Antonio Grimau: del “sueño del pibe” y las veces que el arte lo salvó al día que pensó que no iba a volver a caminar
Antonio Grimau es una de esas personas que piensa que hay que estar activo para no oxidarse. Y es lo que hace, a conciencia. Por eso festejó que Carlos Rottemberg lo haya convocado para protagoniz...
Antonio Grimau es una de esas personas que piensa que hay que estar activo para no oxidarse. Y es lo que hace, a conciencia. Por eso festejó que Carlos Rottemberg lo haya convocado para protagonizar Vamo’ los pibes, que estrena el 2 de enero en el Multiteatro, de la mano de Osvaldo Laport, Raúl Lavié y Osvaldo Santoro.
En una charla con LA NACION, durante un descanso en uno de los últimos ensayos, Grimau repasa su vida: recuerda su sueño de pibe y cuenta cómo lo cumplió, habla de cómo el arte lo salvó muchas veces, y rememora que en pandemia estuvo internado más de un mes, bajó 22 kilos y tuvo miedo de no volver a caminar.
-¿Cómo es hacer esta comedia dramática con amigos?
-Es fabuloso. Sobre todo, tenemos una linda relación con Cacho Santoro y con Osvaldo Laport. Con Raúl no nos habíamos cruzado lamentablemente, pero estamos fomentando un lindo vínculo ahora porque es un tipo divino. Ya conocía a un gran artista, y ahora estoy descubriendo a un gran tipo; francamente un compañero hermoso, joven de espíritu y físicamente, porque es un muchacho más (risas). Con Cacho Santoro había hecho algo en televisión, pero no en teatro y los dos teníamos mucho deseo de encontrarnos en un escenario y se dio. Y con Osvaldo hice televisión y teatro.
-¿Eso te convenció para decir que sí?
-El proyecto me cerró en todo sentido porque, en general, las propuestas de Carlos Rottemberg siempre me hacen mucha ilusión; son muy atractivas artísticamente y además él pone todo como productor. Además, la dirección de Federico Palazzo es muy acertada; yo había trabajado con su padre, Jorge Palaz, director de televisión y autor… Justamente esta obra la escribió él. Me felicito por haber aceptado.
-¿Qué cosas tiene tu personaje de vos?
-Es un tierno que tiene muchas cosas mías; yo me identifico mucho con él y eso también me ayuda a llevarlo adelante. Tiene mucha lealtad en cuanto a la amistad, es un tipo noble, una buena persona que está siempre un poquito al azar del personaje de Osvaldo (Laport), que es el que organiza y tiene el liderazgo del grupo. Yo, en cambio, no tengo ese perfil… Soy el que se demora en las respuestas, el rezagado; siempre espero un poco que otros tomen la posta, y después, por supuesto, apoyo o no esa decisión posible. Pero espero a ver qué dice el resto y eso me ayuda a evaluar mucho mejor la respuesta que pueda dar. Me gusta meditar y no apresurarme, también con eso me identifico.
-Es la historia de cuatro amigos a lo largo de la vida, ¿vos tenés algún amigo de tantos años?
-Sí, tengo esa experiencia con un amigo en particular, Aníbal. Nos conocimos trabajando en una fábrica de zapatos a los 15 años; entramos como aprendices y hasta el día de hoy mantenemos esa amistad, cosa que me parece un milagro y algo muy entrañable y muy lindo. Compartimos la vida entera, con sus más y sus menos, con las alegrías y las penurias, siempre ayudándonos y apoyándonos. Una hermosa amistad. Por suerte, aparecen esas identificaciones, lo que ayuda mucho a la interpretación.
-Hacía tiempo que no estabas en Buenos Aires, en temporada de verano...
-Mucho... Creo que lo último fue Hello, Dolly! antes de la pandemia. También hice Rotos de amor, pero en gira, y en Carlos Paz y Mar del Plata. Fue uno de los tres o cuatro elencos que volvimos después de la pandemia, con protocolos estrictos.
