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El financiamiento venal de las emociones futboleras

Pocas dudas caben de que la masa de recursos financieros del ámbito del fútbol revelada durante las últimas semanas procede de la confluencia de diversos circuitos ilegales. Uno de ellos, el má...

El financiamiento venal de las emociones futboleras

Pocas dudas caben de que la masa de recursos financieros del ámbito del fútbol revelada durante las últimas semanas procede de la confluencia de diversos circuitos ilegales. Uno de ellos, el má...

Pocas dudas caben de que la masa de recursos financieros del ámbito del fútbol revelada durante las últimas semanas procede de la confluencia de diversos circuitos ilegales. Uno de ellos, el más deletéreo y subterráneo, opera en la zona sudoeste del GBA, espina dorsal de la tercera sección electoral. Una de las subregiones más pobladas del país: todo ese conjunto contiene a 5 millones de habitantes, donde se aúnan los segmentos más pobres con los enriquecidos desde la gestión pública local y sus pseudópodos empresariales y profesionales. Zona nuclear del viejo electorado obrero peronista transmutado en careciente, en el que convergen descendientes de trabajadores formales con exponentes de la clase media caídos del mapa social.

En la gigantesca PBA, el poder real reposa menos en el gobernador que en los intendentes. Estos son, en los hechos, minigobernadores, pero que –como estos últimos– padecen de un déficit fiscal endémico por la insuficiencia de sus recursos corrientes y los que perciben por la coparticipación provincial. Un síndrome de fondo que la política no registra, menos por necedad que por connivencia. La pobreza estructural acumulada durante el último medio siglo requiere de distintos dispositivos para mantener un orden social tenso y siempre en el límite. Así se probó en los grandes estallidos de 1989 y 2001, aunque hoy –signo de los nuevos tiempos–, desactivados por el reflujo de las representaciones colectivas construidas desde el ingreso en la democracia. Referentes comunitarios y punteros partidarios han sido reemplazados por administradores de emociones intensas en agregados sustitutos: desde religiosos hasta deportivos, y estos últimos, casi siempre asociados al narco.

En medio de familias fracturadas y escindidas por las redes sociales, el fútbol constituye una instancia de sociabilidad intensa, al punto de devenir una religiosidad de lealtades absolutas y gregarias. Sus sacerdotes son los barrabravas. Segundas y terceras líneas de los grandes clubes asumen el liderazgo de los locales, logrando el reconocimiento de la gran corporación futbolística nacional. Una vez legalizadas, los capos de las nuevas entidades no tardan en hacerse de una guardia pretoriana de seguidores que conforman un aparato indispensable para la política comunal. Para la tropa militante, las hinchadas rivales son merecedoras potenciales de exterminio expresado en murales, cánticos y en los operativos de seguridad para trasladar a los planteles.

Las barras proveen a los municipios de fuerzas de choque para la organización de actos partidarios, logística electoral y de fornidos “culatas” para los temerosos funcionarios también ubicados en la burocracia directiva de los clubes, coparticipando en los lucros junto con empresarios de distintos rubros. Algunos bifrontes, con una cara legal que eclipsa a otras ilegales o delictivas. La pasión requiere de estímulos; y estos facilitan las sustancias alucinógenas distribuidas por los pontífices del paravalancha. Sus clientelas los identifican, y luego se animan a ir a los barrios en donde hallan oferta permanente y de buena calidad.

Se constituye así una sociabilidad que trasciende los cortes socioculturales diluidos en clichés de moda del argot marginal y su estética musical identificada con la “fiesta”. La garantía de buena calidad procede de la instalación allí de “cocinas” que destilan la pasta básica importada del noroeste en clorhidrato de cocaína. Se guarnecen en los barrios pobres donde los olores tóxicos del procesamiento son tolerados por el miedo. Algunos clientes se postulan como representantes del aparato en otros barrios a través de sutiles bocas de expendio: desde domicilios hasta negocios pantalla como quioscos, cervecerías o pancherías.

Pero todo el sistema requiere la homologación de las autoridades formales que lo administran repartiendo cuotas, estableciendo límites, garantizando “territorios” y controlando calidad. En los mundos marginales se combinan un blend de psicofármacos, cocaína de baja calidad, marihuanas y alcohol. El consumo tiende a refinarse conforme asciende en la escala social. Por sucesivos eslabones, el insumo de la “mística” desciende desde el norte, acopiado y distribuido por referentes anónimos vinculados al poder. Este define, a su vez, jurisdicciones desagregadas entre clanes con sus zonas y despachos en continua movilidad geográfica.

La droga se caracteriza por dos requisitos: la estabilidad de su precio y la necesidad de un abastecimiento permanente. Y es allí donde el poder regula sus volúmenes en virtud de los requerimientos del “fisco negro”. Sus lucros han crecido tanto desde la salida de la cuarentena que se reparten con comodidad entre los carteles internacionales proveedores de materia prima y la comisión a los distintos garantes locales. Les permite amasar fortunas en las que convergen otros mercados asociados: desde el tráfico de armas hasta otras actividades como la prostitución, la trata, el juego ilegal, la producción textil clandestina y sus canales comerciales. Un verdadero manantial de dinero cuyos beneficiarios necesitan “blanquear”.

Y es ahí en donde se monta otro aparato constituido por abogados, contadores y administradores de empresas reales o ficticias, en condiciones de facturar. Pergeñan edificios de porte, cadenas gastronómicas y hoteles. Estas, a su vez, reinvierten sus utilidades en el interior de sus bloques de negocios cada vez más diversificados. A más extensión, más prosperidad para cientos de profesionales; aunque también la necesidad de reclutar testaferros. Un abanico de personas o familias de origen humilde que va desde los que son inconscientes del uso de su nombre hasta los “pillos”, a quienes se los eleva como titulares de yates, mansiones, firmas y financieras fantasmagóricas, clubes deportivos, etcétera.

Se los gratifica elevándolos a la “gloria” de la que creen participar merced a sus merecidos atributos forjados en los negocios de “la calle”. A la manera de dispendiosos dioses griegos, exhiben su magnificencia a sabiendas de que muchos allegados se sienten partícipes de su poder. Pero su ostentación de joyas, relojes, coches de alta gama, lujosas viviendas en countries –donde conviven con sus jefes o profesionales– devela su ruidosa y vulgar vanidad. Cuentan con la simpatía de sus subordinados, sobre los que ejercen una autoridad entre paternal y despótica.

Sus vecinos primigenios más sabios los contemplan como a “perejiles”, y adivinan su porvenir. Cuando la montaña rusa se dirija hacia abajo, serán los primeros en “ser pollo” junto con sus familiares y amigos convidados a una orgía tan “falopa” como las sensaciones del tendal de víctimas que su sistema deja en el camino. Porque la euforia alimentada por las pasiones huecas es pasajera; y así se van hundiendo en la compulsión que motiva sus finales trágicos. El lunfardo es, en ese sentido, sabio: “falopa” además connota estafa, artimaña fraudulenta.

Todo esto es también el síntoma sociocultural del cambio acaecido en el país durante el último medio siglo, patente en el sur del GBA: trabajadores y quienes están situados en los umbrales de la clase media –representados por sindicalistas prepotentes pero austeros y fieles a sus orígenes– convertidos en sobrevivientes gerenciados por un poder disfrazado de popular, pero que opera como lo que denuncia: una oligarquía conocedora de las “pasiones” indispensables para preservar su dominio parasitario.

Miembro del Club Político y de Profesores Republicanos

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-financiamiento-venal-de-las-emociones-futboleras-nid07012026/

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