Ascoli Piceno, la desconocida provincia que renació tras los terremotos y hoy pisa fuerte en el mapa turístico italiano
Hay un dicho que a los ascolanos les encanta repetir: “quando Ascoli era Ascoli, a Roma solo pascoli”. Quiere decir que cuando ellos ya eran un pueblo hecho y derecho, los vecinos romanos ni ex...
Hay un dicho que a los ascolanos les encanta repetir: “quando Ascoli era Ascoli, a Roma solo pascoli”. Quiere decir que cuando ellos ya eran un pueblo hecho y derecho, los vecinos romanos ni existían: sus dominios eran puro pasto. Según la leyenda, los picenos –el gentilicio que aún utilizan– fueron guiados por un pájaro carpintero (“picchio”, en italiano), que cuando llegó a lo que hoy es el ingreso más antiguo de la ciudad, se plantó como diciendo “aquí me quedo”. Vieron que el sitio era estratégico, una especie de fortaleza naturalmente aislada por el curso de los ríos Tronto y Castellano.
Así, con sólo construir un muro y una puerta, le dieron forma a una urbe que creció protegida por los montes Sibilinos –parte de los Apeninos en cuyas grutas habitaban las Sibilas– al oeste, y muy próxima al Adriático por el este. Claro que, al cabo de unos siglos, los picenos pasaron a integrar el Imperio Romano. Eso sí: el ave terminó siendo el símbolo de todo Le Marche, una de las 20 regiones italianas, cuyo nombre se estableció así, en plural.
Significa “las marcas”. “Marca” era un confín, y hacia el siglo X, se aplicó ese término a los feudos o marquesados encomendados a distintos nobles: la Marca de Ancona, la de Fermo o la de Camerino, por ejemplo. Cuando Italia se unificó, recién en 1861, Le Marche se consolidó como región, y no perdió su plural identitario: es la marca de sus marcas. Hasta 2004, cuando Fermo se separó de Ascoli Piceno, estuvo integrada por cuatro provincias. A las mencionadas se suman Pesaro e Urbino, Macerata y Ancona, donde está la capital homónima, un importante puerto que la conecta con Croacia, Albania, Turquía y Grecia. Fue cuna de tres grandes de la pintura, la música y la poesía: Raffaello, Rossini y Leopardi.
Con varias pequeñas industrias, y una gran preponderancia en la producción de alimentos orgánicos, aquí se ratifica todo el tiempo la máxima de que Italia es diversa enogastronómicamente cada 20 kilómetros. Y Ascoli Piceno tiene muchos motivos para jactarse. Si del campo se trata: su uva pecorino en Arquata del Tronto, su anís verde en Castignano, sus manzanas rosas en Montedinove, el “tartufo nero estivale” de Roccafluvione, las castañas de Pito, Pozzo y Umita. De la cocina, los “peschette” di Acquaviva Picena, los “macheroncini” –finísima pasta larga– de Campofilone y el “brodetto a la sambenedettese”, un ensopado de pescados con cebolla, pimientos, tomates verdes y vinagre blanco que responde a una costumbre de los tiempos en que no había heladera eléctrica: el pescado se comía del primero al tercer día fresco, el cuarto y el quinto, frito, y a partir del sexto, con un chorrito de “aceto”, y a rezar para que no cayera mal.
Hoy, en cambio, se lo hace con postas de pescado orgullosamente fresco.Con el terrible terremoto de 2016, que dejó unos 300 muertos entre Lazio y Le Marche, Ascoli se pobló de grúas que aún se ven en varios pueblos. La Unión Europea inyectó unos € 1.200 millones para la reconstrucción. La provincia recibió más de € 400 millones y dio forma a varios proyectos mixtos –con créditos privados y fondos públicos– para iniciativas turísticas.
Todavía hay unos cuantos edificios históricos apuntalados y hasta “zunchados” con tensores, pero muchos otros lucen renovados. Los ascolanos parecen haberse cansado de su bajo perfil y estar resueltos a darse a conocer. Aprovechar que eso que siempre hicieron callados –rendir culto al producto local y a la tradición– está de moda y levantar la mano. “Acá estamos”. “Esto hacemos”. Y los turistas, hartos de las hordas, agradecidos. Quién no quiere llegar a un “borgo” y encontrarse a una señora haciendo encaje de bolillo solita su alma.
Charlar con ella, escucharla lamentarse de que ya nadie quiere aprender la técnica del “merletto di tombolo” y que ni los turistas quieren pagar el tiempo que vale esa carpeta, ni que hablar de ese camino de mesa y mucho menos un mantel. Casi como un homenaje, el chef Daniele Citeroni de Osteria Ophis prepara en Offida un menú degustación cuyo primer paso es, justamente, una réplica comestible de un bolillo.
