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El multilateralismo aún resiste en América Latina

Hace apenas unas semanas, del 27 al 30 de enero, el...

El multilateralismo aún resiste en América Latina

Hace apenas unas semanas, del 27 al 30 de enero, el...

Hace apenas unas semanas, del 27 al 30 de enero, el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, organizado por CAF en Bogotá, Colombia, logró reunir a siete jefes de Estado de la región. En un momento en que la narrativa dominante decreta la muerte del multilateralismo, la imagen de líderes de distinto signo ideológico -Lula, Petro, Noboa y Katz, entre otros- compartiendo escenario resultaba fuera de tiempo. Y, sin embargo, allí estaban.

Afirmar que el multilateralismo está en crisis se ha convertido en un lugar común. Conviene, sin embargo, precisar de qué crisis hablamos. Si bien existen claros signos de debilitamiento del orden internacional liberal surgido tras 1945 -en particular del sistema de Naciones Unidas y de Bretton Woods-, ello no equivale a una crisis general de la cooperación multilateral.

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La diferencia no es menor para una región que fue precursora de muchas de las premisas de ese sistema -la solución pacífica de controversias, la codificación del derecho internacional, la igualdad jurídica entre los Estados- incluso antes de que Europa las adoptara tras la Segunda Guerra Mundial.

Para América Latina, el multilateralismo nunca fue solo una herramienta funcional. Fue también una forma de compensar, mediante el derecho y la normatividad, la falta de poder económico o militar. Esa identidad está hoy bajo tensión por múltiples razones, entre ellas el abierto desdén de la administración Trump hacia las instituciones y el derecho internacional.

Ahora bien, aunque Trump tenga aliados (por convencimiento o por sumisión) en varios gobiernos de la región, lo cierto es que, en líneas generales, América Latina sigue apostando por el multilateralismo. Lo hace, en parte, por lo que se denomina “dependencia de la trayectoria” (path dependence): la tendencia de los marcos institucionales a persistir porque los costos de eliminarlos superan a los de mantenerlos.

El caso del Mercosur es elocuente. Desde hace más de una década, gobiernos de todo el espectro ideológico —desde el Frente Amplio uruguayo hasta Javier Milei— lo califican de “corsé” o “camisa de fuerza”. No obstante, ninguno se ha atrevido a abandonarlo, en parte porque una salida implicaría costos económicos y políticos significativos.

En segundo lugar, el multilateralismo latinoamericano también resiste por lo que hemos llamado una “pulsión relacional”. Es decir, los países siguen recurriendo a instancias multilaterales porque, aun debilitadas, conservan eficacia para negociar con potencias extrarregionales e incidir en decisiones estratégicas. La reciente elección del secretario general de la OEA ilustra esta dinámica: la falta de interés de Washington abrió un espacio que un grupo de países latinoamericanos aprovechó para coordinar la designación del candidato surinamés Albert Ramdin.

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Pero donde esta persistencia del multilateralismo latinoamericano se vuelve más evidente es en las instancias que operan “bajo el radar”. En efecto, mientras los foros políticos tradicionales se paralizaban, los bancos de desarrollo fueron construyendo en los últimos años una arquitectura de cooperación cada vez más robusta. CAF -un Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe integrado por 23 países- pasó de una cartera de 27.000 millones de dólares en 2019 a 34.700 millones en 2024, con desembolsos anuales superiores a los 15.000 millones —y con la meta de duplicar su cartera para 2030—. Otro Banco de Desarrollo regional -el FONPLATA- multiplicó sus activos por casi dos veces y media en el mismo período.

Lo relevante es que estas instituciones, a menudo consideradas “menores”, ya no actúan solo como canalizadoras de recursos, sino como articuladoras de redes técnicas que conectan sectores públicos y privados, coordinan iniciativas multisectoriales y generan corredores de cooperación Sur-Sur.

Por caso, la CAF firmó en 2022 un acuerdo con el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB) para cofinanciar proyectos de conectividad y desarrollo sostenible. Y en 2025 selló una alianza con el Banco Europeo de Inversiones en el marco del Global Gateway europeo para movilizar financiación conjunta en acción climática. Aunque parezcan movimientos técnicos, estas iniciativas tienden puentes operativos con otras regiones y permiten sortear las limitaciones de la cooperación política tradicional.

Podría decirse que estas instituciones están ocupando el vacío dejado por una “alta política” regional que ya no logra aunar voluntades. Mientras los foros políticos se empantanan en vetos y parálisis institucional, los bancos de desarrollo avanzan por una vía más pragmática, sin necesidad de grandes acuerdos ideológicos.. Que uno de ellos haya logrado reunir a ocho presidentes en una misma mesa es un indicio claro de dónde se está desplazando hoy la capacidad de convocatoria en la región.

Ahora bien, este pragmatismo no está exento de riesgos. El dinamismo de las instancias financieras y económicas puede compensar la parálisis política sin resolver las contradicciones de fondo.

Si bien América Latina ha liderado iniciativas como el Acuerdo de Escazú, no ha producido consensos regionales comparables al Pacto Verde europeo. Asimismo, la región se reivindica como potencia en materias primas, pero carece de mecanismos regionales eficaces para coordinar reservas estratégicas o definir políticas comunes. La persistente brecha entre ambición política, visión estratégica y capacidad de ejecución continúa siendo el principal talón de Aquiles del multilateralismo latinoamericano.

En un mundo más fragmentado, donde ninguna potencia logra imponer reglas universales, América Latina aún tiene una oportunidad. No se trata de custodiar un orden en descomposición, sino de reconstruir el multilateralismo combinando tradición normativa y capacidad de ejecución, estableciendo políticas con plazos, objetivos y rendición de cuentas. Que ocho presidentes hayan sido convocados en Bogotá por un banco de desarrollo, y no por un foro político, es quizás la imagen más clara del camino que se abre para la región para sobrevivir en el mundo que viene.

*Iván Stola es director académico del Máster en Políticas Públicas de la IE University (España); y Alejandro Frenkel es profesor de la Escuela de Política y Gobierno en la Universidad Nacional de San Martín (Argentina)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/el-multilateralismo-aun-resiste-en-america-latina-nid19022026/

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