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Alexander Melnik: “Putin está solo y el ejército ruso pierde terreno”

PARÍS.– Cuando era pequeño, en su dacha de las afueras de Moscú, Alexander Melnik soñaba con ser presidente de Estados Unidos. En vez de eso, terminó siendo diplomático soviético durante 1...

Alexander Melnik: “Putin está solo y el ejército ruso pierde terreno”

PARÍS.– Cuando era pequeño, en su dacha de las afueras de Moscú, Alexander Melnik soñaba con ser presidente de Estados Unidos. En vez de eso, terminó siendo diplomático soviético durante 1...

PARÍS.– Cuando era pequeño, en su dacha de las afueras de Moscú, Alexander Melnik soñaba con ser presidente de Estados Unidos. En vez de eso, terminó siendo diplomático soviético durante 15 años (de 1979 a 1995). Una actividad que le permitió conocer desde adentro los mecanismos de un universo opaco y misterioso: el de ese mundo oficial soviético —y después ruso—, marcado por rivalidades ideológicas e hipocresías, y por la recomposición del mundo tras la caída del Muro de Berlín. Un derrotero que hoy, naturalizado francés, profesor de geopolítica en la ICN Business School y reconocido analista internacional en la televisión francesa, relata en un libro apasionante, cuyo título lo dice todo: La elección de la libertad.

Melnik, acerbo crítico de la invasión rusa a Ucrania, evocó en una entrevista con LA NACION en París, no solo esa apasionante historia, sino la actualidad de una guerra interminable, que debía concluir “en tres días”, según su responsable, Vladimir Putin.

Pero, ¡qué vida la de Melnik! Un puro producto del régimen soviético, nacido en 1957. Hijo de una familia totalmente integrada en el sistema. Con un padre coronel y una madre profesora de inglés, que no formaban parte de la nomenklatura, pero a quien su amor por el conocimiento y su capacidad intelectual le permitieron, no obstante, cursar estudios en las mejores instituciones soviéticas hasta convertirse en diplomático.

Gracias a sus funciones, durante tres lustros, tanto en París, como en Moscú, Melnik pudo conocer a las personalidades que marcaron la segunda mitad del siglo XX. También vivió desde adentro el fin del régimen soviético y la llegada de Mikhail Gorbachov y su célebre “glasnost” —término que él mismo, con otros dos o tres de sus colegas, tradujo para Occidente como “transparencia”, en los locales de la embajada soviética en París— hasta que, en 1995, tomó la decisión de elegir la libertad.

–No puedo resistir a la tentación de pedirle que evoque ese episodio preciso en 1985 cuando, en presencia de Gorbachov, durante su primera visita a París, en la embajada soviética en París, usted fue capaz de hallar la palabra justa para traducir ese término abstruso para Occidente, “glasnost”.

–Recuerdo que, pocas horas antes de la llegada de Gorbachov y de su esposa Raisa, el embajador recibió un telegrama con la orden de traducir y difundir de inmediato un texto que expresaba la nueva política del régimen y su voluntad de apertura. En ese texto, una palabra planteaba problemas: “glasnost”. En traducción literal eso significa "una voz que se hace oír". Demasiado largo y difícil de comprender. Así, inventamos el término “transparencia” que, en realidad, suena más o menos igual en todos los idiomas.

–Y pocos días después, también intervino en la traducción de “perestroika” cuando, acompañando a Gorbachov, este trataba de explicar al secretario general del Partido Comunista Francés (PCF), George Marchais, cuál era su significado.

–Sí. Porque Georges Marchais quería asegurarse de que Gorbachov no tenía intenciones de terminar con el sistema comunista: “Para nada, solo queremos mejorarlo”, le respondió Gorbachov. “A propósito, ¿cómo traduce usted ‘perestroika’?“, dijo Marchais. ”No se traduce", contestó Gorbachov. Yo intervine rápidamente y le dije a Marchais: “Reconstrucción. Esa es la traducción exacta”. Y Gorbachov asintió: “Exactamente. Rekonstruktsia”, dijo, reproduciendo exactamente en ruso la fonética de la palabra reconstruction en francés.

