Bayly’s en las rocas
El diario español “El Mundo” ha revelado, en artículo firmado por su cronista Pío Canario, que mi hija mayor, Camelia, abogada de prestigio, se ha casado, ante cura católico, en templo reli...
El diario español “El Mundo” ha revelado, en artículo firmado por su cronista Pío Canario, que mi hija mayor, Camelia, abogada de prestigio, se ha casado, ante cura católico, en templo religioso, en la ciudad del polvo y la niebla, donde ella no nació, y que yo le hice un desaire, pues me quedé en casa, cultivando la pereza, arrastrándome en pijama y pantuflas, y negándome, como todo un patán, a asistir al casamiento.
Al mismo tiempo, tres diarios peruanos muy leídos y de probada solvencia moral, “La República”, “Perú21” y “El Popular”, han afirmado que mi segunda hija, Paulina, experta en asuntos de vanguardia tecnológica que yo no entiendo ni quiero entender, también se ha casado, ante sacerdote católico, aunque sin pisar templo religioso, en los jardines de la hermosa residencia de su abuelo, magnate hotelero, en la ciudad del polvo y la niebla, donde ella tampoco nació, y que yo le di un plantón, pues me quedé en casa, cual oso perezoso, negándome a asistir a esa boda que los reporteros describieron como “de ensueño”. “La ausencia de Jaime Bayly’s no pasó desapercibida”, ha revelado uno de esos periódicos.
Como no estoy bien de la cabeza, y no puedo confiar más en mi memoria, y hago cosas de las que luego no me acuerdo, estoy seguro de que los periódicos de Madrid y de Lima dicen siempre la verdad, cuando se trata de informar sobre mi vida, la errática existencia de un señor, el tal Bayly’s, que languidece, se marchita, se arruga y se encorva, la vida de un escritor cuya voz se apaga, la vida de un hablador al que de pronto se le enredan las palabras, cuando no las ideas. Puesto a confiar en los periódicos o en mi estragada memoria, ciertamente confío en el rigor de la prensa, y no en mi cabeza alunada. Por eso me he sentido fatal con mis hijas Camelia y Paulina, quienes, según esos diarios que gozan de indudable credibilidad, se han casado recientemente, de cara a la Divina Providencia, en unas ceremonias religiosas que yo he agraviado, o quizás bendecido, con mi ausencia.
Le he pedido disculpas a Camelia por no asistir a su boda, la he felicitado de corazón, le he enviado un regalo, pero ella, riéndose, me ha dicho que no se ha casado, no todavía, y que, si se casa, será en Jamaica, sin zapatos, en la playa, y que los diarios están mal informados, aunque de todos modos ha aceptado el regalo, faltaba más. Yo creo que Camelia sí se ha casado, como asegura el periódico español, al que, por cierto, estoy suscrito. Creo que Camelia me miente, me oculta su casamiento, me esconde la verdad, solo porque me tiene cariño y no quiere que me sienta mal. Me resisto a creer que el diario español ha casado a Camelia, sin que ella en efecto se haya casado. Camelia seguramente se ha casado, pero ha preferido no invitarme, por temor a que luego yo escriba los secretos, los chismes y las intimidades de la boda. Es comprensible que me prefiera desinformado y a prudente distancia. Sabe que soy un padre desastroso, infidente, un escritor que lo cuenta todo, especialmente lo que no debería contar.
