Con Betiana Blum y Antonio Grimau: un Adán y una Eva con reflexiones contemporáneas en pleno Jardín del Edén
El diario de Adán y Eva. Autor: Mark Twain. Traducción y versión teatral: Sebastián Parrota. Dirección: Juan Pablo Ragonese. Intérpretes: Betiana Blum, Antonio Grimau. Vestuario y escenograf...
El diario de Adán y Eva. Autor: Mark Twain. Traducción y versión teatral: Sebastián Parrota. Dirección: Juan Pablo Ragonese. Intérpretes: Betiana Blum, Antonio Grimau. Vestuario y escenografía: Vanesa Abramovich. Sala: Regina, Santa Fe 1235. Funciones: viernes y sábados a las 21. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: buena.
El autor norteamericano Mark Twain escribió El diario de Adán y Eva en 1905. El libro tuvo una edición con dibujos muy controvertidos para la época (mostraba a los personajes desnudos), y fue censurado. Lo cierto es que su texto, escrito a modo de diario por Eva, alcanzó una singular aceptación. Quizá porque en él mostraba una escritura en la que mezclaba el humor y la ironía de una manera muy poco común para ese tiempo y recreaba, a su manera, el génesis bíblico.
La novela, muchos años después, tuvo una adaptación teatral a cargo de otro autor norteamericano, David Birney, Los diarios de Adán y Eva. En Buenos Aires se dieron a conocer tres versiones del material original. La primera fue interpretada por China Zorrilla y Carlos Perciavalle, con dirección de la primera, en la década del 80, en el teatro Maipo. Veinte años después ellos volvieron a recrearla en El Nacional, en un musical que se llamó Diario privado de Adán y Eva, de los autores Jerome Coopersmith, Jerry Block y Sheldon Harnick. Posteriormente, Miguel Ángel Solá, acompañado por Blanca Oteiza, primero, la repusieron bajo la dirección de Manuel González Gil y, más tarde, Solá la presentó con su segunda esposa, Paula Cancio, y realizaron una gira por diversas provincias.
El diario de Adán y Eva es una pieza de cámara en la que se ve a dos actores, sentados, leyendo la obra. Los intérpretes deben lograr que los espectadores, bajo ese formato, vayan imaginando los acontecimientos que se describen. De esa manera, el público ingresará en la historia que propone Twain. Se dejarán trasladar al ámbito natural, donde transcurre la trama, y descubrirán las particularidades de unos personajes que conviven, sin buscarlo, en un espacio común.
Al Jardín del Edén primero llega Adán y se va acostumbrando a ese apacible lugar en el que va desarrollando sus hábitos cotidianos. Inesperadamente, llega Eva y, entonces, su rutina se transforma. No solo debe adaptarse a ella, sino a todo lo que esa mujer reclama en su intento por vivir mejor.
La propuesta, que actualmente se recrea en el teatro Regina, podríamos decir que es más terrenal y también más contemporánea. Sebastián Parrota, como adaptador, muestra a Eva como una mujer muy empoderada que, no solo está sumamente preocupada por todo lo que sucede en ese jardín, sino que se envalentona y decide, por ejemplo, llamar a los animales con el nombre que se le ocurre. Investiga continuamente el lugar que habita y hasta hace que Adán se sienta un hombre saturado por sus imperativas decisiones. Como si él fuera uno más entre los animales o las plantas que allí existen. Es más, al final, Eva dirá “yo soy la primera mujer, pero mi mensaje llegará hasta la última mujer”.
Mientras tanto, Adán aparece como un ser muy debilitado, cargado de dudas sobre las decisiones que ella toma y hasta se cuestiona si muchos actos que Eva pone en práctica están bien. Un pobre hombre común que acepta, bajando la cabeza, lo que la mujer decide: cambiar de lugar los espacios determinados (como las cataratas o un lago) y hasta comer la manzana del árbol de los deseos (una fruta prohibida).
Esta versión toca temas que resultan muy actuales: los personajes reflexionan sobre la paz en el mundo, el cuidado de los hijos, el lugar de la mujer y el hombre en la sociedad. Y no está mal. Pero, en ese procedimiento, algo de la poética del original se pierde. Deja de ser un complemento que el espectador necesita a la hora de lograr que su imaginación vuele y ese espacio se transforme en una delicada fantasía.
Las actuaciones de Betiana Blum y Antonio Grimau siguen, sin duda, las marcaciones de Juan Pablo Ragonese que, por momentos se tornan un tanto rígidas. Sus lecturas son impecables. Sus matices, sus gestos, hacen crecer este texto a medias. Algo de la imaginación de esos actores no se pone en juego, debido a la antojadiza y forzada versión del actual adaptador. Eso provoca que el espectador pierda la posibilidad de viajar al Jardín del Edén, como proponía Twain. El que utilizaba la picardía en su relato como un saludable condimento que el espectador, o lector disfrutaba. Eso en esta experiencia teatral no sucede. Cada instante que se evoca debe provocar una pequeña conmoción (Twain utiliza mucho la picardía en su relato) y en esta experiencia eso no sucede.
3 stars