Cursaba el último año de Enfermería, se palpó un bulto y encendió la alarma: “Es imposible que me pase a mí”
A los 25 años, Ariana Acosta llevaba una vida bastante habitual para una estudiante de la Licenciatura en Enfermería. Se encontraba cursando el último año de la carrera, enfocada por completo e...
A los 25 años, Ariana Acosta llevaba una vida bastante habitual para una estudiante de la Licenciatura en Enfermería. Se encontraba cursando el último año de la carrera, enfocada por completo en la meta de recibirse. Tenía por delante numerosos sueños y proyectos; entre ellos, el anhelo prioritario de graduarse para, a su vez, darle a su compañero de vida, Joaquín, con quien estaba de novia hacía siete años, la oportunidad de estudiar y concretar sus propias aspiraciones.
Sus días transcurrían dentro de una rutina más bien sedentaria, abocada principalmente a las exigencias académicas y a las responsabilidades del hogar. El ritmo cotidiano giraba en torno a ese sprint final universitario y a los momentos compartidos junto a su familia y su pareja.
“Entré en shock”Sin embargo, toda esa proyección a futuro se detuvo de golpe frente a una realidad imprevista. La rutina de estudio, los planes en pareja y la tranquilidad cotidiana quedaron en suspenso ante la certeza de que algo andaba mal y enfrentarse a un escenario para el que nadie está preparado.
“El momento exacto fue mientras me estaba bañando. Al realizarme un autoexamen mamario sentí un bulto grande que no me dolía ni me molestaba; no había tenido ningún síntoma previo y apareció de la nada, pero por mi formación supe al instante que era una señal de alerta. Lo primero que pensé fue: ´Es imposible que me pase a mí, soy muy chica´. Entré en shock, me invadió el miedo y al principio guardé silencio. Con los días logré contárselo a mi pareja, quien me impulsó a consultar a la ginecóloga. Sin antecedentes cercanos y con toda la vida por delante, asimilar que podía ser algo grave fue durísimo; de repente, era yo quien tenía que poner el cuerpo y atravesarlo”, recuerda Ariana.
La noticia conmocionó a toda la familiaLa confirmación médica llegó para transformar la sospecha en una realidad abrumadora. Comunicar la noticia se convirtió en un proceso lento y doloroso, marcado por la incertidumbre de no saber qué vendría después ni cómo poner en palabras semejante impacto ante sus seres queridos. Enfrentar la mirada de su entorno exigió reunir fuerzas de donde no las había, aprendiendo a desarmar la coraza del silencio para empezar a tejer, paso a paso, la red de contención que la sostendría en el camino.
“Fue sumamente difícil porque no sabía cómo hacerlo; ni siquiera yo alcanzaba a comprender todo lo que me esperaba. Recuerdo que primero se lo dije a mi pareja: me había llegado el informe con las palabras ´carcinoma invasor´ y creo que jamás en la vida sentí tanto miedo y angustia. Al principio no tuve el valor de decírselo directamente a mis padres, así que primero acudí a mis tíos y abuelos. Finalmente llegó el momento de hablar con mi mamá: su primera reacción fue abrazarme con fuerza y prometerme que íbamos a salir juntas de esto. Después se lo comuniqué a mi papá por teléfono, y así, de a poco, fui encontrando la forma de compartir la noticia con el resto de mi entorno”.
La noticia conmocionó profundamente a toda la familia, que por primera vez se descubría navegando en un territorio desconocido. En medio de ese desconcierto, Ariana eligió mostrar una entereza conmovedora: sin imposiciones externas, sintió la necesidad de mantenerse de pie para llevarles alivio a quienes la rodeaban y, al mismo tiempo, recordarse a sí misma su propia fortaleza. Así fue como adoptó un mantra que la acompañó a lo largo de todo el tratamiento: “Dentro de todo lo malo, lo mío no es tan malo”. Esa frase, convertida en un auténtico escudo de esperanza y serenidad, fue la luz que le impidió dejarse ganar por el miedo y la impulsó a dar cada paso con el corazón firme.
¿De qué manera tu entorno se organizó para acompañarte?
La verdad es que estuvieron todos. Me acompañaban a las consultas y a las sesiones de quimioterapia, me cuidaban en casa después de cada sesión y hasta preparaban diferentes comidas para ver qué podía tolerar ese día, porque no siempre podía comer lo mismo. Se armaron de paciencia, amor y muchísimo acompañamiento, y me dieron una fuerza enorme.
En ese proceso, mi hermano fue quien más me acompañó de un lado para otro porque era quien tenía mayor disponibilidad de tiempo. No podría haberme tocado una mejor persona como hermano. Nos mojamos, nos derretimos de calor y pasó horas haciéndome compañía durante cada sesión. Él estaba ahí en todo momento, preocupado como todos, pero siempre pendiente de mí y de lo que necesitaba.
- ¿Cómo lo comunicaste en tu trabajo y en la facultad?
- Cuando comenzó todo esto, antes del diagnóstico y de la primera cirugía, estaba realizando una pasantía en un sanatorio de mi ciudad (Posadas). Tuve que dejarla debido a la cirugía y al posterior período de reposo. Al mismo tiempo, estaba cursando materias del último año de la carrera. Me comuniqué con mis profesores, les expliqué la situación y todos fueron sumamente comprensivos. Me ayudaron para que pudiera continuar con mis estudios y no perdiera el año ni quedara libre en las materias.