También me he disculpado sinceramente, derramando lagrimones, con mi segunda hija Paulina, por ser un padre egoísta y negligente, un padre que se ha ausentado de su boda, así como se ausentó de sus graduaciones del colegio y de la universidad. La prensa ha sentenciado que, ante mi ausencia notoria, escandalosa, fuertemente criticada por las damas de alta sociedad, Paulina fue llevada al altar por su hermana mayor Camelia, “reafirmando el estrecho vínculo que las une”. Un diario ha titulado en grandes caracteres: “Hija de Jaime Bayly’s celebra matrimonio religioso rodeada de amigos, pero sin su padre”. Abrumado por la culpa, le he ofrecido a mi hija Paulina, como prueba tardía de mi inconstante amor paternal, pagarle la luna de miel, a ver si me perdona. Sin embargo, ella me ha dicho, riéndose, que no se casó ante la religión católica ni según el judaísmo, a pesar de que su novio es judío y ella fue bautizada como católica, y que yo sí estuve presente en la boda, así como me dejé ver en la fiesta a todo trapo, celebrada horas después. No tienes que pagarme nada, ya pagaste la fiesta, me ha dicho Paulina, en tono risueño. Yo creo que mi hija me miente. No recuerdo si estuve en su fiesta, tampoco estoy seguro de que pagué esa celebración. Si los diarios dicen que no asistí a la boda de Paulina, no me cabe duda de que los señores periodistas, apóstoles de la verdad, conocen mi agenda, y mis andanzas, correrías y peripecias, mucho mejor que yo mismo. Puesto a elegir entre mi memoria frágil o la veracidad de los diarios, confío a ciegas en la prensa y en su compromiso incorruptible con la verdad. A mi edad madura, yo no sé quién soy ni dónde carajos estoy parado, y a no dudarlo mis colegas periodistas lo saben mejor que yo. ¿Por qué entonces Paulina me asegura que sí estuve en su boda, cuando, por lo visto, no concurrí, haciéndole un feo? Tal vez porque no quiere decirme la verdad: que no me convidó al casamiento porque, comprensiblemente, se avergüenza de mí y prefiere que no conozca a su novio, ni a la familia de su novio, que viajan en avión privado, mientras yo lo hago en clase turista premium, usando la tarjeta de crédito de mi madre.
Elijo entonces creerles a los diarios de Madrid y de Lima: mis hijas Camelia y Paulina se han casado en separadas ceremonias religiosas a las que yo, habiendo sido invitado, no quise asistir, si seré un padre canalla. El argumento que ofrece uno de esos periódicos parece irrefutable: “Bayly’s no publicó contenido relacionado con la ceremonia ni fue visto en los registros difundidos por los asistentes”. La prueba definitiva de mi ausencia en ambas bodas es entonces que yo no he subido fotos a redes sociales de mi presencia en aquellas ceremonias y los invitados tampoco han exhibido fotos conmigo en dichos festejos. Por consiguiente, si no salgo en las fotos, es que me quedé en casa, no asistí a las bodas y desairé a mis hijas Camelia y Paulina, no llevándolas al altar, como haría un padre honorable, de buena entraña e intachable reputación.
Por si fuera poco, el diario español publica unas fotos que agravan mi confusión y me sumen en el estupor y el desconcierto: en una aparezco con mi actual esposa Silvia, que es descrita como mi hija, y que en efecto parece mi hija, pues le llevo veinticuatro años; en otra aparezco con mi hija menor, Zoe Bayly’s, de quince años recién cumplidos, que es descrita como una de mis hijas mayores que acaban de casarse; y en una tercera foto el periódico exhibe a mi primera esposa, Sandra, que sale muy guapa, y a quien el cronista critica por no haber invitado al casamiento a mi exnovio, el argentino Gazpacho, futbolista de segunda división. Después de leer las crónicas y ojear las fotos, la verdad es que ya no sé quién se casó con quién, si las bodas fueron religiosas o civiles, si fui invitado o ignorado, si asistí o me ausenté, y quiénes son, a fin de cuentas, mis hijas ya casadas y mis hijas todavía solteras.
En cualquier caso, mis hijas saben que, presente o ausente, las quiero mucho. Mi hija Camelia ha comprado entradas para ver juntos algunos partidos del mundial de fútbol que se jugarán en Filadelfia, la ciudad donde ella vive. Mi hija Paulina me ha dicho que vendrá a pasar el fin de semana del 4 de julio en la isla, con nosotros. Ninguna me ha pedido que le envíe mi más reciente novela. Nunca les he regalado mis libros a Camelia ni a Paulina porque no quiero obligarlas a que me lean cuando probablemente no les apetece hacerlo. Me ha entristecido que no le escriban a su hermana menor, saludándola por su cumpleaños, pero nada es perfecto, salvo el día en que me casé con mi actual esposa, Silvia, hace quince años, en las cortes de esta ciudad, donde el invierno es una ficción: nos presentamos en el juzgado a la una de la tarde, yo en ropa de dormir, sin testigos, sin anillos, desbordados de amor, y luego de casarnos no hubo fiesta, banquete ni sarao, y fuimos andando a comer en un restaurante italiano y a beber un Baileys en las rocas, sin molestar a nadie, y sin que los diarios de aquí y de allá se enterasen de aquella boda clandestina, desastrosa y feliz.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/baylys-en-las-rocas-nid29032026/