–Refiriéndose a la época soviética, usted escribe en su libro: “Es comparable, en muchos aspectos, con el nazismo y el fascismo. Con la salvedad de que el comunismo no ha sido juzgado por la Historia, ya que ningún equivalente de los Juicios de Nuremberg lo ha condenado jamás.” ¿Por qué, en su opinión, la Historia no ha juzgado a ese régimen, cuyas atrocidades son de conocimiento público?

–Porque los estadounidenses estaban en otro mundo. Con su visión tan básica o pragmática de las cosas, no comprendieron, no captaron lo que yo llamo el kairós. El kairós es el momento oportuno que hay que aprovechar. Los estadounidenses aprovecharon esa oportunidad con los juicios de Nuremberg. Pero con el comunismo… digamos que no entendían muy bien la situación, tratándose de Rusia, que es una gran potencia, o de la Unión Soviética. Había una confusión total en la mente de los estadounidenses. Prefirieron hacer negocios, es decir, enseñar a Rusia la economía de mercado. Pero no juzgaron ese fenómeno, que debería haberse juzgado en su momento. Yeltsin estaba totalmente abierto a un juicio tipo Nuremberg.

–¿Cómo es posible?

–Lo sé porque trabajaba en la embajada rusa en París en aquella época y recibimos un telegrama en el que nos instaban a elaborar esa visión, a explorar las vías para ese juicio de Nuremberg contra el fascismo soviético. En todo caso, los franceses siempre estuvieron dominados por cierta idea de izquierda, y los norteamericanos se hacían ver, pero les importaba un bledo no entender absolutamente nada de esa ideología. Además, la personalidad de Yeltsin nunca fue apreciada por su justo valor. Todos se centraron en su faceta de alcohólico, en su lado “oso ruso”, etc. Pero no comprendieron que fue él quien desmanteló el comunismo.

–Una tarea que no duró mucho…

–Ya sabe, es como la maleza: si uno no deshierba el jardín, la maleza vuelve a crecer. Eso es exactamente lo que está pasando actualmente. Es decir, no hemos extirpado esas raíces criminales del comunismo y, aunque Vladimir Putin no sea en absoluto comunista, al final esa especie de criminalidad, ferocidad y barbarie de Putin también proviene, en mi opinión, de esa ausencia de un juicio sobre el pasado del país donde nació, que se llamaba la Unión Soviética.

–En su caso, lo que dice tiene seguramente el valor adicional de haber vivido dentro de ese sistema…

–Sí, fui parte de ese sistema. Y hoy, sin haber jamás cometido ningún crimen, he seguido siendo yo mismo. No he traicionado mis principios, porque el comunismo ya estaba moribundo. No había una estructura tan sólida, no había tanta represión, en aquella época. Pero conozco ese sistema desde dentro. Así que, si hoy afirmo con toda la fuerza de mis convicciones, de mi experiencia y de mis valores que el comunismo es un crimen comparable al nazismo y al fascismo, tal vez eso pueda tener una dimensión adicional, una dimensión de valor intelectual.

–Usted también es de origen ucraniano por parte de su abuelo, y en su libro dice que fue la invasión rusa a Ucrania lo que hizo despertar su sangre ucraniana. ¿Cómo ve la situación de esta “operación especial” de Putin en Ucrania tras cuatro años de guerra?

–Primero, solo una precisión: mi nombre, Melnik. “Nukret” en Ucrania es como “Pérez” para los argentinos, pero yo no lo sabía porque nací en Norilsk, ¡y allí se suponía que todo el mundo era soviético! Por lo demás, mi posición ha sido clara desde el inicio de esta guerra, e incluso desde antes, porque estaba persuadido de que, tras la anexión de Crimea, Putin —que es un líder que no sabe detenerse— iría hasta el final. Para él, Ucrania es una pequeña provincia del Imperio ruso. Es decir, como país, no existe. Y como él quiere restaurar una especie de imperio ruso-soviético sin el comunismo, obviamente para él Ucrania es la pieza esencial sin la cual su proyecto nunca podría realizarse.

