y laboratorios que provocan esta “AGITA-ción” no tienen ningún incentivo en ayudarnos a especificar el futuro contra el que nos estamos tratando de cubrir: porque en el momento en que lo especificás, se vuelve algo con lo que se los puede medir.

Ya vivimos esto. En 1982, Japón lanzó el proyecto Quinta Generación para construir máquinas capaces de razonar. Occidente entró en pánico y respondió con enormes consorcios, moviendo capital a toda velocidad por miedo a quedar estructuralmente atrás en una tecnología cuyo destino nadie sabía describir. En 1992 el proyecto japonés terminó sin casi ninguna de las máquinas prometidas.

¿El antídoto? Webb no pide gastar menos: bajo incertidumbre extrema, a veces asignar de forma agresiva es lo correcto. Pide algo previo y barato, un ejercicio de diseño de futuros con tres preguntas. Primera: ¿qué tendría que ser cierto en 12 meses, 3, 5 y 10 años para que esto funcione? Segunda: ¿qué tendría que pasar para concluir que no funciona? Tercera: ¿cuándo y cómo lo vamos a evaluar? Contra la “agita” no hay atajo que valga: solo bajar un cambio y decidir con evidencia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/el-nuevo-mal-de-epoca-que-jubilo-al-fomo-nid08082026/

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