Del impacto político a los relatos íntimos: así fueron las dos visitas papales a la Argentina, según las crónicas de LA NACION
El recuerdo popular parece indicar otra cosa. Sin embargo, el país no tiene una larga tradición de visitas papales. De hecho, León XIV va a ser el segundo Papa en visitar el país y su estadía ...
El recuerdo popular parece indicar otra cosa. Sin embargo, el país no tiene una larga tradición de visitas papales. De hecho, León XIV va a ser el segundo Papa en visitar el país y su estadía en la Argentina va a significar la tercera visita papal en toda la historia.
La explicación probablemente se encuentre en el fervor popular y el significado emotivo que tuvieron las dos visitas de Juan Pablo II, la primera durante la Guerra de Malvinas y la segunda en 1987, para celebrar, dos años y medio después, el acuerdo de paz alcanzado con Chile, que, tras años de negociaciones en el Vaticano, puso fin a la disputa por el Canal del Beagle.
Esas dos visitas fueron para los argentinos como un abrazo multitudinario del “mensajero de la Paz”, como se lo apodó. El representante de Cristo en la tierra no solo miraba lo que estaba ocurriendo en estas latitudes, sino que se involucró como mediador y facilitador para alcanzar la paz. En su visita de 1982 —llegó tres días antes del final de la Guerra de Malvinas— y, especialmente, en la de abril de 1987 —el país tenía una democracia joven que necesitaba respaldos—, el Pontífice recorrió el país y movilizó a millones de personas en torno a un pedido en común.
El viaje relámpago y su mensaje desde EzeizaEl primero fue un viaje relámpago de apenas 31 horas, pero de una intensidad emocional difícil de olvidar. Corría junio de 1982. Eran los últimos días de la guerra con Inglaterra por las Islas Malvinas, aunque nadie lo sabía. A fines de mayo, el Papa debía cumplir una visita programada a Gran Bretaña. Muchos le recomendaron aplazar el viaje, pero él no quiso dar ese mensaje. En cambio, redobló la apuesta. Para que nadie interpretara su visita como un respaldo a uno de los dos países en guerra, decidió anunciar que también visitaría la Argentina. En muy poco tiempo, desde el Vaticano tuvieron que organizar esta visita exprés. El Sumo Pontífice estaba convencido de que su misión pacificadora tendría un impacto sobre el conflicto. Y así fue.
El 11 de junio, el avión papal tocó suelo argentino. Al pie de la escalinata en Ezeiza, la escena que impactó: el presidente de facto, Leopoldo Fortunato Galtieri, se arrodilló para saludarlo. Era la postal de un régimen acorralado que buscaba en la bendición del Papa una tregua. Pero Juan Pablo II desplegaba su propia estrategia. Había llegado con el objetivo claro de lograr la paz. Tras los saludos protocolares, el Papa caminó hasta la tarima desde la que iba a dar su primer discurso en tierra argentina. Las crónicas de la época dan cuenta de que mientras el Sumo Pontífice caminaba, un fuerte viento cruzaba la explanada de Ezeiza. La escena era icónica.
“Permitidme que desde este momento invoque la paz de Cristo sobre todas las víctimas de ambos bandos del conflicto bélico entre la Argentina y Gran Bretaña. Que muestre mi afectuosa cercanía a todas las familias que lloran la pérdida de algún ser querido”, dijo Juan Pablo II, desde esa tarima en Ezeiza. Y solicitó a los dos gobiernos y a la comunidad internacional medidas aptas para “evitar daños mayores, sanar las heridas de guerra y facilitar el restablecimiento de los espacios de una paz justa y durable”
Fueron horas febriles. El Santo Padre se movilizó en un papamóvil especialmente fabricado por el Automóvil Club Argentino (ACA). Tras reunirse con Galtieri en la Casa Rosada, continuó su recorrido hacia el Arzobispado de Buenos Aires, junto a la Catedral Metropolitana. Fue justamente en el camino, en la calle, donde se desató el verdadero fervor popular por la visita.