- ¿Cómo se transita física y mentalmente un período tan intenso como el tratamiento?
- - Sinceramente, fue un proceso muy difícil. Hay muchas decisiones que deben tomarse en muy poco tiempo. Una de ellas fue la criopreservación de óvulos, una posibilidad que existe para las mujeres que van a atravesar tratamientos tan invasivos como la quimioterapia. Pero encontrarte a los 25 años teniendo que decidir si querés ser madre o no, pensando en la posibilidad de arrepentirte en el futuro o de que el tratamiento afecte tu fertilidad, es una situación muy difícil.
Incluso, hay una anécdota que me contó mi doctora especialista en fertilidad. Cuando me estaban induciendo la anestesia para realizar la extracción de los óvulos, comencé a balbucear: “El lunes empiezo las quimios”. Fue todo al mismo tiempo: muchas emociones, muchas decisiones y muy poco tiempo para procesar lo que estaba sucediendo.
Recuerdo especialmente el día en que decidí cortarme el pelo por completo. Le pedí a mi mamá que viniera sola a mi casa para hacerlo. Fue un momento muy íntimo entre ella, mi pareja y yo. Lo lloré, me dolió y tuve que atravesarlo. Desde entonces y hasta hace unos meses, el pañuelo se convirtió en mi mejor amigo.
Mis amigas también tuvieron un gesto hermoso: me regalaron una gorra con una peluca para que pudiera utilizarla cuando necesitara cambiar de imagen, casi como una forma de disfrazarme y sentir que podía volver a verme diferente por un rato.
- ¿La certeza de que eras fuerte ya estaba en vos o apareció durante el tratamiento?
- Sin dudas, esa certeza apareció durante todo el proceso. Soy una persona que tiene muchos miedos frente a lo desconocido, a lo nuevo y a no tener el control de las cosas. Este proceso me sacó completamente de mi eje. Pero también me permitió encontrarme con una versión de mí que no conocía, que no sabía que existía y de la que pude aprender muchísimo. Descubrí que soy mucho más fuerte de lo que pensaba y que, cuando me propongo algo, puedo enfrentar situaciones que antes creía imposibles.
- ¿Cómo es convivir actualmente con el tratamiento hormonal?
- Muchas veces se piensa que todo termina cuando finalizan la quimioterapia y los rayos, pero para mí el tratamiento continúa. Actualmente tengo por delante varios años de tratamiento hormonal con Tamoxifeno e inyecciones mensuales. Hasta el momento, lo más difícil de esta etapa son los cambios hormonales. El tratamiento inhibe mis hormonas y eso hace que mi cuerpo se desestabilice. Tengo muchos sofocos, mayor sensibilidad e irritabilidad en algunos momentos. Es un proceso al que todavía estoy aprendiendo a adaptarme.
- ¿Cómo cambió tu mirada sobre las cosas cotidianas y tus prioridades?
- Ahora, sin importar qué esté pasando, lo primero es la salud. Es algo que trato de transmitirle a cualquier persona cercana: tenemos una sola vida. Después de todo lo que atravesé, una de mis principales prioridades es poder terminar mi carrera, encontrar el área en la que me gustaría ejercer y también agradecer de alguna manera todo el amor que recibí. Quiero devolver, aunque sea de alguna forma, cada gesto, cada cuidado y cada muestra de cariño que tuvieron conmigo durante este proceso.
- ¿Qué mensaje de prevención y escucha del propio cuerpo les darías a las mujeres jóvenes?
- Lo primero que les diría es que se conozcan y se autoexploren. Que aprendan a realizarse el autoexamen mamario; hoy existen muchos tutoriales y recursos disponibles para aprender a hacerlo correctamente. No lleva mucho tiempo y puede hacerse mientras una se está bañando o cuando está relajada y acostada en la cama. También es fundamental escuchar al propio cuerpo. Ante un dolor extraño, una incomodidad, un cambio o algo que no parezca normal, hay que consultar. Es preferible tomarse un día para ir al médico, realizarse los estudios correspondientes y quedarse tranquila sabiendo que no es nada, antes que dejar pasar una señal y descubrir algo demasiado tarde. La detección temprana tiene muchísimo valor. Cuando una enfermedad se detecta a tiempo existen muchas herramientas que pueden utilizarse, y la ciencia y la medicina avanzan constantemente.
- Si tuvieras enfrente a una mujer joven que acaba de recibir su diagnóstico, ¿qué palabras le brindarías?
- Le daría un abrazo muy fuerte y le diría que todo pasa. Sé que, en ese primer momento, todo puede verse negro y puede parecer que no existe una salida, pero la salida existe. Le diría que se apoye en su red afectiva y que permita que los demás la cuiden, porque dejarse cuidar también sana. Está bien sentirse mal. Está bien sentirse vulnerable y tener miedo frente a todo lo que implica un diagnóstico así. Pero también quiero decirle que es fuerte y que puede salir adelante.
Hay una frase que me dijeron desde el comienzo del tratamiento y que me acompañó mucho: “¿Hay que preocuparse? Sí, pero es momento de ocuparse”. Y creo que es exactamente así. Hay que armarse de fuerza y de valor, dar un paso a la vez y confiar en que, durante ese camino, vas a conocer una versión de vos misma que probablemente te sorprenda. Vivamos la vida, porque es hermosa.