—Sí, pero no ha tenido mucho éxito hasta ahora, ¿verdad?

–No ha tenido éxito en absoluto, es un fracaso total. Por eso se lanzó a esta esta barbarie. Es su guerra, no es en absoluto una guerra de su entorno. Su círculo cercano no estaba para nada a favor de esta guerra, fue él quien la impulsó. ¿Por qué? Porque considera a Ucrania como una provincia de Rusia, y además Ucrania ha elegido la libertad, desde la caída de la Unión Soviética. Eligió los valores occidentales, europeos. Él no puede aceptar eso porque, a su juicio, la democracia es como el Covid: algo muy nocivo. Y es obvio. Porque, si la democracia se propaga en Rusia, su régimen cae. En otras palabras, la gente dice “operación especial”… Yo rechacé ese término desde el principio. Se trata de una guerra declarada por un solo hombre llamado Putin contra un país independiente, soberano, cuya identidad es más antigua que las propias entidades rusas. Porque lo que llamamos eslavidad oriental ¿dónde nació? En Kiev. Y hoy Kiev es la capital de Ucrania. En el siglo X era la sede de la ortodoxia, la cuna de la civilización, y también fue donde llegaron primero los vikingos, mientras que Moscú ni siquiera existía. En Moscú, en aquel entonces, había osos y lobos deambulando por los pantanos. Así que la identidad ucraniana es más antigua que las entidades rusas. Y, para él, esta guerra es en última instancia un intento por salvar su propio pellejo, su propio régimen. No solo en el sentido político, sino también en el sentido físico. Porque hay muchísimos ejemplos de violencia en los círculos de Rusia y creo que nos dirigimos hacia algo bastante violento, ya que no existen mecanismos de elección, es decir, de reemplazo democrático de los gobernantes. Estamos hablando de una guerra que, evidentemente, representa un fracaso total para Rusia. En el plano militar, Rusia no solo no avanza, sino que, según las últimas semanas está perdiendo terreno: 120 km², que es más de la superficie de París. Además, hoy Ucrania encarna la modernidad y el ingenio. Ucrania sabe por qué lucha, lucha por su independencia y por la democracia, mientras que los rusos ignoran por completo los verdaderos fines y objetivos de esta guerra. Esta guerra no se puede ganar, ni en el plano militar ni en el político.

–A su juicio, Putin también “ha declarado la guerra a su propio pueblo”.

–Exactamente. Hoy está completamente desconectado, en el sentido literal de la palabra, porque Internet está prácticamente prohibido en Rusia. Está completamente desconectado de su propio país y del mundo. Hay rusos que quieren viajar y no pueden. Yo había creado un programa entre Rusia y Francia. Era el primer máster en Francia en gestión internacional y funcionaba muy bien: los rusos venían y estaban encantados de estudiar en Francia, y los franceses también iban allá. Eso se acabó. Por culpa de sus líderes, los rusos viven en el ostracismo, como los alemanes durante el régimen de Hitler, para decirlo claramente.

–¿Cree usted en un debilitamiento del régimen a nivel interno? Y, sobre todo, ¿cree en un posible golpe de Estado?

–Sí, sí, por supuesto. Lo escribo y lo digo: la sociedad rusa está lobotomizada por el miedo, anestesiada por la mentira. Pero lo que está pasando con Internet está empezando a despertar a esa sociedad. Porque, Internet... lo que yo llamo “el click”, está en todas partes. No se puede detener. No se puede detener TikTok. Es como un tsunami: no se puedes detener un tsunami con una cuchara es imposible. Así que la sociedad rusa, debido a esas restricciones en el ámbito de Internet —que era como el aire que todo el mundo respiraba— se está asfixiando. Será muy lento, muy largo, pero las cosas pueden acelerarse.

