De los autos de Illia a los aviones de Adorni: privilegios y poder
Un hecho aparentemente menor, como el viaje de una esposa en el avión presidencial, ha abierto una grieta en la narrativa del poder.Lo que instala el caso de Manuel Adorni es una duda sobre...
Un hecho aparentemente menor, como el viaje de una esposa en el avión presidencial, ha abierto una grieta en la narrativa del poder.
Lo que instala el caso de Manuel Adorni es una duda sobre la veracidad y la consistencia del relato mileísta en aspectos tan sensibles como los de la austeridad, el cuidado en la administración de los recursos del Estado, la transparencia y la ética pública.
En una entrevista en LA NACION que le hizo Pablo Mendelevich hace tres semanas a Leandro Illia, este cuenta que su padre, apenas dejó la presidencia, tuvo que vender el auto, un Bergantín, para pagar la internación de su madre, que se había tratado de un cáncer en Houston, Estados Unidos. Pero cuenta otro detalle “automovilístico”: dice que su hermana, Emma, se casó en 1965, mientras su padre ocupaba el sillón de Rivadavia, e hizo una austera celebración en Olivos. Oberdan Sallustro (una figura sobre la que acaba de escribir un gran libro Pablo Sirvén) le mandó un Fiat de regalo y el padre ordenó devolvérselo de inmediato. Era otro país, es cierto: la policía y los militares podían desalojar a empujones a un presidente constitucional (como le pasó al propio Illia en el 66), pero la decencia, la austeridad y el buen ejemplo eran valores vigentes en la dirigencia en general. La AFA, por ejemplo, era presidida por un reconocido profesor, Raúl Colombo, que antes había sido rector del Colegio Nacional Mariano Moreno. ¿Qué pasó entre aquel país que honraba aquellas virtudes y esta Argentina en la que se revolean vuelos privados, lujos difíciles de explicar, festejos de jueces en mansiones ostentosas e invitaciones de privilegio en el avión oficial? En el medio del Bergantín de Illia y el taxi aéreo de Adorni estuvieron la Ferrari de Menem, la pista de Anillaco y la obscena utilización kirchnerista del Estado en beneficio propio. Se consolidó una cultura del poder asociada a la idea de privilegio. En el gobierno de Alberto Fernández eso quedó expuesto en postales tan groseras como chocantes: la fiesta clandestina en Olivos en plena cuarentena o el vacunatorio VIP. Del hartazgo que provocó todo eso nació la cruzada de Milei “contra la casta”. Los hechos alrededor de Adorni instalan ahora un interrogante que excede la dimensión anecdótica: ¿esa cultura es contagiosa?
El episodio merece ser desmenuzado porque reveló algo más que un asiento de privilegio en el Tango 01. Quedaron en evidencia la escapada en avión privado a Punta del Este, la falta de información sobre la lista de pasajeros en el vuelo presidencial y, como si fuera poco, el protagonismo en la grilla de la TV Pública de un amigo íntimo del jefe de Gabinete. Surgen, inevitables, varias preguntas incómodas. La primera y más elemental: ¿Adorni contrataba aviones privados para escapadas familiares de fin de semana antes de ser funcionario? Los datos conocidos (desde su salario y su declaración jurada de bienes hasta su trayectoria laboral previa en el sector privado) sugieren que no. Pero, en todo caso, es algo que no ha respondido. Otra pregunta: ¿por qué se omitió la información oficial sobre los pasajeros del avión presidencial y recién se reconoció que había viajado la esposa del jefe de Gabinete cuando su presencia fue advertida por la prensa? ¿Por qué el jefe de Gabinete no ha mostrado la factura del vuelo que contrató para viajar a Uruguay?
Hay que recordar que el presidente Milei limitó por decreto los alcances de la ley de acceso a la información pública. Si se conjuga aquella decisión con lo que vemos ahora alrededor del affaire Adorni, pero también del caso $LIBRA, es inevitable preguntarnos si no rigen en el poder una voluntad de ocultamiento y una cultura de la opacidad, escondidas detrás de una retórica inflamada y un dedo levantado que sobreactúa lo contrario.
Las torpes reacciones que provocó el episodio de Adorni en el propio oficialismo también son muy reveladoras. Olvidemos la palabra “deslomarse”, aunque quedará –probablemente– en la memoria colectiva como una de esas frases penosas, pero a la vez desopilantes, que suele regalar el poder. Cuando los ministros salieron “en cadena” a “bancar” al funcionario en apuros, se vio cómo opera el disciplinamiento interno, donde la orden de “cerrar filas” y actuar con “uniformidad” remite más a las culturas colectivistas y ultraverticales que a los espíritus rebeldes de los libertarios. A pesar de estar atravesados por internas palaciegas a cielo abierto, todos los integrantes del Gobierno actuaron como soldados cuando recibieron la orden de respaldar a Adorni. El jefe de Gabinete lo describió así en una entrevista con Forbes: “No importa lo que pase; estamos todos juntos”. ¿No importa lo que pase? ¿Quiere decir que el oficialismo está dispuesto a “bancar” cualquier cosa si se trata de “los propios”? ¿Y que es capaz de perdonar hacia adentro lo que condena y cuestiona hacia afuera? Son más interrogantes que se desprenden del affaire Adorni y que sugieren la existencia de una doble vara en la cultura del poder.