Ascoli Piceno tiene una sorpresa de esas en cada pueblo. La señora anónima en la calle perdida y el restaurante Bib Gourmand de la Guía Michelin. Dicen que el que canta último, canta mejor.
LoretoEl único atractivo fuera de Ascoli Piceno que visitamos en este viaje –impulsado por el ENIT Argentina y el BIM Tronto– es el Santuario Pontificio de la Santa Casa de Loreto.
Conserva los muros de la vivienda que la Virgen María tuvo en Tierra Santa: el lugar donde nació, vivió y recibió la Anunciación. Es un sitio de peregrinación mundial, administrado por la Santa Sede. Son tres paredes –arqueológicamente compatibles con el material de las grutas de Nazareth– que, según la tradición, fueron trasladadas por los ángeles. Una interpretación más histórica refiere que, cuando los musulmanes expulsaron a los Cruzados en 1291, ellos, temiendo que la casa fuera destruida, la mudaron primero a la antigua Iliria –donde hoy está el santuario de Trsat, en Croacia– y luego, en la noche del 9 al 10 de diciembre de 1294, al antiguo municipio de Recanati.
Estuvo un tiempo cerca del puerto, y luego la subieron al Monte del Lauro, donde la ubicaron junto a un camino público, que acabó dando origen a la localidad de Loreto.Hacia el 1400, los Papas se dieron cuenta de que el lugar cobraba relevancia internacional, lo que implicaba a su vez, un atractivo negocio. En 1469, el papa Paolo II mandó construir la Basílica. Años más tarde, en 1507, el papa Julio II le encargó a Bramante que revistiera la Santa Casa en una caja de mármol profusamente decorada, una espléndida obra del Renacimiento. Así, como la casa natal de San Martín en Yapeyú o el Salón de la Jura en la Casa Histórica de Tucumán, aquí también hay un pedazo de historia envuelto dentro de otro más joven, a donde se ingresa formando fila, con estricta prohibición de tomar fotografías. No es fácil –en los pocos instantes que le toca a cada fiel– percibir particularidades de esos vestigios sagrados de piedra oscura. Los más destacable es la virgen negra de Loreto, ubicada en el altar erigido en el único muro “moderno” del santuario. La figura que se puede admirar hoy data de 1922, ya que la anterior se perdió en un incendio que se desató en 1921. El 24 de marzo de 1920, Benedicto XV proclamó a la Virgen de Loreto patrona universal de la aviación.
Otro imprescindible de esta historia es Sixto V, que fue papa apenas cinco años, entre 1585 y 1590. Ese lustro resultó fundamental para Loreto: le dio la condición de ciudad y mandó a terminar la fachada de la Basílica, a la que le otorgó la categoría de catedral. También eligió ocho cardenales de Le Marche, que fueron los que se reunieron para levantar en su honor la estatua que está en la puerta del templo.
GrottamareUnos 60 km al sur de Loreto, Grottamare es la primera localidad de Ascoli Piceno que visitamos. Reconocida por sus naranjas rubias del Piceno, una variedad autóctona, tan importante es la cultura de los cítricos que hasta su teatro, construido en el siglo XVIII, lleva el nombre de Teatro dell’Arancio. Aquí nació, justamente, el papa Sixto V.
Se llamaba Felice Peretti. Miembro de una familia muy pobre, parece que sus hermanas quisieron borrar el rastro de ese origen humilde e inventaron un escudo de armas que incluía un león rampante y un manojo de peras… Al ver la nariz prominente del Pontífice, a los argentinos del grupo se nos presenta enseguida la duda de si Diego Peretti no será descendiente. Nada que Google no pueda responder en instantes. ¡Bingo! Lo que se hereda no se roba. El actor reconoció en más de una entrevista que así es. Se larga a llover, pero igual nos divertimos tomando fotos de la plaza de Grottamare que lleva su apellido.
ForceSituado entre los valles de Aso, Tesino y Tronto, el pueblo de Force fue reconocido durante siglos por sus artesanos del cobre, los “ramai” (cobre se dice “rame”). Fue una cultura muy fuerte, introducida en el siglo XVI por los monjes farfenses, que creció y hasta desarrolló un dialecto propio: el “baccagliamento forcese”. Se cree que lo utilizaban los artesanos para entenderse en las ferias y que nadie más pudiera hacerlo a la hora de las negociaciones. Tiene palabras muy especiales, como “lu moccu” para referirse a la nariz, “le fangose” a los zapatos y “le lucerne” a los ojos. A principios del siglo XX había 28 talleres en diversos sótanos. El último cerró en la década de 1980, y ya no queda cobre en los cerros de la región. Por suerte, los habitantes lograron recrear su propio museo Ramai di Force.
