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El mundo bajo el imperio de las pasiones

La guerra en Medio Oriente que desataron Estados Unidos e Israel con el ataque a Irán presenta dos niveles de análisis. Uno más próximo al conflicto y sus consecuencias inmediatas, hoy cifradas...

El mundo bajo el imperio de las pasiones

La guerra en Medio Oriente que desataron Estados Unidos e Israel con el ataque a Irán presenta dos niveles de análisis. Uno más próximo al conflicto y sus consecuencias inmediatas, hoy cifradas...

La guerra en Medio Oriente que desataron Estados Unidos e Israel con el ataque a Irán presenta dos niveles de análisis. Uno más próximo al conflicto y sus consecuencias inmediatas, hoy cifradas en el desbarajuste que la respuesta de los persas (sus ataques a instalaciones de petróleo y gas en el Golfo y el cierre del estrecho de Ormuz) provoca en la economía mundial; y otro, si se quiere más abstracto, relativo a la nueva etapa en la que ha entrado el mundo con el retroceso del multilateralismo que, con sus bemoles y todo, regía desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Acaso lo primero (el petróleo por las nubes, el fantasma del desabastecimiento y de una recesión global) puede ser tomado como una muestra, para nada gratis, de lo que ocurre cuando los acuerdos y las leyes retroceden ante el capricho o la voluntad del más fuerte. Una muestra que, al margen de los muertos que el fuego cruzado ya ha dejado (convertidos en estadística), no sabemos hasta dónde puede llegar en términos de daño a vidas y bienes. Sobre todo si esta guerra que parece no tener dirección se prolonga y escala en intensidad, algo que no se puede descartar, dada la irracionalidad de quienes están al frente de los países en conflicto.

Sin duda, la cúpula del régimen islámico es irracional en su fundamentalismo y criminal en su represión contra la sociedad iraní. Pero Donald Trump, del otro lado, da muestras permanentes de irracionalidad. No solo en sus decisiones, sino también en su discurso errático y por momentos maníaco. Hoy la principal fuente de inestabilidad en el mundo, y quizá también dentro de su propio país, es el magnate mediático devenido mandamás de la principal potencia de Occidente, que actúa sin medir las consecuencias. Por el alcance de sus actos como presidente, es más preocupante que los ayatollahs. Netanyahu, por su parte, tampoco es garantía de nada.

El siempre lúcido analista Carlos Pérez Llana dio en la tecla esta semana cuando dijo que el escenario geopolítico actual está dominado por las pasiones, lo que vuelve todo más impredecible y volátil. La pasión no es mala, al contrario, pero el problema aparece cuando se emancipa de la razón y coloniza la personalidad entera. ¿Dónde, sino en los rasgos de la personalidad, hay que buscar la megalomanía y la compulsión por crear conflictos que mueve a estos personajes?

En este sentido, Trump es transparente. A veces lo que dice provoca hilaridad y quizá por eso no se lo toma del todo en serio. A diferencia de otros políticos, no enmascara las intenciones mezquinas de sus decisiones con una retórica principista. Pasa de coartadas morales, como si no sintiera pudor. No hay duda de que lo mueven sus propias pasiones, la riqueza y el poder, y acaso da por hecho que el resto de la humanidad las comparte. Así se deduce de lo que dice ante la prensa sobre cada una de sus aventuras de conquista, que, de paso, representan oportunidades de grandes negocios para su familia.

“Vamos a obtener el petróleo de Venezuela”, dijo tras la abducción de Nicolás Maduro. “Vamos a extraer de allí una enorme cantidad de riqueza”. Cuando puso el ojo en las tierras raras de Groenlandia soltó: “Vamos a hacer algo con ellos, les guste o no. Me gustaría llegar a un acuerdo. Pero si no es por las buenas, será por las malas”. Amenazó a Canadá, atacó a Irán y no deja de abrir frentes. Ahora sumó a Cuba: “Usted dice que ahora le toca el turno a Cuba. ¿Será cómo en Venezuela o cómo en Irán?”, le preguntó el lunes un periodista en una ronda en la Casa Blanca. “No puedo saberlo ahora”, dijo Trump. “Es un país fallido. No tienen dinero ni petróleo. No tienen nada. Tienen un lindo paisaje, es una isla bonita... Creo que tendré el honor de tomar Cuba”.

-¿Tomar Cuba? –repitió el periodista, sorprendido por la expresión.

-Sí, tomar Cuba –respondió Trump, impasible-. Si la libero y la tomo creo que podría hacer lo que quisiera con ella, si quieres saber la verdad.

En los rasgos de la personalidad hay que buscar la compulsión por crear conflictos que mueve a estos personajes

Habla desde el Salón Oval, pero sigue siendo un empresario. Uno muy ambicioso y despiadado. No avanza con su fuerza militar en beneficio de sociedades oprimidas o en nombre de la libertad, sino con el objetivo de hacer negocios. Su discurso lo deja en claro. Y busca socios. Si Venezuela fuera una gran corporación, lo que hizo allí fue urdir un plan con un miembro del directorio para desplazar al CEO mediante una traición y quedarse con la mayoría accionaria. Los maltratos y abusos al personal, que esperen.

Lo que hace, además, puede terminar realmente mal. La guerra en Medio Oriente, en lugar de pacificar la región y llevar mejoras a los iraníes, podría acabar fortaleciendo al régimen islámico, que en su sed de venganza se volvería más inhumano y sería una amenaza mayor para Israel y los países vecinos. En el otro extremo, según muchos analistas, la caída de los ayatollahs podría desintegrar al país y llevarlo a una guerra civil entre las distintas etnias que lo habitan.

Puede que el orden internacional se haya eclipsado ante la impulsividad de estos personajes y ante la defección o la tibia respuesta de quienes deberían defenderlo. Pero olvidar que el ataque a Irán no responde a una razón de defensa propia frente un ataque previo ni cuenta con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, y por lo tanto es ilegal, sería naturalizar un estado de cosas que, por los riesgos que supone, parece insostenible.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-mundo-bajo-el-imperio-de-las-pasiones-nid21032026/

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