Cuando casi fusilan a Dostoievski
“La vida entre rejas se parece bastante a la vida frente a un escritorio”, dice la italiana Daria Galateria en el comienzo del curioso libro que tengo entre manos, Condenados a escribir (Impedi...
“La vida entre rejas se parece bastante a la vida frente a un escritorio”, dice la italiana Daria Galateria en el comienzo del curioso libro que tengo entre manos, Condenados a escribir (Impedimenta), dedicado a distintos autores que por alguna u otra razón pasaron una temporada tras las rejas. El ingenio de la frase tal vez justifique que en sus más de 40 siluetas el libro privilegie a los que volvieron para contarlo (como Aleksandr Solzhenitsyn de los campos soviéticos) y no a los que nunca tuvieron la oportunidad de volver a escribir una línea, como Isaak Babel, desaparecido en los sótanos del estalinismo.
Ahí están la ordalía de Ezra Pound en la jaula de aislamiento a la intemperie donde escribiría los Poemas pisanos, o la pulcra celda del colaboracionista Céline en Dinamarca. O las repetidas entradas y salidas del delincuente Jean Genet, pronto reivindicado por Jean-Paul Sartre. También hay casos más anecdóticos: el paso por una comisaría en México del desordenado Malcolm Lowry o la cárcel por vagabundeo a los 18 años de Jack London que le salvó la vida, porque ahí descubrió la literatura.
Los problemas carcelarios de Fiódor Dostoievski fueron tan intensos que parecen un adelanto de sus novelas. Galateria cuenta su historia con una perspectiva menos trágica de la que le conocía yo por otras versiones: el escritor ruso parece, en su visión, menos desesperado por su calvario que obsesionado por lo que escribe.
A Dostoievski y sus compañeros se los obligó a arrodillarse sobre la nieve, con la cabeza descubierta
Poco después de publicar Humillados y ofendidos, su primera novela, alabada por Belinsky, el gran crítico de su época, el escritor ruso había comenzado a frecuentar supuestos círculos revolucionarios, menos por convicción que porque era lo que se esperaba de alguien que había escrito un título así de elocuente. Aunque habían pasado ya un par de décadas, el zar Nicolás I todavía temía que hubiera quedado prendida la mecha de los aplastados decembristas. Entonces, tras los informes de un infiltrado, ordenó detener a aquel grupo de “conjurados”. Según Galateria, el supuesto complot consistía en reunirse en la casa de un funcionario, un tal Petrashevski, que, para no parecer demasiado burgués, arreglaba el lugar de encuentro con luz escasa y sillas destartaladas rescatadas de la basura. Discutían como diletantes sobre el socialismo utópico francés.
Los prisioneros fueron a parar a la inexpugnable fortaleza de Pedro y Pablo, junto al Neva. Dostoievski es el único que parece sacarle algún provecho a esa reclusión. No paraba de imaginar novelas y relatos. Cinco meses después, la Justicia los declaró inocentes, pero para mejor escarmentarlos, se formó un tribunal militar que los condenó a muerte. El 22 de abril de un lejano 1849 fueron llevados a la plaza de armas de la fortaleza, donde a Dostoievski y sus compañeros se los obligó a arrodillarse sobre la nieve, con la cabeza descubierta. No queda claro hasta dónde llegó el simulacro de fusilamiento: al final apareció un mensajero agitando un pañuelo para anunciar que la calculada clemencia del zar les había cambiado la condena por los trabajos forzados.
Dostoievski pasó más de diez años apartado en Siberia, de donde saldrían sus Memorias de la casa muerta. Después de ser liberado –tenía para entonces casi 40 años– recuperó el tiempo perdido escribiendo novelas elefantiásicas. Sus problemas a partir de entonces serían de otro orden: financieros. Galateria cuenta que mucho después, en 1878, otro zar le acabaría pidiendo que conociera a sus hijos. Se saltea, sin embargo, un detalle clave: la inquina por aquellas veleidades juveniles lo había vuelto un converso. La mejor prueba es el ajuste de cuentas de Los demonios, donde anarquistas y complotadores son retratados, empezando por Stavroguin, como la perversidad personificada. La cárcel, los años en Siberia lo radicalizaron, pero en otra dirección. Se había vuelto un reaccionario convencido, además de un escritor notable.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/cuando-casi-fusilan-a-dostoievski-nid02042026/