Aquella misma tarde del 11 de junio, el Papa partió hacia el Santuario y Basílica de Nuestra Señora de Luján. Para trasladarse desde la Basílica de la Virgen de Luján hasta la estación de trenes, no usó un vehículo blindado, sino que viajó junto a un grupo de prelados argentinos en el interno 1 del colectivo de la línea 501. Así, a bordo de ese colectivo, entre la devoción de los obispos y el afecto de los vecinos, Juan Pablo II tomó contacto de primera mano con la realidad de los argentinos.
Al día siguiente, el sábado 12 de junio, la multitud desbordó todas las previsiones. En Palermo, frente a un gigantesco escenario erigido delante del Monumento de los Españoles, se congregaron más de dos millones de personas. No importó el frío ni el mal tiempo. Había cantitos y festejos, pero cuando el Papa tomó la palabra, se hizo un silencio conmovedor. “Estoy a punto de concluir la visita a vuestro querido país, que he emprendido en nombre de la paz en momentos dolorosos de vuestra historia”, dijo frente a la multitud, que cantaba y lloraba. Apenas dos días después de su partida, el 14 de junio, la guerra de las Malvinas llegó a su fin, con la derrota de las tropas argentinas. Aquellas 31 horas del “mensajero de la Paz” en la Argentina fueron un bálsamo frente a tanto dolor.
“La decisión del Papa de viajar a la Argentina fue una determinación muy osada y valiente. En pocos días y con un margen de maniobra inusitadamente estrecho, el Vaticano se vio en la obligación de ejecutar una de las operaciones diplomáticas más audaces y delicadas: improvisar el viaje del sumo pontífice a una nación en guerra”, dice una de las crónicas posteriores, publicadas por LA NACION.
Cuando se despidió, el Papa anunció que lo volverían a ver muy pronto. Y así fue.
1987: euforia, un mensaje indirecto y la emotiva jornada de la juventudCinco años más tarde, cuando el vuelo de Juan Pablo II aterrizó en el Aeroparque Jorge Newbery, el panorama y el clima político y social eran completamente distintos. Era el 6 de abril de 1987. Habían pasado cuatro años desde la recuperación de la democracia. El presidente Raúl Alfonsín encabezaba el comité de recibida de esa visita pastoral de seis días que llevó al Pontífice a recorrer diez ciudades: Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario. En jornadas frenéticas, el Papa llegó a pisar tres ciudades en un solo día.
Al descender en Aeroparque, besó el suelo argentino y se le voló el solideo. Allí lo esperaba toda la comitiva de autoridades argentinas. Acababa de venir de Chile, donde sus mensajes sobre la “cultura de la muerte” habían calado hondo ante el régimen de Augusto Pinochet. “Gracias por visitar esta tierra que tanto os debe”, fueron las primeras palabras de Alfonsín. Emocionado, Juan Pablo II respondió expresando su “profunda alegría y gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina”, ratificando que volvía “para seguir cumpliendo la misión de evangelizar y ser maestro de la fe”.
Detrás de la solemnidad protocolar, los preparativos de entrecasa en la Casa Rosada dejaron perlas imperdibles. En el Salón Blanco se decidió levantar nada menos que dos metros una imponente araña de 198 luces, ya que su estructura obstruía la perspectiva del palco de prensa. Además, dadas las exigencias del itinerario, se acondicionó una sala de primeros auxilios a pocos pasos del despacho presidencial.
El Papa visitó primero la Catedral Metropolitana; después, la sede del Arzobispado, y, finalmente, cruzó hasta la Casa Rosada a bordo del Papamóvil. Allí, el presidente Alfonsín lo esperó en la escalinata sobre la calle Rivadavia para subir juntos hasta su despacho, donde tuvieron un encuentro privado. Alfonsín le obsequió un rosario confeccionado en plata y rodocrosita.
Juan Pablo II en la Argentina: así fue su histórica visita de 1987, la última de un Papa al paísEn el Salón Blanco, frente a dirigentes, miembros del gobierno, legisladores e integrantes del Poder Judicial, el Sumo Pontífice hizo una mención indirecta a la ley de divorcio que el país se aprestaba a votar. “Corresponde ciertamente al Estado prestar una particular atención a la moralidad pública, a través de oportunas disposiciones legislativas, administrativas y judiciales, que aseguren un ambiente social de respeto de las normas éticas, sin las cuales es imposible una digna convivencia humana”, dijo.
