Doña Flor y sus dos maridos: una apuesta suicida, una actriz inolvidable y un fenómeno que desafió la censura
Siempre hay que prestarles atención a las conversaciones de sobremesa. “Estábamos almorzando en un restaurante chino Jorge Amado, el director Glauber Rocha, mi hijo Bruno y yo. La conversación...
Siempre hay que prestarles atención a las conversaciones de sobremesa. “Estábamos almorzando en un restaurante chino Jorge Amado, el director Glauber Rocha, mi hijo Bruno y yo. La conversación se mantenía en torno al cine, Bahía y la literatura. Esa noche conversamos mucho e hicimos planes para varias películas, siempre teniendo en cuenta que el Cinema Novo, movimiento que estaba naciendo, debía ir al encuentro de una amplia comunicación con el público, evitando convertirse en un movimiento elitista. De comentario en comentario surgió la historia de Jorge Amado, Doña Flor y sus dos maridos. Sería un interesante trabajo llevar a la pantalla la tan pintoresca vida de la bahiana sensual que logró vivir feliz con sus dos maridos. No fue difícil que nos animáramos aún más sintiendo que el cine nacional estaba consiguiendo cada día más público. Esto fue alrededor de 1968”. El portador del recuerdo es Luiz Carlos Barreto, por entonces el productor audiovisual más importante de Brasil. Ahora, cincuenta años después de su estreno, la génesis del proyecto cobra una especial relevancia.
La novela Doña Flor y sus dos maridos, de Jorge Amado, había sido publicada en 1966, dos años antes de aquella charla. Por su mixtura de humor y erotismo, se convirtió en un éxito inmediato, al mismo tiempo que su autor revalidó sus credenciales de popularidad. En aquella charla -que, vale aclarar, había sido en París-, Glauber Rocha convenció a su amigo Luiz primero, y a Jorge Amado después, de que Doña Flor... podía ser un excelente film musical. Se pusieron de acuerdo con el escritor en el precio de los derechos (50 mil cruzeiros) y cerraron la operación.
Sin embargo, la idea enseguida se desmoronó, con el mismo entusiasmo con el que se había erigido: “Después de unos dos o tres meses -continúa el productor- Glauber me dijo: ‘Barreto, soy un poco loco, te puse en la cabeza la idea de hacer un musical, pero no sé hacer un musical, no puedo hacer esta película. Estás libre para buscar otro director’. Se lo propuse a Cacá Diegues, a Joaquim Pedro de Andrade, a Nelson Pereira dos Santos y todos me dijeron que no. Y ahí dije: “No hay problema, Bruno está listo para hacer Doña Flor”.
No fue un caso de nepotismo; bah, en realidad, sí, pero al menos tenía justificación. Bruno Barreto, el hijo de Luiz, por entonces tenía 20 años, pero un currículum que ya querrían muchos colegas mayores. A los 11 había estrenado su primer corto; a los 17, su primer largometraje: Tati, a garota; y a los 18 años. Un año después, con su segunda película, A Estrela Sobe (1974), fue reconocido por la crítica de su país como “la mayor revelación del cine brasileño hasta el momento”.
Papá productor tenía razón: Bruno tenía condiciones suficientes para ponerse al hombro el proyecto de Doña Flor..., y lo confió tanto como para quintuplicar su costo de producción, en relación a los números habituales de la época. Mientras una producción orillaba los 100 mil dólares promedio, en Doña Flor y sus dos maridos se invirtieron 450 mil (5 millones de cruzeiros entonces). Una apuesta suicida.
Un libro ignorado y una actriz que pasó a la historia“Tengo la certeza de que el espíritu de ‘bahianidad’ del libro se mantendrá. Si tengo confianza en un equipo, sé que harán la adaptación conservando las características fundamentales de la obra”, decía Jorge Amado en julio de 1972, cuando se le preguntaba si iba a participar de la adaptación al cine de su novela. Y es que la historia de Doña Flor -esa muchacha que, al quedar viuda del descontrolado y mujeriego Vadinho, reencuentra el amor en el farmacéutico Teodoro, persona buena pero conservadora-, iba más allá del encuentro de la protagonista con el fantasma de su primer esposo, y de aceptar que la felicidad completa era conservándolos a ambos. Había una pintura social, una potente mirada femenina insertada en los años 40, un humor sutil, mucho sexo y una crítica al conservadurismo y a los mandatos. Elementos nada fáciles de conjugar a la hora de llevar a la pantalla grande.
