De residencia familiar a obra de arte: la casa pionera en Valeria del Mar que apuesta por las reuniones y la creación permanente
VALERIA DEL MAR (Enviada especial).- “Desde el primer ladrillo pensamos que esta casa iba a estar abierta al público. No era solo para vivir: queríamos hacer algo con otros”. Lo dicen en diá...
VALERIA DEL MAR (Enviada especial).- “Desde el primer ladrillo pensamos que esta casa iba a estar abierta al público. No era solo para vivir: queríamos hacer algo con otros”. Lo dicen en diálogo con LA NACION, sentados a la mesa, uno al lado del otro. Norma Pedrotti y Mario Risé se miran mientras hablan, con una complicidad que no necesita subrayarse: hay una mirada de enamorados que aparece cada vez que uno completa la frase del otro o corrige un detalle mínimo del recuerdo compartido. La mesa está rodeada de colores, objetos intervenidos, cerámicos pintados, muebles reciclados. Afuera se escucha el viento entre los árboles. Adentro, la sensación es clara: al cruzar el umbral, se entra en otro mundo. No hace falta decirlo; se percibe.
La casa se llama El ojo y el diamante. Está en Valeria del Mar y es, al mismo tiempo, vivienda familiar, espacio cultural, taller, sala de conciertos, aula, galería y punto de encuentro. Fue fundada en 2014 por el artista plástico Lucas Risé y hoy está dirigida por su madre, Norma, pianista, docente y anfitriona natural. El proyecto es familiar: además de Lucas y Norma, participan Carolina Risé (hija, directora de cine y psicóloga) y Matías Risé (hijo, abogado). Cada uno desde su lugar, cada uno con su saber.
“Nosotros nos conocemos desde la adolescencia. Vivíamos en 25 de Mayo, en la provincia de Buenos Aires”, dice Norma. “Allá hicimos toda nuestra historia de vida”. Se fueron a estudiar, a trabajar. Volvieron. Se casaron. Tuvieron tres hijos. “Matías, el mayor, que vive en Capital, es abogado. Lucas es el diseñador gráfico, el que se dedica a las artes plásticas. Y Carolina es directora de cine y psicóloga”, enumera.
La idea de mudarse a la costa no fue impulsiva. Mario la venía pensando desde hacía tiempo. “Yo trabajaba en el Banco Provincia y había conocido un poco la zona por traslados. Siempre tuve la idea de vivir cerca del mar. Cuando vi que me faltaba poco para jubilarme, pedí el traslado”. Primero fue Villa Gesell. Después, casi por casualidad, Pinamar. “Llegamos en una época en la que terminaba la temporada y era muy difícil conseguir alquiler. Por intermedio de un amigo conseguimos acá”, recuerda. Vivieron siete años en Pinamar.
Norma lo vivió como un cambio profundo. “Nuestros padres ya no estaban. Nos quedaba poca familia en 25 de Mayo. Nuestros hijos estudiaban en Buenos Aires. Dijimos: ‘bueno, vamos a experimentar’. Los dos éramos andariegos”. Ella era profesora de geografía, había estudiado música y bellas artes, y consiguió traslado con su cargo. “Trabajé acá como profesora y fui secretaria del instituto también. Ya de por sí es un cambio fuerte, hasta de aire. Tener el mar cerca, los árboles, es otra energía”.
En 2005 compraron el terreno en Valeria del Mar. En 2006 empezaron a construir. “La casa la hicimos nosotros. La dibujamos, la dirigimos. Tuvimos personal que levantaba, pero la idea fue nuestra”, explica Mario. Desde el inicio, la intención estaba clara: no sería solo una casa privada. “Ya desde la base pensamos que iba a estar abierta al público. Estábamos los dos jubilados y queríamos hacer cosas”, dice Norma.
El crecimiento fue lento, sin créditos, con jubilaciones y trabajos docentes. “Íbamos avanzando de a poco. Hubo épocas en las que se podía más y otras menos”, cuenta Mario. Primero se levantaron dos módulos, uno adelante y otro al fondo. Después se unieron y, en el medio, quedó la casa. Se mudaron alrededor de 2008. Doce años atrás empezaron a abrirla de manera constante al público.