-Contaste que pasaste una pandemia bastante dura porque tuviste covid, estuviste internado y bajaste mucho de peso. ¿Qué recuerdos tenés de ese momento?
-Sí, la pasé muy mal y tuve covid en varias oportunidades, incluso en Mar de Plata, con todo el elenco de Rotos de amor, y tuvimos que suspender funciones. En una oportunidad estuve internado más de un mes y bajé 22 kilos. Era piel y huesos.
-¿Y te costó reponerte?
-Me costó mucho porque había perdido mucha masa muscular en apenas un mes y pico de internación. Me consumió estar tirado en una cama, pero tuve una gran persona que me ayudó, una kinesióloga que me levantó la moral de una manera impecable. En un momento me pregunté si iba a volver a caminar. Y ella me dijo: “¿Pero cómo no vas a volver a caminar con el pasado de deportista que vos tenés?”. Eso me ayudó muchísimo. Porque es cierto, tengo un pasado muy apegado al deporte.
-¿Qué deportes practicaste?
-Casi todos, salvo los de alto riesgo. Hice boxeo, rugby, fútbol. Y claro, el cuerpo tiene memoria y es lo que ayudó mucho a mi recuperación. Pero, además, esta mujer fue fundamental. Empecé levantando una pierna y después la otra, tirado en la cama. Después pude pararme y a caminar para atrás y para adelante. Aprendí a caminar otra vez, en definitiva, como una criatura. Fue muy duro, y realmente pensé que no me iba a poder recuperar porque estaba destruido, anímicamente y físicamente. Pero, por lo visto, hay un impulso, unas ganas de seguir en pie que puede con todo. Y todas esas vivencias son importantes para un actor, porque las volcás en los personajes.
-¿Fue en pandemia que te dedicaste a la pintura? No podías actuar, pero te volcaste a otra forma del arte.
-Siempre me gustó pintar, pero lo hacía en las pausas que me permitía el trabajo. Y cuando apareció la pandemia dije “pintemos porque va a ser la salvación”. Fue una época en la que aproveché a producir mucho. Ahora tengo menos tiempo porque el compromiso con el teatro, por supuesto, está por encima de todo.
-¿Llegaste a tomar clases o fue algo innato?
-Apareció en un principio como algo innato, como una necesidad de expresarme de otra manera. Por casualidad yo iba a presenciar unas clases de arte en Recoleta, acompañando a una persona. Y un día me invitaron a participar con crayones y hojas de papel. Cuando empecé a mezclar colores, me deslumbré. La pintura siempre me había gustado, pero como espectador. Me entusiasmé y con el tiempo tomé clases en Bellas Artes y después con pintores, con maestros particulares, entre ellos Luis Álvarez. Quién iba a decir que una pandemia me iba a llevar a descubrir otras posibilidades.
-¿Tenés otras pasiones en tu vida cotidiana?
-El deporte. Practiqué boxeo durante un año y medio y después me asusté un poco porque es un deporte de mucho riesgo. Pero a mí me gusta experimentar, y después decido. Hice natación, fútbol…. Por salud y como diversión también. Llegué a probarme en Lanús, pero no funcionó y yo creo que un poco ahí me bajaron las expectativas. De todas maneras, seguí jugando en el equipo de los galanes. Jugábamos a beneficio de entidades y entrenábamos casi como profesionales. Nos lo tomamos muy en serio. Creo que todos los que participábamos alguna vez hemos tenido el sueño del pibe de salir por un túnel con una camiseta determinada y jugar para un público en una cancha profesional. Durante 5 años fui más un jugador de fútbol que actor. Recuerdo que en ese momento hice una coproducción con Puerto Rico, La cruz de papel, y el director me decía que comiera un poco más porque en los primeros planos se me veían demasiado los pómulos. Estaba por debajo de mi peso, como los jugadores, y muy entrenado. Realmente sentimos que éramos jugadores profesionales. Fue cumplir un sueño maravilloso.
