Cuál es y dónde queda el archivo más impresionante y menos conocido de la Argentina
Hay una filmación de 1901 que Emilio Perina no puede dejar de mostrarle a quien visita el Archivo General de la Nación por primera vez. En la pantalla aparece Bartolomé Mitre -el general, el exp...
Hay una filmación de 1901 que Emilio Perina no puede dejar de mostrarle a quien visita el Archivo General de la Nación por primera vez. En la pantalla aparece Bartolomé Mitre -el general, el expresidente, el fundador de LA NACIÓN- caminando hacia la inauguración del Museo Histórico Nacional junto a una comitiva. Son apenas unos segundos del primer registro fílmico del país, pero el efecto es el de un cortocircuito: de golpe, el hombre de bronce, el del extinto billete de dos pesos, se convierte en alguien que camina, que tiene un paso, un cuerpo, un presente. “Para mí fue un shock. En mi imaginación, Mitre era una estampilla, no era esto”, dice entre risas.
En el Archivo General de la Nación hay otra filmación que lo emociona por razones más personales: Arturo Frondizi llegando a los Estados Unidos en el primer viaje oficial de un presidente argentino a ese país, recibido por el presidente Eisenhower. “Soy hijo de un frondizista y eso me toca una fibra íntima”, explica. Y también hay una fotografía que guarda en su teléfono: en el carnaval de 1942, una jirafa gigante asomando la cabeza sobre el Cabildo mientras los colectivos y la gente circulan por la Avenida de Mayo por debajo de esa gigantografía. “La jirafa es una genialidad -dice-. Son esas imágenes que demuestran que los archivos no están solo para los historiadores“.
Perina conoce muy bien de qué está hablando: va por su segundo mandato (el anterior desde 2016 a 2019) al frente del organismo más importante y menos conocido de la Argentina.
El lugar invisibleMuchísimos argentinos saben que existe la Biblioteca Nacional. Saben, más o menos, dónde queda y qué forma tiene, gracias a la mano disruptiva del arquitecto Clorindo Testa. Sin embargo, si les preguntamos a esos mismos argentinos por el Archivo General de la Nación, lo más probable es que no sepan de qué les hablás. Perina lo plantea sin eufemismos: “El acervo del AGN es, por lo menos, cuatro veces más importante que la Biblioteca Nacional. El 90% de lo que guarda la biblioteca existe en otros lados, en cualquier librería o en internet. El 90% de lo que guardamos nosotros son documentos únicos, irrecuperables e incunables“.
En el hipotético caso de que sucediera una catástrofe -toquemos madera-, el 90% del material albergado en la Biblioteca Nacional podría ser recuperado, de alguna u otra forma. En cambio, el AGN sufriría un golpe mortal. De sus tesoros, no hay segunda copia en ningún otro lugar del mundo.
Y sin embargo, el AGN funciona sólo en el universo de los historiadores e investigadores, a pesar de que tiene mucho para mostrar. Perina está encabezando una cruzada desmitificadora: quiere que el archivo pase a formar parte de los circuitos turísticos de la Ciudad de Buenos Aires. “No puede ser que no figuremos como punto de interés”, se lamenta. Hace poco, mientras organizaba el Congreso de Archivos del Mercosur -que se llevará a cabo en la capital después de 30 años-, Perina se reunió con las autoridades porteñas para coordinar cuestiones logísticas y aprovechó la ocasión para dejar asentada su posición: el archivo más antiguo y más rico de la Argentina merece su lugar en los mapas del turismo local.
Qué hay adentroEl AGN fue fundado el 28 de agosto de 1821 por decreto del gobernador Martín Rodríguez, redactado por su ministro Bernardino Rivadavia. La justificación era doble y sigue siendo válida más de 200 años después: “La conservación de los archivos de un país asegura sin duda a su historia la materia y los documentos más exactos de ella”, decía el texto. Pero también: el orden y la clasificación de esos documentos “contribuye a la prontitud y al acierto del despacho”. Memoria e instrumento de gestión, al mismo tiempo, desde el primer día.
Lo que guarda hoy ese organismo bicentenario excede cualquier descripción sintética. Hay documentos en papel desde el siglo XVI. Hay más de 800.000 fotografías datadas entre 1853 y 1986, entre ellas la colección más importante de placas de vidrio de América Latina: el archivo de la Galería Witcomb, la casa fotográfica inglesa que retrató a la Argentina durante casi un siglo. Hay más de 30.000 horas de material audiovisual, 3.000 filmes, registros sonoros con voces de personalidades que ya no están. Conferencias de Borges grabadas en 1965. Las actas de la Asamblea del Año XIII. Los libros de entrada de inmigrantes entre 1883 y 1937, hoy digitalizados y consultables online. Fondos documentales reconocidos por la UNESCO como parte del Registro Memoria del Mundo: el patrimonio del Virreinato del Río de la Plata, los archivos sobre el terrorismo de Estado entre 1976 y 1983, y los registros migratorios por vía marítima.
Cada empleado tiene su tesoro personal. Juan, quien lleva más de quince años en el archivo y conduce las visitas guiadas, dice que el documento que más lo conmueve es el testamento de Manuel Belgrano. Otro señalaría el reparto de indios de la fundación de Buenos Aires. Otro, las actas capitulares del Cabildo en la semana de mayo. Otro, el documento que certifica la creación de la bandera. El archivo tiene esa propiedad: cada uno encuentra lo suyo.