El momento más tierno en la Casa de Gobierno se vivió cuando Juan Pablo II conoció a los 18 nietos de Raúl Alfonsín. El Santo Padre saludó a cada uno, repartiendo rosarios y llaveros bendecidos. La emoción del instante entró en jaque cuando alguien preguntó por qué lloraban los niños. El problema era que no había souvenirs para todos. Alfonsín lo acompañó hasta el balcón de la Casa Rosada. Unos metros antes se detuvo y le dijo: “Aquí lo dejo yo”. Del otro lado, la plaza estallaba.
La gente se había congregado desde muy temprano y la espera se había hecho larga. La multitud era entusiasta, pero el cansancio se empezaba a sentir. Cuando la demora se estiraba, el ingenio se traducía en cantos: “¡Borombombóm, borombombóm, queremos al Papa en el balcón!”. Cuando el cielo empezó a amenazar con tormenta, el canto tuvo su segunda versión: “¡Borombombóm, borombombóm, antes que llueva, la bendición!”
Durante el viaje de Juan Pablo II, la relación con la gente fue en in crescendo. Las crónicas de la época señalan que sus primeros discursos no desataron de entrada un fervor masivo: al hablar sobre el impacto de la inmigración en sus intervenciones iniciales, los cronistas notaron cierta distancia respecto del sentir popular del momento.
Sin embargo, el entusiasmo colectivo creció a medida que se multiplicaban los encuentros. El pico de emoción se alcanzó en la II Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que se hizo durante su paso por Buenos Aires. A punto de cumplir 67 años, Juan Pablo II demostró un carisma enorme para dialogar con los jóvenes.
La noche del sábado 11 de abril, una marea humana cubrió la avenida 9 de Julio, desde la avenida Santa Fe hasta el Obelisco. Entre banderas y guitarras, cientos de miles coreaban el histórico: “¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!”. El domingo 12 de abril fue el día del cierre con un multitudinario acto al que concurrió un millón de personas, que lo aguardaban en la 9 de Julio para la misa de Ramos.
Durante los seis días de estadía, el Papa dio 26 mensajes pastorales ante un total de casi cuatro millones de personas. Habló de una reconciliación auténtica, de la unidad familiar, del valor de la vida y de la dignidad humana. Se reunió con sacerdotes, laicos, sindicalistas, empresarios, campesinos, enfermos y comunidades aborígenes. Para sus desplazamientos por el país, la comitiva utilizó tres papamóviles, incluyendo el histórico vehículo diseñado por el ACA en 1982.
La visita de 1987 dejó una huella profunda en el corazón de los argentinos y también quedó enmarcada en una coyuntura política vertiginosa. Apenas unos días después de la partida de Juan Pablo II, la democracia enfrentó la primera rebelión militar de los Carapintadas, que puso en jaque al gobierno de Alfonsín. Dos meses más tarde, en junio, el Congreso de la Nación sancionó la ley de divorcio vincular.
El conflicto en el Canal de BeagleEl papa Juan Pablo II, que asumió su pontificado en 1978, fue clave para la solución pacífica del conflicto por el Beagle con Chile. Hacia mediados de diciembre de 1978, el conflicto de límites entre la Argentina y Chile por la zona del canal de Beagle había llegado a su punto más crítico. Las negociaciones entre ambos países estaban virtualmente cortadas y había comenzado la movilización de tropas hacia la zona. Todo parecía indicar que el proceso estaba fuera de control.
El 22 de diciembre, un breve anuncio de prensa formulado en el Vaticano encendió una tímida esperanza. El anuncio decía simplemente que un delegado del Papa iba a visitar en los próximos días Buenos Aires para colaborar en la búsqueda de una solución pacífica. “Fue sin dudas Juan Pablo II quien asumió personalmente la responsabilidad de dar ese primer paso. Cuatro días después llegó a Buenos Aires el hombre que sería el artífice de las coincidencias que se abrieron, que abrieron el camino de la paz, el cardenal Antonio Samoré. Fueron años de negociaciones. El acuerdo se firmó finalmente el 24 de noviembre de 1984, en el Vaticano.