Depresión en los más chicos: el rol irremplazable de los adultos
Hablar de depresión en niños y adolescentes puede producir incomodidad, dar miedo o provocar rechazo. En paralelo, los chicos suelen no saber -o no poder- poner en palabras lo que les pasa. A vec...
Hablar de depresión en niños y adolescentes puede producir incomodidad, dar miedo o provocar rechazo. En paralelo, los chicos suelen no saber -o no poder- poner en palabras lo que les pasa. A veces no están tristes, están irritables. No lloran, se aíslan. No se apagan del todo, dejan de disfrutar aquello que antes les daba placer. Cambian sus rutinas, su forma de vincularse, su modo de estar en el mundo. Y eso no siempre se nota de inmediato.
La adolescencia, además, es una etapa de por sí compleja. Los estados de ánimo fluctúan, el desgano puede confundirse con la apatía propia de la edad y terminar relativizándose: “Es normal”, “Ya se le va a pasar”.
La cuestión es que los adultos significativos tenemos un rol central a la hora de leer cómo transitan estas etapas vitales, entendiendo que son momentos de transformaciones físicas y emocionales que muchas veces desbordan su capacidad de procesamiento.
El consejo es prestar atención y observar si hay modificaciones en su estado y en sus hábitos, tomando siempre su propio parámetro. Revisar qué pasa en la casa, en la escuela, en los vínculos. Escuchar, aunque no haya palabras claras, y estar disponibles para sostenerlos. Algunas pistas pueden orientarnos para diferenciar un estado de tristeza transitorio de un cuadro depresivo: que los cambios en el patrón habitual se prolonguen en el tiempo (alrededor de dos semanas), afecten distintos aspectos de la vida cotidiana -escuela, familia, amigos, actividades recreativas- y se acompañen de una pérdida de interés por aquello que antes generaba disfrute.
Comprometerse con el malestar de un niño o adolescente requiere despojarse de preconceptos para poder mirar a los ojos con una escucha abierta, entendiendo que es un ser individual, con pensamientos propios, emociones, vulnerabilidades y fortalezas. Pero también que forma parte de un sistema familiar y social.
Ese malestar es el que nos motiva a los adultos a reflexionar, que nos invita a revisar certezas y estar permeables a introducir los ajustes necesarios. Incluso, a pedir ayuda si creemos que no tenemos las herramientas para intervenir de manera adecuada.
En mi experiencia, hay una gran diferencia entre trabajar con niños que cuentan con una red que sostiene, acompaña, se amolda y se anima a cambiar, y hacerlo con aquellos que no.
La palabra y la mirada del adulto siempre son significativas, pero también lo es el silencio. Cuando un niño o adolescente percibe que del otro lado hay juicio, minimización o indiferencia, se retrae. Cuando siente que hay un adulto disponible -aunque no tenga todas las respuestas-, se habilita algo fundamental: la posibilidad de pedir ayuda.
Pedir ayuda, justamente, es parte de la responsabilidad adulta. A veces alcanza con pequeños cambios y mayor escucha; otras, es necesario recurrir a profesionales y trabajar en red con la escuela, el sistema de salud y el entorno cercano.
Lo importante es no correrse de la escena. La comunicación, la escucha, el tiempo, la paciencia y la capacidad de lidiar con la incertidumbre y la frustración se ponen en juego ante la impotencia, la angustia y la preocupación que genera ver a los chicos “apagados”. Acompañarlos implica involucrarse en un proceso de revisión de hábitos familiares, exigencias, modos de comunicación, presencias y ausencias.
La depresión en los más chicos se resuelve con adultos presentes, atentos y comprometidos. Sabiendo que nos interpela en lo más profundo, es necesario tomar conciencia de la importancia que tiene ocupar el rol de referentes y habitar el momento, incluso cuando lo único que parece existir es incertidumbre. No es fácil, pero es la llave para ayudarlos a reconectar con la vida.
Psiquiatra infanto juvenil, directora de la carrera de especialización en Psiquiatría Infanto Juvenil de la Universidad Hospital Italiano y jefa del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano