El arte de dar oportunidades
Es 1981. Ben Stevenson recibe por una breve temporada en Texas a un bailarín chino que conoció el año anterior en su primera visita a Pekín; el joven viaja a America para hacer una experiencia ...
Es 1981. Ben Stevenson recibe por una breve temporada en Texas a un bailarín chino que conoció el año anterior en su primera visita a Pekín; el joven viaja a America para hacer una experiencia de tres meses con la exitosa compañía que dirige el caballero inglés: el Houston Ballet. Li Cunxin mira todo con ojos grandes, desde los objetos que facilitan la vida doméstica y los portarretratos en casa del maestro –donde, por ejemplo, posan los Bush, patrocinadores del elenco– hasta los edificios altos y espejados de una ciudad ubicada en ese corazón del capitalismo occidental del que instintivamente primero, siempre, deberá desconfiar. Una serie de flashbacks lo disparan a distintos rincones de su infancia como séptimo hermano de una familia pobre de campesinos laboriosos de Qingdao y le recuerdan, también, una fábula que le narraba su padre en aquella aldea: era el cuento de una rana que soñaba con salir del pozo y ver el mundo. Naturalmente, el régimen de Mao tiñe cada viñeta que llega a su memoria, con mayor nitidez sobre todo a partir del día aquel que una delegación oficial llegó a su escuela en busca de niños con potencial atlético para convertirlos en bailarines de ballet. Cunxin tenía once años cuando se separó de sus padres para entrenarse con estilo casi marcial en una disciplina que, no lo podía saber entonces, sería capaz de transformar su futuro.
Lo que sigue es la historia de El último bailarín de Mao, tal el título del libro que escribió la estrella internacional Li Cunxin y también del film que se basó en esas mismas páginas años más tarde (Bruce Beresford, 2009); es la proeza que liberó el talento de un artista para dejarlo expresarse y crecer. Es una fascinante biografía que, como ocurrió antes con Rudolf Nureyev (era 1961, en un aeropuerto francés, cuando el ruso dijo la famosa frase que cambió su vida: “Quiero quedarme y ser libre”) y con Mikhail Baryshnikov (de gira con el Ballet del Bolshoi, en 1974, pidió asilo político en Toronto), pone en juego los dilemas más profundos del ser humano, la pasión, la familia, el éxito y la política. Convertidos cada uno de ellos en desertores de la Unión Soviética y de China. No hace falta recordar las otras dos películas que son estandartes de esta suerte de subgénero cinematográfico: Sol de medianoche (Taylor Hackford, 1985) y El cuervo blanco (Ralph Fiennes, 2018).
En una historia donde, además de danza, hay romance, compañerismo y confianza ciega, tiene sentido reparar en un detalle: el VHS de Don Quijote (interpretado por Baryshnikov) que un profesor le deja de regalo a Cunxin cuando lo separan de su cargo por apreciar las cualidades de un artista sensible. Justamente con esa misma obra, una noche de verano en Houston alguien decidirá poner al novato en escena como reemplazo de un primer bailarín que acababa de lesionarse (cualquier parecido con el pasado inmediato, cuando Julio Bocca eligió a Romina García Vázquez, en su primer protagónico, para reemplazar nada menos que a Marianela Núñez en El lago de los cisnes, no es pura coincidencia). “¡Cómo va a aprender Don Quijote en tres horas, es un estudiante!”, le reclamaron a Ben Stevenson. El resultado de esa escena (también el de aquellas dos funciones en el Teatro Colón, donde algunos privilegiados vimos “el comienzo de algo”, una “promesa”) emociona y deja de manifiesto que tan importante como entregarse con el alma a lo que uno ama es que alguien te dé la oportunidad para hacerlo. Stevenson mira con orgullo al “estudiante” convertido en la gran figura de la noche ahora que todos aplauden de pie, y le promete que podrá volver a China. Antes deberá atravesar la hora decisiva, el momento más aciago.
Hoy, a los 65 años, y tras conducir por una década en Australia al Queensland Ballet, Li Cunxin es una celebridad: con meses de anticipación promociona el lanzamiento de su nuevo libro, The lucky son. La semana pasada, la noticia de la muerte de Ben Stevenson lo encontró con su esposa –Mary McKendry, también exfigura de Houston-, en la ciudad de Londres donde de joven se formó y bailó su mentor. En su cuenta de Instagram, el chino escribió: “Ben marcó una gran diferencia en la vida de muchos. Jamás sería la persona ni el bailarín que fui sin él. Siempre atesoraré sus recuerdos. Siempre lo extrañaré”.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-arte-de-dar-oportunidades-nid10042026/