Cambio climático: la desinformación nos condena
Hace pocos días, un reconocido periodista, de un reconocido medio, afirmó que “se cae a pedazos el argumento sobre el cambio climático”. La frase es impactante. El problema es que no es cier...
Hace pocos días, un reconocido periodista, de un reconocido medio, afirmó que “se cae a pedazos el argumento sobre el cambio climático”. La frase es impactante. El problema es que no es cierta.
Lejos de caerse a pedazos, la evidencia científica sobre el cambio climático se ha consolidado como pocas veces en la historia de la ciencia contemporánea. No hablamos de una teoría marginal ni de una hipótesis reciente: hablamos de décadas de investigación acumulada, miles de artículos revisados por pares y consensos construidos por científicos de todas las regiones del mundo.
La relación entre el aumento del dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera y el incremento sostenido de la temperatura global no es una opinión. Es física básica. Es química atmosférica. Es medición instrumental. Es observación empírica. Es modelización predictiva que, además, viene acertando.
La física no cambia según nuestras opiniones: Venus, con una atmósfera rica en dióxido de carbono, es más caliente que Mercurio pese a estar más lejos del Sol.
Y parte de esa evidencia no se expresa únicamente en promedios globales de temperatura. Se manifiesta en la creciente intensidad y frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos. Olas de calor más prolongadas, sequías más severas, precipitaciones concentradas en períodos más breves, tormentas más violentas.
También episodios de frío extremo. También nevadas inusuales.
Que un invierno sea particularmente frío o que un año registre más nieve en determinada región no invalida la existencia del cambio climático. Confundir clima con tiempo meteorológico es un error conceptual básico. El clima es una tendencia de largo plazo; el tiempo es una expresión circunstancial. En un sistema alterado, los extremos -tanto cálidos como fríos- pueden intensificarse. Y eso es, precisamente, lo que la ciencia viene describiendo desde hace años.
Se puede discutir la velocidad del proceso. Se puede debatir cuáles son las mejores herramientas de mitigación. Se puede discrepar sobre cómo distribuir los costos de la transición energética. Lo que no se puede hacer -sin caer en la desinformación- es afirmar que no hay evidencia.
No me considero una persona de izquierda ni de derecha. No milito consignas ambientales. Milito la información sólida. La misma que buscamos cuando un familiar necesita una cirugía cardíaca. Nadie diría en ese momento que la cardiología es “una construcción ideológica”. Confiamos en la evidencia disponible. Exigimos rigurosidad. Tomamos decisiones en función del mejor conocimiento posible.
¿Por qué con el clima debería ser distinto?
Es cierto que los fundamentalismos no ayudan. Tampoco ayuda el catastrofismo vacío. Pero menos ayuda aún transmitir que el problema no existe o que “todo está exagerado”. Porque el costo de esa narrativa no es abstracto: lo pagan las economías regionales, lo paga el agro frente a sequías cada vez más intensas, lo pagan las ciudades frente a eventos extremos, lo pagan los sistemas productivos cuando las reglas del comercio internacional empiezan a incorporar exigencias ambientales crecientes.
Hay intereses económicos en juego, sin duda. Siempre los hay cuando una transformación estructural se vuelve inevitable. La transición energética, la regulación del carbono, la adaptación productiva: todo eso redefine mercados, inversiones y rentabilidades. Negarlo sería ingenuo. Pero otra cosa muy distinta es negar la base científica que origina esas discusiones.
Sí, hay una batalla cultural. Pero no es entre “ambientalistas” y “productivistas”. Es entre información y desinformación.
Si quienes reconocemos el problema convencemos a nuestras sociedades de actuar con racionalidad, quizás dentro de algunos años emitamos menos, innovemos más y desarrollemos sistemas productivos más resilientes. Si, en cambio, triunfa la idea de que “no pasa nada” probablemente profundicemos crisis que después serán más costosas de resolver, económica y socialmente.
Los grandes perdedores no serán los científicos. Serán los productores que se queden aferrados a la comodidad del inmovilismo mientras el mundo cambia. Serán los países que lleguen tarde a estándares ambientales que ya están moldeando los mercados internacionales. Serán las generaciones que hereden problemas que decidimos ignorar.
La discusión es legítima. La duda es saludable. La negación sin evidencia, no.
La desinformación no nos protege. Nos debilita.
Director Ejecutivo de Aves Argentinas
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-desinformacion-nos-condena-nid17022026/