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El inesperado cultivo de la Costa Atlántica que se vende a 100 euros el kilo en Europa

Hay escenas que no parecen importantes cuando ocurren. Una abuela en la cocina. Una piña apoyada sobre la mesa. Un martillo golpeando con paciencia hasta que la cáscara cede y aparece el fruto. D...

El inesperado cultivo de la Costa Atlántica que se vende a 100 euros el kilo en Europa

Hay escenas que no parecen importantes cuando ocurren. Una abuela en la cocina. Una piña apoyada sobre la mesa. Un martillo golpeando con paciencia hasta que la cáscara cede y aparece el fruto. D...

Hay escenas que no parecen importantes cuando ocurren. Una abuela en la cocina. Una piña apoyada sobre la mesa. Un martillo golpeando con paciencia hasta que la cáscara cede y aparece el fruto. Después, la semilla viaja al bowl, se mezcla con harina, huevos, azúcar. El pan dulce sale del horno. La casa huele a algo que ya no existe.

“Mis antecesores son italianos y les gustaba ir al monte a buscar hongos y piñones”, dice Alejandro Camporini. “Mi abuela los usaba para el pan dulce casero”. En ese gesto mínimo —juntar, romper, separar— estaba, sin saberlo, el origen de un bosque. Muchos años después, ese recuerdo iba a convertirse en 30.000 árboles plantados sobre las dunas del sur bonaerense y en tres exportaciones consecutivas de 6.000 kilos de piñón a Europa. Pero en ese momento no había plan. Solo memoria.

Camporini creció en Claromecó, una localidad balnearia del partido de Tres Arroyos donde el mar marca el ritmo del año. Estudió Ingeniería Forestal en la Universidad Nacional de La Plata y se recibió en 1997. Volvió al pueblo justo cuando comenzaba un proyecto de forestación en un predio municipal.

El objetivo era maderero. Pinos con destino de aserradero. Eucaliptos para vender. Pero él decidió incorporar otra especie. “Siempre la tenía en mi mente”, cuenta. El pino piñonero —Pinus pinea—, el mismo que su abuela transformaba en pan dulce.

Entre 1998 y 2001 plantó unas seis mil plantas. El proyecto principal seguía otro rumbo, pero él insistía. Después lo hizo en otros campos de la costa, entre Claromecó y Reta. Más tarde, cuando trabajó para la municipalidad en la estación forestal, volvió a incentivar la plantación de esa especie. Sumaba árboles donde podía.

En los años 90 había habido un intento de cosecha. Vinieron españoles con una máquina —similar a la que él usa hoy— y recolectaron durante un par de temporadas. “Yo estaba estudiando en La Plata, no viví ese momento”, recuerda. Después vino un incendio grande, cerca del 2000, que arrasó con buena parte de aquellas plantaciones antiguas. Quedaron algunos ejemplares. Y lo que él había ido agregando.

Empezar desde cero es literal cuando se habla de árboles. El piñón no es un cultivo impaciente. El plantín tarda uno o dos años en desarrollarse. Se foresta en invierno. Recién entre los ocho y diez años el árbol madura sexualmente y empieza a formar las piñas.

“Hay que tener mucha paciencia. No es para cualquiera”, dice Camporini. Lo que hoy cosecha es, en gran medida, lo que plantó desde 1999 en adelante. Entre mayo y octubre comienza la recolección. Se trepa árbol por árbol o se utiliza una vara larga con gancho para hacer caer las piñas. Se acopian. Durante el verano se secan al sol hasta que se abren. Después interviene la máquina que separa la semilla.

La cuenta es brutal: de 100 kilos de piña salen apenas dos o tres kilos de piñón pelado listo para consumir. Esa proporción explica por qué en Europa el kilo puede alcanzar entre 70 y 100 euros.

En 2018, Camporini inició un proyecto más ambicioso en un campo del partido de Coronel Dorrego, entre Marisol y Monte Hermoso. El inversor, Ariel Sacone, aceptó la propuesta de forestar con destino semillero. Desde entonces plantaron entre 30.000 y 40.000 ejemplares. Con pérdidas, reposiciones y mantenimiento constante.

“Para que esto rinda tiene que haber muchas plantas. Cien, doscientas hectáreas. Si no, no alcanza”, explica. Las dunas obligan a combatir hormigas, podar y ralear. Y siempre está el riesgo de incendio. Hubo también fracasos: una plantación en Concordia, impulsada junto a un amigo que apostó al proyecto, terminó bajo el agua tras una inundación. “De esos fracasos también se aprende”, dice, sin dramatizar.

La exportación no fue inmediata. Durante años no hubo volumen suficiente. Sin escala no hay mercado. Y sin mercado no hay inversor que espere diez años. En 2023 logró concretar el primer envío: 6.000 kilos de piñón con cáscara a España. Se repitió en 2024 y en 2025. Tres operaciones consecutivas desde un pueblo de 2.500 habitantes donde casi todo depende del verano.

“El primer año fue de aprendizaje”, reconoce. “Embolsamos muy sucio, SENASA nos llamó la atención, tuvimos que hacer una limpieza que no habíamos previsto. Nos llevó costos que no teníamos en cuenta”. La segunda y tercera exportación llegaron con menos errores y un precio internacional más alto.

Europa, además, enfrenta desde los años 90 la plaga del Leptoglossus occidentalis, que redujo drásticamente el rendimiento de los pinares. Argentina aún está libre de ese insecto. En un mercado con demanda insatisfecha, el hemisferio sur empieza a aparecer como alternativa productiva. Chile ya trabaja en intensificar el cultivo. Sudamérica tiene clima, superficie y contraestación. Falta escala.

Camporini mantiene perfil bajo. El campo donde concentra hoy el proyecto está a unos 100 kilómetros de Claromecó. No es un emprendedor de redes sociales ni de conferencias. Es más bien un hombre que recorre dunas y cuenta plantas. “Quizá ya no pueda subirme a los árboles como ahora”, dice. “Esto lleva tiempo y tal vez no llegue a verlo en su máxima expresión. Pero que la producción evolucione y que se siga plantando, aunque sea sin mí, sería un sueño”.

El piñón, como el pan dulce de su abuela, es una forma de permanencia. Un fruto que exige esperar una década para recién empezar a hablar. Un negocio que se mide en generaciones.

En la costa bonaerense, el bosque crece despacio. Y hay algo que parece germinar en toda su significancia: una semilla que sobrevivió al incendio, a la inundación, a la paciencia del tiempo.

Una semilla que empezó, sin saberlo, sobre una mesa de cocina.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/el-inesperado-cultivo-de-la-costa-atlantica-que-se-vende-a-100-euros-el-kilo-en-europa-nid20022026/

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