La historiadora María Sáenz Quesada describió el trabajo en el archivo como “la emoción del hallazgo de algo que no sabías que podía existir, que de repente aparece y te hace emocionar intensamente”. Ella misma encontró entre sus papeles el pedido de beca de la madre de Antonio Sáenz -quien sería el primer rector de la UBA- alegando que no podía costear la educación de su hijo. El historiador Alejandro Rabinovich halló en los sumarios militares del período independentista algo que creía imposible: la voz de los sectores populares, los soldados rasos declarando en sus propios juicios, con sus propias palabras, sus propias puteadas. “Si no estuviera guardado en el AGN, lo perderíamos para siempre", dijo.
La casa que nunca tuvoDurante dos siglos, el Archivo General de la Nación vivió en casas ajenas.
Su primera sede fue el edificio del Tribunal de Cuentas, en la calle Perú 294. En 1906 se mudó al edificio que había ocupado el primer Congreso Nacional, en la calle Victoria -hoy Hipólito Yrigoyen- frente a la Plaza de Mayo. En 1950, después de un largo proceso en el que el Banco Hipotecario Nacional necesitaba el espacio, terminó en el edificio de Leandro N. Alem 246, una construcción de 1920 diseñada para ser banco, con pisos de mármol y molduras que nunca fueron pensadas para guardar papel. Décadas después, ese edificio era claramente insuficiente: los depósitos distribuidos de forma arbitraria en 10 plantas, una capacidad de estantería que el acervo había desbordado hace tiempo, sin condiciones ambientales adecuadas para la conservación.
En 2011, el Ministerio del Interior llamó a un concurso de arquitectura para construir la primera sede propia del archivo, en el predio de la ex Cárcel de Caseros, en Parque Patricios. Ganó el proyecto de los arquitectos platenses Deschamps, Estremera y Gavernet. Las obras arrancaron en 2015 con una inversión de 14 millones de dólares. En noviembre de 2020, en plena pandemia, comenzó el traslado del acervo -más de 25 kilómetros lineales de documentación- con asistencia logística del Ejército Argentino. En septiembre de 2021, el archivo abrió sus puertas al público en Parque Patricios.
Es la primera vez, en dos siglos de historia, que el Archivo General de la Nación tiene un edificio construido específicamente para ser archivo. El primero en toda la Argentina. El primero en todo el Cono Sur.
“Es uno de los hitos del cual me siento más orgulloso”, dice Perina. Encontró por casualidad un informe del director César García Belsunce, escrito en los años 80, donde se identificaban los mismos problemas que él enfrenta hoy. “Mi pensamiento, sin saberlo, es casi una réplica del de César. Y él ya decía que era imposible avanzar en la modernización sin construir un edificio nuevo." Lo que García Belsunce diagnosticó y no pudo concretar, hoy es una realidad.
Un objeto intertemporalPerina tiene una palabra que, dice, no sabe si existe, pero él la usa igual: intertemporal. Los archivos, explica, no son solo depósitos del pasado: iluminan lo que pasó, pero también sirven para gestionar el presente y construyen algo para el futuro. “Cuando veo cosas del archivo, me refuerza la argentinidad, por decirlo de alguna manera. Tiene que ver con la construcción de una identidad.”
El archivo no es del gobierno, insiste. Tampoco del Estado. "Es de la sociedad. Es la sociedad la que decide qué hacer con esa información. Acá está lo que te gusta y lo que no te gusta, está Mitre y está Perón, está Borges y está Marechal. Esa convivencia es fundamental."
Desde afuera, el historiador y creador del Archivo Visual Argentino Juan Pablo Baliña -que construyó su propio archivo colaborativo de imágenes en Instagram, con más de 10 mil fotografías- ve en esa acumulación documental tanto un tesoro como un desafío: “El riesgo es transformarse en papirólogos”, advierte, citando al medievalista José Luis Romero. “Quedarse con el papiro y no ser capaz de generar de eso un sentido.” Para Baliña, el desafío es tender puentes entre ese pasado documental y lo que pasa hoy.
Cómo irEl Archivo General de la Nación ofrece visitas guiadas gratuitas todos los miércoles y viernes al mediodía, con una duración aproximada de una hora y cuarto, en su sede de Rondeau 2277, Parque Patricios. Se requiere reserva previa -con hasta una semana de anticipación- a través del sitio oficial argentina.gob.ar.
También hay visitas tematizadas para colegios, con recorridos diseñados sobre temas específicos del currículo escolar: la historia de la inmigración, los presidentes entre 1880 y 1916, la Revolución de Mayo, la historia del deporte, la vida cotidiana en la Buenos Aires colonial. Y muestras de fotografía, actividades culturales y, próximamente, el Congreso de Archivos del Mercosur.
El acervo digitalizado puede consultarse de forma remota en atom.mininterior.gob.ar. Los registros migratorios entre 1883 y 1937 tienen su propio buscador online.
La voz de Borges está ahí. Mitre caminando también. Y una jirafa gigante asomada sobre el Cabildo en el carnaval de 1942, esperando que alguien la encuentre.