El Presidente, mientras tanto, justificó el viaje de la esposa de su funcionario con el argumento del “costo marginal”. Aludía a que el avión oficial volaba igual, y que ocupar un asiento que hubiera estado vacío no implicaba una erogación diferencial para el Estado. La teoría resulta por lo menos discutible, porque, por mínimo que sea, un pasajero adicional siempre implica un costo extra. Contradice, además, otras afirmaciones del propio jefe del Estado: “No hay nada que sea gratis”. Pero traduce, sobre todo, una confusión de fondo: acá no está en tela de juicio el costo económico, sino la actitud ética. Si se trata, además, de cubrir asientos vacíos en el avión presidencial, podrían pensarse alternativas más interesantes y constructivas: en lugar de la esposa de un funcionario, llevar, por ejemplo, al mejor promedio de una escuela pública de un pueblo del interior, o a un medallista olímpico que represente los valores del deporte argentino, o a un joven bailarín que haya obtenido con esfuerzo una beca en el Colón. En esos casos podría articularse el “costo marginal” con una buena acción de gobierno y con un mensaje inspirador: el Presidente reconoce el talento anónimo y le da una oportunidad de lucimiento en la semana argentina en Nueva York. Tal vez hoy estaríamos hablando de algo más edificante.
Cuando el jefe de Gabinete fue consultado sobre su viaje a Uruguay en avión privado, surgieron más preguntas. “Es un hecho de mi vida privada, y no tengo por qué dar explicaciones”, se envalentonó. Cuando la “vida privada” implica, por ejemplo, un nivel de gastos incompatible con los ingresos y el patrimonio de un funcionario, ¿no se deben dar explicaciones? Cuando actos de la “vida privada” contradicen el discurso público de un jefe de Gabinete, ¿no deben rendirse cuentas? Cuando surgen indicios de eventuales conflictos de intereses, ¿no corresponden las aclaraciones? El argumento revela otra confusión de fondo: los límites entre la vida pública y la vida privada de un funcionario existen, por supuesto, pero son más estrechos y no pueden esgrimirse como coartada para eludir explicaciones.
En el episodio surge, además, la invitación de “un amigo”. Pero después nos enteramos de que al amigo se le han concedido espacios en la TV Pública, que depende del jefe de Gabinete. Hay que volver a leer, entonces, la cita de Borges que hace el profesor Pedro Luis Barcia en La identidad de los argentinos: “La amistad es nuestra más íntima pasión; el amiguismo es una actitud que degenera una virtud”. Son fronteras que a veces resultan difusas, pero en el relato del funcionario ¿aparece la amistad o el amiguismo?
En algunos casos, un episodio menor sirve para revelar algo más grande. Lo de Adorni podría ser algo así. Frente a la megacorrupción que se juzga ahora en la causa de los Cuadernos, frente a la gigantesca hipocresía que tiñó al gobierno de Alberto Fernández y frente a las propias sospechas que empiezan a robustecerse alrededor del caso $LIBRA, el viaje de la esposa en el avión presidencial y la escapada a Punta del Este en avión privado parecen hechos de cierta irrelevancia y hasta de menor cuantía. Tal vez efectivamente lo sean. Hay que mencionar, además, que el propio funcionario reconoció el error y pidió perdón, una reacción que quizá haya sido tardía, algo forzada e insuficiente, pero que no es del todo habitual en la cultura del poder. Faltan, sin embargo, algunas consecuencias más tangibles: ¿no debería anunciarse que a partir de ahora serán públicas las listas de pasajeros de todos los viajes que se hagan en aviones oficiales? ¿No debería exigirse que cualquier funcionario que vuele en aeronaves privadas informe los gastos y presente las facturas en una plataforma de acceso público?
Aun en su pequeñez, el affaire Adorni hace crujir el relato libertario. Lo que venía a ser “completamente diferente” empieza a ser, en algunos aspectos, “preocupantemente parecido” a lo que se venía a combatir. El alineamiento entre lo que se dice y lo que se hace ya exhibe ostensibles asimetrías. La sujeción a la norma parece ser una exigencia para los otros, pero no para uno mismo: “Ya no podrán usarse aviones oficiales para llevar familiares”, había anunciado el propio Adorni, con pompa, desde el atril de vocero presidencial el 13 de agosto de 2024.
Las distintas capas del episodio instalan, en definitiva, un interrogante que tal vez contenga muchos otros: ¿en qué espejo se mira el oficialismo para construir su propio estándar de ética pública? ¿En el del kirchnerismo, frente al cual todo parece “menor”? ¿O en el de Illia, que practicaba la decencia sin hacer alarde de ella? “A Illia se lo llevaron puesto”, alegará el mileísmo. Es cierto, pero tal vez haya un legado moral que rescatar.