El equipo encargado de la traslación estuvo conformado por el propio director, Eduardo Coutinho y Leopoldo Serran, este último explicó que la línea de trabajo fue “olvidarse” del libro: “Adaptar una novela para el cine es una cosa. Adaptar una novela que tuvo cerca de un millón y medio de lectores es otra muy diferente. Cuando me reuní con Coutinho y Bruno para abordar por primera vez a Doña Flor, a Vadinho y a Teodoro Madureira, ya lo sabíamos. El fantasma de este inmenso público pronto comenzó a rondar el trabajo, exigiendo fidelidad, demandando escenas, personajes, tono y construcciones determinadas. No era broma. Yendo directo a los hechos, se trataba de la novela más vendida del escritor más popular de Brasil. Y si bien la cosa no llegó a intimidar, dejó al menos la inquietante sensación de una responsabilidad extra. Doña Flor... es una novela caudalosa, y en un ejemplo burdo podemos decir que una adaptación al pie de la letra resultaría en una película de seis horas más o menos. Y era nuestra tarea producir un guion sin que el viento se lo llevara. Eso acabó por exigir algunas decisiones radicales”.
Sin la absurda obsesión que hay hoy en día por no hacer enojar al “fandom”, el equipo se distanció del original, sin demasiada culpa y con mucha creatividad: “Eliminamos todo el noviazgo de Vadinho y Flor. En la película, el recuerdo del primer matrimonio comienza con la noche de bodas. Aunque eran escenas claves, ciertamente recordadas por los lectores. Lo que hicimos fue incorporar esas escenas dentro del período del matrimonio. De esta forma, el espectador que leyó el libro tendrá la impresión de que todo el affaire Vadinho-Flor está contado, lo que no es verdad. El noviazgo se perdió solo como estructura, pero se mantuvo totalmente como clima y con sus principales escenas. Otra decisión importante fue la sustancial reducción de la viudez y la introducción de Teodoro. Lo que funcionaba muy bien en el libro sería en la película algo inquietante en el ritmo. Pusimos la cuarta marcha lo más pronto posible y seguimos adelante. Nuestro trabajo terminó a principios de mayo del 74 en Salvador, cuando presentamos el guion a Jorge Amado. Al autor le gustó mucho el trabajo, considerando que la esencia de su libro había sido captada por el guion”.
Doña Flor y sus dos maridos se comenzó a rodar en septiembre de 1975, en Bahía. Para el trío protagónico se eligió a Sonia Braga (Doña Flor), José Wilker (Vadinho) y Mauro Mendonça (Teodoro). Braga venía de protagonizar en la televisión de su país, la exitosa novela Gabriela, en la que también trabajaba Wilker. “Sonia había quedado marcada por ese proyecto, porque había tenido un éxito increíble -recordaba el director Bruno Barreto-, entonces preferíamos no contar con ella. Probamos a todo el mundo, estuvimos casi un año haciendo tests. El tiempo iba pasando y no encontrábamos a nadie que nos gustara tanto como Sonia. Entonces se nos ocurrió caracterizarla: el corte de cabello, cambiarle el físico para volverla una señora ama de casa burguesa, lo contrario de Gabriela, que era aquella mujer salvaje. Y funcionó. Después quedó más identificada como Doña Flor que como Gabriela”.
Todavía hoy, medio siglo después de su estreno, dos elementos conectan directamente al espectador con Doña Flor y sus maridos: una es la presencia de Sonia Braga, la otra su canción principal, obra maestra que nació como uno más, pero quedó en la historia, a pesar de las controversias en torno a su autor.
Una canción inolvidableCompuesta por Chico Buarque -a pedido del director, que era fanático de él-, ¿O que será? fue un prodigio de poesía, melodía y letra, un texto que exponía con fina ironía, y basándose en temas presentes en el film, el contexto social del Brasil de entonces. La idea original era que, para la interpretación, se sumara Milton Nascimento.
Sin embargo surgió un problema: la banda de sonido de Doña Flor... sería lanzada por el sello Som Livre, Milton Nascimento estaba con Odeón y Chico Buarque con Polygram. “Tuvimos 500 problemas contractuales. Además, Milton tenía un empresario muy molesto, siempre creaba un problema -se ofusca en el recuerdo, Luiz Carlos Barreto-. En un momento, el propio Milton entendió lo que estaba pasando y nos dijo humilde: ‘Miren, están perdiendo tiempo. Si ustedes aceptan mi sugerencia, tengo una amiga que es jugadora de básquet, canta muy bien y ella puede hacer una bella interpretación”.
La deportista -que igualmente ya había incursionado en el mundo de la música- resultó ser Simone, quien con su delicada interpretación, terminó de cerrar el círculo virtuoso en torno a la banda sonora del film.
Lucy Barreto, también productora, fue quien más defendió su inclusión: “Pensé que una mujer cantando sería más adecuado que un hombre. Yo era partidaria de que fuera una mujer, y ella lo hizo tan lindamente ¿no? Era una gran cantora, gran artista. Aquel comienzo fue realmente determinante para su carrera. ¿Quién sabe? Quizás estaría jugando básquet hasta el día de hoy”.
Un rodaje ambicioso, cientos de extras, la lupa de los medios por lo que estaba pasando con la adaptación de uno de los libros más populares del momento. A pesar de la presión, la filmación de Doña Flor y sus dos maridos transcurrió sin contratiempos. Una vez terminado, todavía faltaba un muro que derribar para una historia que exudaba sexo y pasión: el poder de la censura.
Un presidente emocionado y la trompada a Robert De NiroEl trámite era simple, y Luiz Carlos Barreto lo conocía de memoria: con la película terminada, había que viajar a Brasilia, entregar el material en la dependencia gubernamental correspondiente, y esperar la decisión del comité censor, a cargo del ministro Armando Falcão: “A la película le hicieron doce cortes. Armando había sido compañero mío en Ceará. Cuando se enteró de que estaba allá peleando porque la liberen, pidió verla con alguno de sus colaboradores en el gabinete. Solo los hombres, sin sus mujeres. Al día siguiente me mandó un recado en el que confirmaba todos los cortes”. El intolerable pedido de censura desvirtuaba completamente la esencia de la película. En esas condiciones, Doña Flor y sus dos maridos no se podía estrenar.
Barreto no sabía qué hacer, hasta que encontró la solución o, mejor dicho, la solución se topó con él: “Fui aquella tarde a buscar la copia de la película, y me crucé a la hija del General Geisel -Lucy Geisel, hija del entonces presidente de Brasil, Ernesto Geisel-, a quien conocía. Le conté lo que me había pasado y me dijo: ‘Mañana es cumpleaños de mi mamá, y vamos a hacer una fiesta para ella con las amigas ¿Podrías mandar la película para que la veamos? Mi papá es el único hombre que va a asistir. Tengo la certeza de que la va a liberar’, así que se la mandé. Al día siguiente vino a mi hotel: ‘Mi papá adoró la película, y ya le mandó un recado a Armando Falcão para que la libere”. Un encuentro casual en un pasillo había decidido el destino de una de las películas más influyentes del cine de Brasil.
El único corte que se mantuvo fue el de una escena de sexo anal porque, según la censura, era: “Sodomía. Una práctica contraria a nuestras costumbres y moral”. Sin embargo, hasta esa batalla ganó Doña Flor. Según el realizador: “El corte se hizo solo en las copias, no tocaron el negativo. Así que la película pudo viajar por todo el mundo, y mostrarse como fue hecha originalmente”. Así fue, Doña Flor y sus dos maridos viajó por el mundo, encontrando en cada estreno, fascinación, polémica y controversia, en partes iguales. Y hasta un escándalo con un astro de Hollywood.
Luego de la primera proyección en Nueva York, elenco e invitados se trasladaron a una fiesta en honor del film, en el mítico Studio 54. Entre los presentes estaban Robert De Niro, Liza Minnelli y Bianca Jagger. Pero ya de madrugada, un De Niro completamente borracho comenzó a ponerse intenso con Sonia Braga, fascinado por lo que había visto en pantalla, y también en persona. El fotógrafo Antonio Guerreiro, entonces novio de Sonia, lo encontró en el baño del lugar, decidió poner las cosas en su lugar y le dio una trompada en el medio de la cara. A partir de ese momento, el futuro Toro Salvaje no molestó nunca más a la actriz.
Durante 34 años, Doña Flor y sus dos maridos fue la película brasileña más vista en su país. Mucho más que un film, un fenómeno social sin precedentes, basado en una novela que llegó a tener alcances inesperados. Fue candidata al Globo de Oro; en Broadway inspiró una puesta musical a cargo de Mitch Leigh y Richard Nash llamada Saravá; también la remake estadounidense de 1982, Mi adorable fantasma (Kiss Me Goodbye), dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Sally Field, James Caan y Jeff Bridges. En nuestro país, por su parte, también fue motivo de una controversia. En mayo de 1983, su adaptación teatral fue suspendida, el teatro clausurado y sus protagonistas, Ana María Cores, Adrián Ghio, y el director, José María Paolantonio, procesados por “brindar un espectáculo obsceno”. Doña Flor dio para todo.
Medio siglo después de su nacimiento, sería injusto decir que la película Doña Flor y sus dos maridos superó a la novela que le dio origen. Pero sí, que se ha colocado a la par, a fuerza de méritos artísticos, convicción y compromiso.