–¿Y a nivel del régimen mismo?

–Por otro lado, existe el descontento en otras esferas del Kremlin, y eso es lo más importante. Porque, de hecho, está la desafección de un grupo, en este caso los oligarcas y los llamados siloviki —los representantes de las instituciones de seguridad del Estado—, que están comenzando a comprender que Putin los conduce a un callejón sin salida. Que al final no hay futuro y que ninguno de los objetivos de esta guerra se ha cumplido ni podrá cumplirse jamás. Por lo tanto, obviamente están descontentos, porque sus hijos están en Occidente, sus fortunas están en bancos occidentales, y ni siquiera pueden acceder a su dinero. Así que es una situación crítica para ellos. Existe esta conjunción entre una élite que ya no puede vivir como antes y una base que tampoco quiere vivir como antes. Y esto, es lo que los grandes clásicos comunistas llamaban una “situación insurreccional”. Es decir, revolucionaria. Así estamos hoy. Y recapitulo: el ejército ruso está en apuros y perdiendo terreno. Y Putin está solo.

—Esa es la imagen que pareciron dar las celebraciones de este 9 de mayo…

–Ese desfile suele ser un espectáculo enorme. Pero este año no lo fue debido a la amenaza de los drones ucranianos. Putin estuvo solo, porque no hay jefes de Estado que lo apoyen. Creo que solo quedan dos o tres, nada que ver con los que servían de escudo el año pasado. Es el aislamiento de un dictador, de un tirano. Y esto es clásico en la historia: cuando murió Stalin, durante dos días nadie se atrevió a entrar en su despacho, ni siquiera su médico para constatar su muerte. Porque Stalin se había aislado por completo. Es la dinámica de los regímenes dictatoriales: los dictadores se aíslan y, al final, se quedan solos.

–¿Por qué Trump ayuda tan abiertamente a Putin? ¿Tiene alguna idea?

–Yo no soy muy dado a esas teorías conspirativas de que Trump está controlado por Putin, no lo creo. En el mundo en el que vivimos, tras todo este asunto de Epstein, no veo ninguna revelación que pueda cambiar realmente las reglas del juego. Pero creo que son como hermanos siameses que comparten más o menos la misma visión del mundo. Piensan que hay que romper por completo con el orden internacional que los asfixia. Ellos son los ingenieros del caos. Hay que romper con todo eso. Hay que saltarse las reglas porque todo está burocratizado, etcétera. Por un lado, Putin intenta lavar su imagen. Es decir, borrar la humillación. Es como si quisiera vengarse de lo que considera la derrota de la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Él piensa que fueron los occidentales quienes destruyeron la Unión Soviética y busca reparar esa humillación. Trump quiere reparar la humillación que él llama el “Estado profundo”, es decir, la cultura de masas impulsada por los demócratas. Para el, ese sistema está completamente podrido, burocratizado y ya no responde a las expectativas del pueblo estadounidense. Putin y Trump son dos machos alfa que creen que pueden hacerlo todo sin consultar a nadie. Están personalizando por completo su relación y comparten una similitud en su visión del mundo. Además, nunca hay que olvidar que existe una especie de fascinación que viene de lejos. Aun cuando la Unión Soviética veía a los Estados Unidos como su enemigo número uno, la gente admiraba el poder estadounidense, su música, su cine, lo que llamamos el soft power norteamericano. Todo el mundo quería llevar jeans, cantar canciones estadounidenses, etc. Por eso la Unión Soviética miraba a los Estados Unidos con envidia.