-¿Sos de las personas que suele hacer un balance a finales de cada año?
-No demasiado. No me detengo en lo que pasó durante el año, ni en lo que pasó en mi vida anterior. Me prendo más a lo que está por venir que a lo vivido.
-¿Y qué queda por venir?
-Hace poco escuché a una señora en televisión que decía algo muy interesante. Ella dijo: “A la gente de mi generación, la ciencia nos ha regalado 20 años más de vida. Honrémoslos”. Y me pareció muy importante, porque eso es lo que realmente ha sucedido. Tenemos ese privilegio y creo que hay que valorarlo y tenerlo muy en cuenta. Por eso mi actitud fue siempre tener proyectos. La parálisis física y mental me aterra, y las internaciones que he tenido también me sirvieron para darme cuenta hasta de eso. Puedo respirar y caminar, y lo valoro y lo disfruto muchísimo. Mi actitud es no bajar los brazos, porque cuando eso sucede todo se termina. Disfruté muchísimo del espectáculo Déjame amarte que hice el último invierno. Y también de Cafetín de tango, donde tuve que interpretar a Julio Sosa. Cada propuesta es un regalo, una felicidad, una alegría, porque yo no soy de generarlas. Yo espero siempre, porque me cuesta generar por mí mismo.
-Entonces nunca pensaste en un retiro…
-¡No! Me impresiona mucho cuando veo eso reflejado en otros compañeros. Es lo que no quiero. Lo mío es tener salud y fuerzas para seguir porque personajes hay.
-Alguna vez contaste que esta vocación te salvó la vida varias veces. ¿Cómo fue?
-Muchas veces. Crecí en una familia humilde y jamás imaginé ser actor. Mi vida es un culebrón. Tuve una infancia muy feliz, fui un niño mimado, pero a mis 11 años fallecieron mi hermana mayor, mi papá y mi mamá, todos en apenas siete meses. Y de ser Los Campanelli pasamos a ser tres hermanos y una hermana que vivía en Paso de los libres, en Corrientes, y con quien teníamos poco contacto. Mi hermano se convirtió en mi tutor. Estudié hasta tercer año del industrial con especialidad en motores Diesel, que era el futuro. Pero no era lo mío, no soportaba el olor a nafta. Entonces mi hermano me dijo que si no estudiaba tenía que trabajar. Y eso hice. Trabajé en un bazar, en una fábrica de fideos, fui peón de obra. Y en una fábrica de zapatos en Barracas fue que descubrí mi vocación.
-¿Cómo fue eso?
-Un día vi un aviso en un diario en el que buscaban actores y fue insólito para mí. Era para conformar un elenco teatral en un club deportivo en Almagro, el Charles Chaplin. Me acompañó un amigo, Pepe Elizalde, pero hasta la puerta porque ya era de noche y en el fondo del pasillo se veían unos tipos con libretos y le dio miedo. Yo entré y me quedé cuatro años (risas). Estaban ensayando Los fusiles de la madre Carrar, de Bertolt Brecht, me dieron un monólogo para aprender en media hora; lo leí y cuando me tocó subir al escenario lo hice con una naturalidad y una comodidad insólitas. Ya me había picado el bichito, porque mis hermanas y mi madre escuchaban radioteatro y a mí me fascinaba. Fue ese teatro que me invitó a descubrir los libros, la música y me formó durante cuatro años en muchos aspectos. En un momento llegué a ser protagonista y dije “esto es demasiado fácil”. Evidentemente en mí había un actor nato... Y también me salvó cuando perdí a mi hijo Lucas ; estaba haciendo El anatomista y (José María) Muscari me propuso suspender las funciones por el tiempo que necesitara. Le pedí una semana y no lo hice por el espectáculo sino por mí. Necesitaba meter la cabeza en el laburo (se emociona).