No es tan fácil encontrar quien venda piezas, pero con el dato preciso puede llegarse a lo de Adornino Marcozzi y su mujer Novella, cuyo padre y abuelo fueron ramai. Él usa las herramientas heredadas de su suegro para dar forma a preciosas piezas de bijouterie con utensilios y cables de cobre reciclados. Otro tesoro local, mucho más a la vista, es el Villino Verrucci, un singular edificio que plantea un revival del Medioevo nostálgico, pero con una mezcla de la imaginativa extravagancia de Gaudí. Fue uno de los beneficiados con los créditos que llegaron después del terremoto. Está a punto de inaugurar reconvertido en un pequeño hotel de 9 habitaciones. Se trata de un palacete construido por Ernesto Verrucci, arquitecto nacido en Force el 13 de marzo de 1874.
Emigró a El Cairo con sólo 23 años y se volvió consejero de confianza del rey Fuad I, investido con el título de Bey, que incorporó a su apellido. Estuvo activo en la corte egipcia durante 42 años y resultó una figura clave en la renovación de las instituciones y el renacimiento arquitectónico de sus ciudades, costumbres, economía y cultura. Entre las décadas de 1920 y 1930, remodeló el Palacio Real de Abdin y el Palacio Real de Kubbeh. Fue testigo de un período crucial de la arqueología. Acompañó la expedición que encontró la Tumba de Tutankamón en 1922. En Alejandría trabajó en el Monumento al Jedive Ismail, hoy Monumento al Soldado Desconocido, construido con travertino de Piceno, el Palacio Real de Ras el Tin y, su obra más importante, el Palacio Real de Montaza. La influencia de este último se aprecia claramente en las formas del Villino Verrucci, pues son réplica de la torre de aquel. Lo construyó cuando se vio obligado a regresar, hacia 1938, una vez que Fuad I había fallecido. Poco afecto al fascismo que imperaba entonces, se recluyó en su villino y allí murió en 1945. Los muebles y su ex libris confirman que llegó al grado 33º de la orden masónica Grande Oriente d’Italia. Está enterrado en el cementerio local, en un mausoleo diseñado por él mismo.
Acquasanta TermeComo nos están mostrando lo bello de Ascoli Piceno, no vamos a ver las obras de lo que serán las nuevas termas de Acquasanta Terme, uno de los sitios más golpeados por el terremoto, pero nos cuentan sobre ellas, y sí nos llevan al Castel di Luco, un auténtico castillo del siglo XI, también muy afectado por el sismo, que recibió un premio de la Unesco por la tarea de recuperación y reapertura como hotel en marzo de 2024. Atendido por sus dueños, los hermanos Francesco y Laura Amici –cuyos ancestros están a cargo del edificio desde mediados del siglo XIX– tenía una larga tradición como restaurante, pero esta nueva etapa es otra cosa.
Construido sobre un bloque aislado de mármol travertino, su forma redonda se aprecia desde lejos y recuerda que en sus orígenes fue una fortaleza. La escalera elíptica que da acceso a la puerta principal hace que uno se transporte en el tiempo aún antes de entrar (por suerte hay montacargas para el equipaje). Probablemente, este haya sido un sitio de culto de los romanos, y por su ubicación central, en pleno bosque sagrado, se hayan realizado aquí distintos sacrificios. Entre los siglos XIV y XVIII estuvo en manos de la familia Ciucci: varios de sus “dominus” están retratados en uno de los salones del hotel.
Ascoli PicenoSe acerca el final. Antes de dar un último merodeo por la capital, visitamos el precioso pueblo de Montalto delle Marche, cuna natal del arquitecto Giuseppe Sacconi, proyectista del Altar de la Patria en Roma. Comemos divinamente en Sotto Scala Gusteria y nos enteramos de que el Palazzo Sacconi está en la cuenta regresiva para convertirse en un hotel de 15 suites en menos de un año.
Una vez en la capital, hay mucho para ver: los teatros Ventidio Basso y dei Filarmonici (ver aparte), la piazza Arringo y la catedral con el Políptico de San Emidio y su cripta. En la Piazza del Popolo se llevan a cabo el Carnaval y la fiesta de la Quintana el segundo domingo de julio (en homenaje a Nuestra Señora de la Paz) y el primer domingo de agosto (en honor a San Emidio, patrono de la ciudad).
También es tradicional tomarse una “anisetta” en el Café Meletti de esa plaza. Es el más famoso de la ciudad. Abrió en 1907 y está próximo a cumplir 120 años.
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Agradecemos la realización de este viaje al ENIT Argentina (Ente Nazionale per il Turismo) y el BIM Tronto. enit.it www.bimtronto-ap.it