–Y los estadounidenses se fascinan con Rusia…

–Eso es lo que noto cuando enseño en Estados Unidos: esa misma fascinación, incluso de mis colegas profesores estadounidenses, por una especie de fenómeno imaginario. Porque, aunque el poder soviético y ruso es un coloso con pies de barro, una potencia pobre, existe esa fascinación, no por la extensión del país, sino por una especie de grandeza histórica. Es casi un fantasma que ronda el inconsciente de los estadounidenses. Esto explica por qué estos dos “hermanos” se han encontrado y se entienden muy bien. Y Putin, como manipulador que es gracias a lo que aprendió en el KGB, sabe cómo manipular a Trump. Porque, al fin y al cabo, manipular a Trump es bastante fácil: hay que entender su personalidad.

–Tiene razón cuando habla de las realidades económicas, de ese gigante con pies de barro. Todo eso es la realidad, pero también es cierto que Rusia es algo fascinante.

–Rusia representa una suerte de fantasía, pero yo entiendo perfectamente de qué se trata. Se trata de la incógnita frente al pueblo ruso, que considera a Occidente demasiado materialista, superficial, incapaz de integrar suficientemente el alma. Es decir, la moral. Pero hay que saber que Rusia nunca conoció el derecho romano, nunca conoció la Edad Media ni el Renacimiento. Es decir, la noción de ley como tal no está realmente integrada en el inconsciente o en la mentalidad.

–¿Y qué es lo que la sustituye?

–La ética, el bien y el mal, que no se reducen a las formalidades de la ley, porque la ley siempre son formalidades. Y eso es precisamente lo que atrae tanto a la gente. Porque siempre nos sentimos atraídos por lo ajeno, por lo desconocido, por algo que no conocemos bien pero que nos cautiva.

–El mes pasado, los húngaros supieron decir “basta” a un régimen corrupto. ¿Cómo es posible que los rusos puedan soportar las privaciones cotidianas y los regímenes autocráticos uno tras otro durante siglos?

–Debido a esa especificidad rusa de no haber conocido nunca realmente una democracia. En Hungría hubo democracia, mientras que en Rusia la democracia siempre fue un paréntesis que se cerró muy rápido. Me refiero al principio del siglo XX, de 1905 a 1917, y luego al paréntesis Yeltsin tras el comunismo. Y ya vio en qué derivó: en el caos, en la marginación de la mayor parte de la población rusa, que se empobreció, mientras una minoría se enriquecía. Eso generó un sentimiento de humillación en el pueblo que, finalmente, fue muy bien aprovechado por Putin para presentarse como el reparador de esa humillación nacional durante los años 90. Así es como llegó hasta aquí.

–Por último, usted fue diplomático soviético y después ruso desde 1979 hasta 1995. ¿Cómo es que, habiendo decidido abandonar sus funciones diplomáticas y convirtiéndose en un crítico tan agudo y público del régimen putinista no se ha caído de un balcón?

–Porque soy francés. Porque no me posiciono como un opositor ni como un militante. Soy profesor, de una gran escuela francesa. Llevo unos 30 años enseñando sobre el mundo, desde Alemania e Israel hasta Estados Unidos o Afganistán. Por eso no participo en la vida política interna de Rusia. Asumo plenamente mi pasado. No hay zonas grises en mi vida. Nunca he transigido con mi conciencia. Soy profesor, y hoy ni siquiera tengo pasaporte ruso. Soy un docente que explica las cosas basándose en la realidad, en hechos comprobables. Y, ¿por qué no me he caído de un balcón? Esa no es una pregunta que deba hacerme a mi, sino quizás al embajador de Rusia en París. Es curioso, la otra persona que me ha hecho esa pregunta es mi propio hijo, la persona más importante de mi vida. Y la respuesta es que nunca he conocido el miedo. No sé qué es la envidia ni el miedo. Soy una persona abierta, transparente, y creo que esa transparencia y esa apertura mental pueden ser también una forma de protección.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/alexander-melnik-putin-esta-solo-y-el-ejercito-ruso-pierde-terreno-nid10052026/

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