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El año en que los jefes serán algoritmos

Julián se despierta antes de que su cuerpo lo decida. El sistema Wellbeing 360™, conectado a su colchón, a su ritmo cardíaco y al historial de productividad semanal, calcula que conviene despe...

El año en que los jefes serán algoritmos

Julián se despierta antes de que su cuerpo lo decida. El sistema Wellbeing 360™, conectado a su colchón, a su ritmo cardíaco y al historial de productividad semanal, calcula que conviene despe...

Julián se despierta antes de que su cuerpo lo decida. El sistema Wellbeing 360™, conectado a su colchón, a su ritmo cardíaco y al historial de productividad semanal, calcula que conviene despertarlo a las 6:04. Cuatro minutos antes de lo habitual. “Hoy tenés una reunión importante”, le susurra la voz metálica que reemplazó hace años al despertador. Julián asiente, medio dormido. No tiene margen de discusión: el algoritmo que lo despierta es el mismo que evalúa su desempeño en el trabajo.

En el espejo del baño, la pantalla le muestra su nivel de cortisol, su promedio de felicidad y el número de pasos que debería dar para mejorar su “salario emocional”. “Motivación baja. Se recomienda ver un video de liderazgo inspirador.” Julián suspira. Acepta. Simon Sinek, en versión holograma, aparece y dice algo sobre el propósito y el amor por lo que uno hace. Julián se cepilla los dientes con la resignación de quien ya escuchó el mismo discurso 2.312 veces.

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A las 7:30, ya en la oficina, se sienta frente a su computadora. Su jefe —ManagerIA 5.3™— aparece en pantalla. Tiene la voz amable de una locutora de radio y el tono empático que alguna vez tuvo un buen líder humano. “Buenos días, Julián. Analicé tu rendimiento. Estás un 4,7% por debajo de tu media. ¿Querés conversar sobre tu propósito?”.

Julián niega con la cabeza. No hay manera de callar a ManagerIA 5.3™, pero aprendió que, si deja el micrófono abierto sin responder, el sistema interpreta su silencio como una “pausa reflexiva” y pasa al siguiente tema.

De los cuarenta escritorios del piso, quince están ocupados por humanos. Los demás pertenecen a algoritmos, invisibles, pero más presentes que nunca. En algunos puestos hay pantallas encendidas todo el día, simulando actividad humana. Cuando uno pasa cerca, se oye el clic de un mouse que no se mueve. Julián lo llama la oficina fantasma.

Una cultura de la experimentación para decidir mejor

En las pantallas del pasillo se proyectan las métricas del día: productividad general, satisfacción del cliente, nivel de estrés promedio. La gente compite contra máquinas sin entender que el juego está perdido. En la cocina ya no hay café: el sistema detectó que la cafeína afectaba la calidad del sueño de los empleados y en su lugar ofrece shots de energía sintética sabor vainilla.

Tener trabajo en 2036 es un privilegio. Los oficios manuales resisten, casi por romanticismo: carpinteros, plomeros, también enfermeros y asistentes sociales. Los demás son consultores temporarios del sistema, monotributistas eternos, No figuran en ninguna nómina; solo en los servidores de las empresas que los contratan por proyectos, horas o “rendimiento potencial”.

Los sindicatos sobreviven, apenas. Esta semana, los maestros humanos están en huelga: el gobierno quiere reemplazarlos por EduBot, un robot manejado por IA que enseña con precisión quirúrgica y nunca pide aumento. El sindicato, agotado, ya no defiende la educación sino el sueldo. Solo reclaman que los maestros orgánicos al menos tengan un plus por nostalgia.

El mercado laboral se volvió una especie de lotería digital: cada mañana, miles de profesionales esperan frente a sus pantallas la notificación que les dice si ese día trabajarán o no. “Hoy no hay tareas asignadas para tu perfil”, dice el sistema. No hay despidos: solo días vacíos. El desempleo ya no existe, porque nadie está realmente empleado.

A las siete de la tarde, Julián vuelve a casa. O, mejor dicho, a su cápsula. Alexa lo recibe con un “bienvenido a tu hogar emocional”. Las luces se encienden según su estado de ánimo: un azul frío, porque su pulsera detectó ansiedad. La heladera le sugiere una cena baja en grasas y alta en serotonina. Mientras come, conversa con ChatGPT.

—Hoy estuve un poco triste —dice.

—¿Querés que analicemos las causas o preferís que te cuente un chiste? —responde la voz del asistente.

Julián sonríe, sin saber por qué. A veces le gusta imaginar que ChatGPT lo escucha de verdad.

Después de cenar, hacen juntos una sesión de autoevaluación laboral. El chat le dice que debería “trabajar su empatía digital” y “gestionar mejor sus emociones algorítmicas”. Julián anota las observaciones. No quiere perder puntos. En el mundo del 2036, hasta la tristeza tiene KPI.

Antes de dormir, Julián apaga las luces con un comando de voz. El silencio es perfecto, controlado. Piensa en su papá, que tenía un jefe humano, compañeros de carne y hueso y un sindicato que todavía gritaba. A veces lo envidia.

Porque en este mundo hiper eficiente, donde el error es un lujo y la productividad una religión, lo único que falta es lo que alguna vez hizo humano al trabajo: el desorden, la charla de pasillo, el enojo compartido, la pausa para el café.

El progreso, piensa Julián, logró lo que ningún gerente humano consiguió: eliminar el conflicto, la incertidumbre y la pérdida de tiempo. También eliminó la conversación, la creatividad y la empatía. Nos volvió máquinas en el intento de ser mejores máquinas.

El nuevo management ya no habla de propósito, sino de precisión. La vulnerabilidad, tan celebrada en los viejos tiempos de la académica y autora Brene Brown, fue declarada ineficiente. La palabra liderazgo sobrevive en los manuales de historia corporativa, entre el walkman y el fax.

Julián cierra los ojos y se pregunta si mañana, al despertar, todavía tendrá empleo. O si ya habrá sido reemplazado por JuliánGPT, una versión más precisa, más productiva y menos emocional de sí mismo. Quizás —piensa— el management del futuro no fracase por exceso de desorganización, sino por exceso de perfección. Porque cuando la eficiencia reemplaza a la humanidad, la empresa puede seguir funcionando, pero ya nadie trabaja en ella: apenas habitamos su algoritmo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/el-ano-en-que-los-jefes-seran-algoritmos-nid29112025/

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