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El gran legado de la selección argentina también deja aspectos a revisar

Es el equipo de nuestras vidas, qué duda cabe. Nunca en la historia hubo una selección que a través del tiempo generara esa plenitud en toda la sociedad. “Que la gente confíe, que este grupo ...

El gran legado de la selección argentina también deja aspectos a revisar

Es el equipo de nuestras vidas, qué duda cabe. Nunca en la historia hubo una selección que a través del tiempo generara esa plenitud en toda la sociedad. “Que la gente confíe, que este grupo ...

Es el equipo de nuestras vidas, qué duda cabe. Nunca en la historia hubo una selección que a través del tiempo generara esa plenitud en toda la sociedad. “Que la gente confíe, que este grupo no los va a dejar tirados”, advirtió Lionel Messi, luego de la inesperada derrota en el debut de Qatar frente a Arabia Saudita. Ni antes ni después: el equipo nacional siempre caminó con la frente en alto, un orgullo del que no siempre los argentinos podemos reconfortarnos. Contemplar a la selección siempre fue (seguramente, lo seguirá siendo) vernos en el espejo con nuestras proezas sin atisbos de nuestras miserias.

La Scaloneta, llamada de modo coloquial desde sus orígenes, lo ganó todo. Un Mundial, dos Copa América, la Finalíssima y sorprendió al planeta al llegar hasta otra final, la única que perdió. Una paliza futbolera le dio España. Nada de lo que merezca esconder la cabeza: más allá de la inesperada táctica defensiva y las múltiples fallas -de Lionel Scaloni, en primer lugar, pasando por un nivel individual decepcionante, solo salvado por Dibu Martínez, Gonzalo Montiel y Cuti Romero (hasta que le dio el cuero)-, solo uno gana. Lo hizo el mejor de este partido y de todo el torneo.

Sin embargo, la dignidad -miles de hinchas, bajo el frío y la lluvia, fueron a aplaudirlos en Ezeiza- dejó unas cuentas pendientes en una jornada que quedará en el recuerdo. Los valores de esta generación fueron el sello distintivo que enamoró a todos. Saber ganar y aceptar la derrota. ¿Qué hubiera pasado si, además de ello, no hubiera ganado en estos años? Nunca lo sabremos, porque lo ganó todo y, además, fue ejemplo para los jóvenes. Y hasta acabó con la grieta, más allá de algunos deslices que siempre estorban.

El acierto de Chiqui Tapia tuvo en Lionel Scaloni primero (y un cuerpo técnico de excelencia) y en Lionel Messi, después, a los líderes de una historia que ya lleva casi ocho temporadas. Hubo éxodo de caciques, derrotas dolorosas y un camino que nunca rozó la colectora. La admiración se sostuvo, además, de emociones fuertes: esta última aventura, con menos estilo y más vehemencia, tuvo lo que le faltaron a las anteriores. Un corazón a prueba de todo.

Cansado, derrumbado a veces, con el físico al límite, Cuti Romero, Gonzalo Montiel, Nicolás Tagliafico, Enzo Fernández, Leandro Paredes, Julián Alvarez y tantos otros, dejaron en claro que nunca iban a dejar tirados a los nuestros, los de adentro y los de afuera. La gris tarea en el partido definitorio, sin embargo, no cambia la ecuación. Lo que la transforma (al menos, en este último capítulo, seguramente una excepción a la regla del respeto) es el comportamiento general.

Quedó la incómoda sensación de que a la selección (la misma que nos emociona), por algunos gestos inesperados y poco nobles, le costó saber perder. Superada en todos los aspectos del juego (el 1-0 fue un milagro, más allá de los dos goles anulados), se inclinó por el desprecio a la caballerosidad deportiva. La misma que había sido un culto, bajo la bandera de un Messi más maduro, líder y a carne viva.

Primero, un detalle que pasó desapercibido: Montiel debió darle la mano a Scaloni al ser reemplazado, más allá del inesperado cambio por Nahuel Molina. Luego, lo que vimos todos, pero tratamos de minimizar como acciones de juego, de un deporte de contacto. El puñetazo de Molina a Rodri, tal vez, empezó toda una serie de deslices, que incluyeron la bravuconada de Paredes (entró con una prepotencia fuera de lógica) con Gavi, el ímpetu de Thiago Almada, el “reclamo” de Nicolás Otamendi a Rodri y una serie de muestras de intemperancia que parecían sacadas de otra era. De otra selección. La Scaloneta siempre (siempre) tuvo otros valores, parecidos a los que inculcó el ciclo de Alejandro Sabella, otro subcampeón del mundo.

El golpe de Roberto Ayala a Dani Olmo (en el medio del desconcierto del final) es algo más profundo: el defensor formidable y respetuoso, convertido en ayudante, también perdió el control. Scaloni buscó la cordura en el medio de la efervescencia. Los españoles casi no reaccionaron a la ira: doble mérito de los flamantes campeones del mundo.

Fueron unos minutos, es cierto. Pocos, insignificantes, pero lo suficientemente trascendentes para que el mundo lo agigantara, mientras que en nuestro medio, se lo intentara tapar sutilmente debajo de la alfombra. Los medios internacionales (las redes sociales) castigaron con dureza a la Argentina. Por el fútbol desplegado en el Mundial (flaco de recursos en el juego y con un coraje digno de campeón mundial) y por las rencillas de la finalísima. Además de la actitud futbolera pasiva y el exceso de infracciones, aunque sólo la de Enzo Fernández mereció una tarjeta roja.

Aquí hay un punto central. ¿El mundo nos odia, nos envidia? ¿Vivimos en una realidad paralela? El ejercicio es simple: si en buena parte del planeta señalan las (supuestas) malas artes de la Argentina y en estas calles sólo lo tomamos con ironía, algo debemos revisar. No se trata de darles automáticamente la razón: solamente, de examinar nuestro comportamiento. Mirarnos al espejo. Tal vez, algo de todo lo que se dice (exageradamente, tantas veces), tengan razón.

La imagen de Messi (sus lágrimas aún conmueven: ¡qué será de nuestras vidas cuando no gambetee más!) y sus colegas de aventuras frente a los hinchas, el mundo lo tomó como que le dio la espalda a España en el momento de recibir las medallas. Francia, cuatro años atrás, se fue al vestuario. Si la Argentina se quedó (un noble gesto), ¿por qué no miró de frente al campeón e, inmediatamente después, se puso de frente a la gente?

Esta selección es el equipo de nuestras vidas. Los deslices del domingo en el que salió todo mal deberían quedar como el asterisco de la grandeza. El refugio de la unidad de los argentinos no merece este final.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/el-gran-legado-de-la-seleccion-argentina-tambien-deja-aspectos-a-revisar-nid21072026/

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