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Banksy: el fin del anonimato

Hace pocos días los medios informaron que se habría descubierto la verdadera identidad del artista conocido como Banksy. Esa posible revelación no es un simple dato biográfico: pone en cuestió...

Banksy: el fin del anonimato

Hace pocos días los medios informaron que se habría descubierto la verdadera identidad del artista conocido como Banksy. Esa posible revelación no es un simple dato biográfico: pone en cuestió...

Hace pocos días los medios informaron que se habría descubierto la verdadera identidad del artista conocido como Banksy. Esa posible revelación no es un simple dato biográfico: pone en cuestión el núcleo mismo de su proyecto artístico y su relación —siempre ambigua— con el derecho y el mercado.

Durante años, Banksy fue mucho más que un artista callejero. Fue una ausencia cuidadosamente construida, una firma sin nombre. Una obra que se afirmaba, precisamente, en la negación del autor. Su anonimato no era una precaución, sino un programa.

En un mundo donde el arte se legitima —y se valoriza— a partir de la identidad del creador, Banksy eligió lo contrario: desaparecer; disolver al autor en la obra; convertir su gesto artístico en algo potencialmente anónimo, replicable, incluso apropiable.

No sorprende, entonces, que acompañara ese gesto con una consigna igualmente radical: “Los derechos intelectuales son para los perdedores”. Para Banksy, el derecho de autor, en su lógica tan particular, no era una protección sino una claudicación.

Durante mucho tiempo, el experimento funcionó. Las obras de Banksy circulaban, eran fotografiadas, reproducidas y comercializadas sin control. Y esa misma circulación —libre y desbordada— reforzaba el mito. Banksy no solo producía imágenes: producía un sistema de significados que parecía escapar al derecho.

Hasta que el mercado hizo lo que siempre hace: a medida que su obra adquiría valor económico —y no poco—, la reproducción dejó de ser una forma de difusión para convertirse en una fuente de pérdida. Millones, según se ha dicho. Fue entonces cuando el artista sin autor empezó a necesitar, discretamente, al derecho que había despreciado.

La estrategia elegida fue tan ingeniosa como contradictoria: registrar sus obras como marcas. No como creaciones protegidas por el derecho de autor —que habría implicado reconocer su autoría—, sino como signos distintivos; esto es, como marcas.

El problema era evidente. El derecho puede ser flexible, pero no es ciego: para registrar una marca, alguien debe ser su titular. Y para ser titular, alguien debe existir. El anonimato —que había sido el corazón del proyecto— se convertía, de pronto, en un obstáculo insalvable.

Las autoridades europeas no tardaron en advertir la incoherencia: no se puede invocar el sistema jurídico solo cuando conviene, y menos aún utilizando figuras pensadas para otros fines. El resultado fue el rechazo de varias de esas solicitudes. Y así, el artista que había querido prescindir del derecho descubrió que el derecho, sencillamente, no prescinde de sujetos.

Hoy, la eventual revelación de su identidad —sea cual fuere el nombre que finalmente se confirme— introduce una variable nueva, y acaso definitiva. Porque si Banksy deja de ser anónimo, deja de ser, en algún sentido, Banksy.

Su obra no desaparecerá, claro. Pero cambiará de estatuto. Ya no será la expresión de un autor que se niega a existir, sino la producción de un individuo identificable, localizado y a quien eventualmente responsabilizar.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable —y un poco incómoda: ¿seguirá sosteniendo que el copyright es para perdedores? ¿O, ahora que tiene nombre, se animará a hacer lo que durante años pareció despreciar? Es decir:¿se animará a disfrutar —sin ironía— de las mieles del capitalismo que tanto contribuyó a alimentar? ¿Se animará, ahora con nombre y apellido, a debatir sobre las ideas —algunas bastante polémicas, por cierto, como su apoyo irrestricto al terrorismo palestino— que reflejó en sus obras?

Tal vez lo haga. Tal vez no. Pero hay algo que ya ha cambiado. Durante años, Banksy demostró que era posible construir una obra poderosa sin revelar la identidad de su autor. Hoy, el mundo parece recordarle —con cierta ironía— que no es tan fácil participar del mercado sin aceptar sus reglas.

Y entre esas reglas hay una, tan antigua como el derecho mismo: para reclamar, primero hay que existir.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/banksy-el-fin-del-anonimato-nid31032026/

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