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Cuatro balaceras encienden alertas por una guerra entre dos fuertes bandas narco

Desde hace tiempo hay una guerra de baja intensidad entre lo que queda de la banda de Los Monos, debilitada desde los últimos dos años, y una contraparte narco en expansión: el grupo criminal co...

Cuatro balaceras encienden alertas por una guerra entre dos fuertes bandas narco

Desde hace tiempo hay una guerra de baja intensidad entre lo que queda de la banda de Los Monos, debilitada desde los últimos dos años, y una contraparte narco en expansión: el grupo criminal co...

Desde hace tiempo hay una guerra de baja intensidad entre lo que queda de la banda de Los Monos, debilitada desde los últimos dos años, y una contraparte narco en expansión: el grupo criminal conocido como Los Menores. La caída de los distintos eslabones de lo que fue el clan Cantero acentuó aún más esa disputa y fortaleció a Los Menores, que dominan la barra brava de Rosario Central y están cerca de quedarse con la barra contraria, la de Newell’s, que hoy sigue bajo influencia de un sector de Los Monos.

Durante el último año y medio fueron asesinados de manera quirúrgica unos 15 miembros de Los Monos. Parecían hechos aislados, pero fueron ejecutados por sicarios de Los Menores, que buscan quedarse con los últimos refugios de Máximo Cantero, conocido como El Viejo, en Vía Honda, en el sudoeste de Rosario. En esta ciudad, los enfrentamientos entre grupos criminales se evidencian con los agujeros de las balas en las fachadas, como ocurre desde hace más de una década y media.

En las últimas 48 horas, Rosario registró al menos cuatro ataques a tiros con un hilo conductor común: notas amenazantes dirigidas a presos del penal de Piñero y referencias explícitas a una escalada de violencia en el barrio Toba que se inició el fin de semana largo de febrero.

El primer ataque ocurrió el domingo a la tarde. Dos hombres en moto llegaron al estacionamiento del Carrefour de barrio República de la Sexta, en Ocampo y Chacabuco, y dispararon al menos nueve veces en dirección a Luciano P., un vecino del barrio de 33 años que ingresaba en el comercio sin sospechar nada. Una bala le impactó en la cintura. Fue trasladado al sanatorio Laprida en estado estable. La policía levantó las vainas —todas calibre 9 milímetros— y encontró junto al cuerpo algo que ponía en contexto la escena: un papel con una nota amenazante. No era un ataque al azar. Era un mensaje.

Cuarenta y ocho horas después, la misma lógica se repitió en el extremo opuesto de la ciudad. En Zelaya al 1300, barrio Parque Casas de la zona norte, una ráfaga de disparos perforó una Fiat Strada gris con al menos trece impactos. El dueño del vehículo, un hombre de 57 años ajeno al conflicto, encontró junto a su camioneta destruida otro papel: una nota dirigida a un recluso alojado en el pabellón 3 de Piñero, con referencias al mismo trasfondo violento que había detonado el ataque de dos días antes.

Esa misma noche del martes, a las 21.40, estalló una balacera en Aguzzi y Espinosa, la zona conocida como La Lagunita, en el sudoeste. Dos jóvenes en moto abrieron fuego y dejaron cuatro heridos: Nazareno G., de 22 años, con múltiples impactos de bala; Ramón V., de 47, con una lesión en la zona dorsal; Mia G., de 17, con un balazo en la pierna derecha; y una nena de 6 años que fue rozada por un proyectil. Los tres adultos fueron trasladados al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez. La niña fue atendida en el lugar.

Enero fue un mes con el menor número de homicidios de la historia en Rosario. Se produjeron seis crímenes, pero una cifra que preocupó fue la de los heridos de bala: 47. En ese caso fue el azar y la puntería los que colaboraron para que hubiera un enero con menos sangre que los anteriores, como en 2024, cuando hubo 22 asesinatos.

El denominador común de los ataques con mensaje remite a eventos ocurridos entre el 14 y el 16 de febrero en el barrio Toba, a pocas cuadras de La Lagunita. En ese fin de semana largo, un homicidio y al menos dos baleados marcaron el inicio de la disputa. Los papeles encontrados en las escenas son la respuesta: amenazas cruzadas, cuentas pendientes, órdenes que circulan entre la cárcel y la calle.

En ese circuito aparece el apodo “Churro”. Se trata de Claudio Nahuel Canavo, condenado en 2021 a 17 años de prisión por haber sido uno de los gatilleros en la serie de 14 atentados contra sedes judiciales que sacudió Rosario entre julio y agosto de 2018, tras las condenas a los jefes de Los Monos.

Esa saga —en la que también fue condenado por el homicidio de Marcelo Álvarez, en septiembre de ese año— lo ubicó como un operador cercano a Lucía Uberti, quien coordinaba los tiroteos por instrucciones de Ariel “Guille” Cantero desde la prisión. Hoy Canavo sigue preso, pero su nombre vuelve a circular en los papeles que aparecen junto a los casquillos.

La modalidad es conocida. En Rosario, los mensajes a balazos funcionan como telegramas de guerra: el objetivo no siempre es matar, sino hacer llegar un aviso a alguien que está del otro lado de un muro. Los blancos circunstanciales —un vecino que paga el estacionamiento, una camioneta que no tiene nada que ver, una familia que cruza la calle— son el soporte físico del mensaje. La violencia no necesita precisión: necesita volumen y visibilidad.

Lo que aparece como trasfondo de todos estos ataques es la disputa territorial en el sudoeste rosarino, donde Los Monos y Los Menores han venido chocando por el control de zonas en las que conviven el narcomenudeo y el cobro de extorsiones. La zona Toba-La Lagunita es uno de esos bordes calientes donde el equilibrio es frágil y cualquier homicidio puede desencadenar una escalada. El fin de semana del 14 al 16 de febrero fue la chispa. Lo que vino después, distribuido en cuatro ataques en distintos rincones de la ciudad, fue la respuesta.

Fuentes policiales indicaron que los ataques fueron llevados adelante por jóvenes que son los últimos eslabones de las bandas, e incluso varios ni siquiera pertenecen al grupo narco, sino que por poco dinero —unos 200.000 pesos— llevan adelante estas tareas.

Los investigadores señalaron que una maniobra frecuente con los carteles es poner en evidencia a una persona, hacerla visible —como en este caso a Churro—, cuando en realidad los ataques los realiza el grupo rival. Esteban Alvarado, uno de los narcos más poderosos de Rosario, fue quien expuso este tipo de maniobras con el asesinato del prestamista Luciano Maldonado, cuyo crimen ordenó desde la cárcel. Al lado del cadáver habían dejado un cartel que decía “plata o muerte”, el lema que Los Monos habían impuesto en las extorsiones a comercios y empresas.

En Vía Honda, zona donde vivía hasta su detención en 2021 El Viejo Cantero, se registran desde hace semanas maniobras adjudicadas a Los Menores: sacar familias de sus hogares para quedarse con esas casas y vender droga.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/seguridad/cuatro-balaceras-encienden-alertas-por-una-guerra-entre-dos-fuertes-bandas-narco-nid25022026/

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