La intervención artística llegó con el tiempo y, muchas veces, por sorpresa. Lucas, que siempre vivió entre viajes y residencias en el exterior, venía seguido. “Siempre hacía algo. Pintaba cuando nosotros no estábamos. Volvíamos de vacaciones y encontrábamos toda la casa pintada”, recuerda Norma, entre risas. Mario confiesa que al principio se asustaba: “No veíamos el proceso, solo el resultado”. Ella, en cambio, se emocionaba: “Yo decía hermoso, hermoso”.
La cocina guarda una de las historias más singulares: los azulejos de vidrio. “Son azulejos que traían los barcos a Uruguay como contrapeso, cuando venían a buscar café, alrededor de 1900. Cuando cargaban, los tiraban a la playa”, explica Norma. Lucas encontró algunos, empezó a cavar y aparecieron muchos más. “Los traía en bolsos. Detrás de cada azulejo está la fecha y el nombre de la familia francesa que los hizo”. No hay dos iguales. No hay otra cocina igual.
El piano fue un momento de tensión. “El piano no se pintaba”, dice Norma, y se ríe. Lucas había avisado que quería intervenirlo. Ella llamó al afinador: tapar la porosidad de la madera podía alterar el sonido. “Pero no pasó nada. El sonido quedó perfecto”. Hoy el piano pintado es una de las imágenes más recordadas del lugar.
Nada quedó afuera de la lógica artística: paredes, techos, pisos, muebles, escaleras. Mario aprendió sobre gas, plomería y herrería. “Hice cursos. Todo lo que hay acá lo hacemos nosotros. Si hay que arreglar algo, lo hago yo”, dice. Norma trabaja vitrofusión, mosaiquismo, pintura sobre tela. Hay una obra hecha con 3800 tachas de tapicería, colocadas una por una. Hay muebles que viajaron a California, Alemania, Estados Unidos y Qatar. “Los embalamos nosotros. Todo con fenólico. Llegaron bien”, cuenta Mario, con orgullo.
El nombre El ojo y el diamante surge de una obra de Lucas. Norma la explica: “Hay una figura que observa su propio corazón. Algo lo ataca, lo hiere. Pero de esa herida sale un diamante. La lágrima lo transforma”. Cada uno ve algo distinto. “Ese es el arte”, dice. La obra dio identidad a la casa y al proyecto.
En 2013 el espacio fue declarado de interés municipal y turístico. Fue la primera casa de artistas del partido de Pinamar. “Después aparecieron varias más, pero esta fue la pionera”, señalan. La diferencia es clara: acá viven. “No es un espacio montado. Es nuestra casa”, dice Norma.
Durante el año reciben a chicos de jardines, de escuelas primarias, de secundarias y de universidades, que hacen talleres y recorridos. También eventos musicales y literarios. “Adaptamos todo según el clima, la cantidad de gente, la actividad. Movemos muebles, abrimos al patio, cerramos cortinas”, explica Mario.
Hace poco sumaron una experiencia gastronómica experimental: la “cocina de abuelos”. Inspirados en una película, organizaron un almuerzo para doce personas que no se conocían entre sí. Celulares apagados. “Queríamos despertar los cinco sentidos”, dice Norma. Cocinaron 120 sorrentinos, estofado, flan casero. Hubo piano, canciones italianas, valses, tango. Edades entre 24 y 87 años. “Se armó una mesa como las de antes. Nadie se quería ir”.
Aclaran: no es un restaurante ni un bar. “Son experiencias culturales”, repite Norma. Por eso, también seleccionan las propuestas artísticas. “La gente que viene es exigente. Buscamos calidad, no cantidad”. Este año decidieron bajar la cantidad de eventos grandes y apostar a formatos más íntimos.
Cuando la última persona se va y la puerta se cierra, queda el silencio. “Es un silencio lleno. Sabemos vivir en él porque ahí producimos”, dice Norma. Ella tiene 76 años. Mario, 78. “Nuestros hijos nos extendieron la vida con esto”, dice ella. “No tenemos sofá. Estamos en movimiento permanente”.
Las visitas duran dos horas o más. Se toma té, se conversa, se escucha piano, se recorren los espacios. “No mostramos: acompañamos”, resume Norma. Quizás por eso, cuando alguien entra, no siente que está en una casa ajena. Siente, simplemente, que entró en otro mundo.